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martes, 14 de abril de 2026

132.- LAS DESMESURAS

Este año entramos de golpe en el pelotón de los sexagenarios. La maza del jamón va menguando y los achaques de salud creciendo. La pose para la foto del Lunes Santo tras la degustación de manjares cuaresmeros es un claro indicativo de que las bisagras comienzan a chirriar, las caderas a pendularse y los estómagos a contraerse. Aparatos digestivos con larga trayectoria y testigos de episodios culinarios legendarios. El abanico de ocasiones a relatar es bastante amplio. Motivos y celebraciones no nos han faltado durante estas décadas, pero he tenido que seleccionar algunos de esos excesos propios de la Grande Bouffe.

Comenzaremos hablando de comida y sin ningún criterio gastronómico. Ajenos a la cocina de autor, a las raciones minimalistas y exquisiteces de paladar. No situamos sobre el escenario de un colegio mayor de la capital del reino en los fantásticos años ochenta. Varias parejas de concursantes se disponen a participar en una de las pruebas previstas en la yincana de la fiesta de primavera. Los participantes, enfrentados y sentados con los ojos vendados, deben ofrecer a su compañero el contenido del plato hasta acabar con todas sus piezas. Yo era uno de los competidores y mi pareja, otro conquense dotado con la mayor capacidad de apertura mandibular conocida en el entorno de toda Castilla (como carta de presentación os adelanto que se tragaba las galletas Fontaneda en modo vertical, en plano, sin romper). Tras el toque de la bocina introduje la mano en el plato y detecté una gran masa de salsa espesa en la que flotaban unas salchichas. Al mismo tiempo que la cogía para dársela a comer a mi compinche, notaba como, simétricamente, el me introducía una de ellas en la boca. El simple contacto de la repugnante salsa roja, esa de habitual acompañamiento de perritos y hamburguesas, me produjo un rechazo producto de un recuerdo anterior (suceso acaecido sobre un saco de dormir en una tienda de campaña que ahora no voy a relatar). Paralizado por el gusto agridulce del condimento le confesé a mi compañero: “Bérgomi, no puedo. Me da un asco que no puedo”. A lo que el valiente, y voluntarioso, colega me contestó: “No pasa nada, dámelas todas a mí. Yo me las como”. Así que sin más espera se zampó, el solico, las diez salchichas pringadas de kétchup y mostaza en menos tiempo que algunos de los contrincantes. Tras despojarnos de la venda que nos cegaba y comprobar que todavía quedaba salsa en el plato, el tío solicitó a la organización “¡un poco de pan para mojar!”.

Difícil elección el de las peripecias protagonizadas por El Grifo. Podría completar varios volúmenes pero tengo que contar una de las escasas ocasiones en las que la digestión venció a la voluntad. Visualicen la imagen final de aquel momento imaginando sus ciento noventaitantos centímetros tirados sobre el asfalto de un aparcamiento del restaurante, con los brazos en cruz, boca arriba, resoplando bajo el asfixiante calor almeriense. El motivo: un chuletón de kilo acompañado de la guarnición, el correspondiente vino y sus entrantes. A su lado, tumbado, otro mocetón. De menor envergadura, aprendiz de galeno e igualmente fatigado por la misma cantidad ingerida.

Y del bebercio. ¡Ay el bebitoque! Premio para ese día en el que, jugando al penúltimo, el Ceri se trincó varias botellas de mezcla compradas en la Sole una fría tarde en la plaza de San Nicolás. Sus rivales no daban crédito al comprobar que, independientemente de la cantidad que quedaba en el envase, su gaznate se bebía todo lo que allí quedaba, haciendo perder la partida al de su izquierda. Ya así varias rondas del endemoniado juego.

 

Mi experiencia personal la condenso en el día en el que mi acompañante se quedó tan atónito que tuvo que pagar lo consumido en el bar del Xucar tras perder una apuesta. Volvíamos de jarana en su casa y esperábamos el bus para subir a la Plaza. Un ataque de hambre asaltó mi cuerpo y al ver sobre la barra del bar una fuente llena de croquetas para aperitivo, comenté: “me las comía todas”. Y sí, tras aceptar la apuesta que me ofreció el incauto, desaparecieron varias docenas de croquetas que en el expositor había.

La gula está considerada como un exceso, incluso pecado, pero estos trances de coraje y atrevimiento van más allá de un simple acto de almacenaje alimenticio en el trastero estomacal. La sociedad no contempla que ese factor de acompañamiento aliviaba la penitencia y lo elevaba a la categoría de “puntazo” para engrosar el listado de otros muchos que ya os contaré en otros capítulos de Asturislandia.  

viernes, 9 de enero de 2026

131.- ANATOMÍA DE UNA CAÍDA

     Esta historia trata de tres críos de muy corta edad que salieron del colegio y se entretuvieron jugando por la calle antes de llegar a sus respectivas casas. Un "río místico" a lo conquense. 

    Puede que el calendario marcara enero o febrero porque el ambiente era frío y duro como los inviernos de Cuenca antes de que llegara, subido a los carros de la información, nuestro conocido cambio climático. Sin móviles ni otros dispositivos con los que despistar al tiempo libre, el trío bajó la calle hasta llegar a la “Fuente de colores”, la misma a la que años después sutituyeron por un nazareno metálico que propició el cambio del nombre popular con la que se llamaba a la plaza que la acogía. Me aventuro a confirmar que la temperatura ambiente bajaba de los cero grados, y puede que la sensación térmica lo hiciera descender unos cuantos grados más. Vamos, que los grajos se trasladaban en patines. Ese fue uno de los motivos por los que aquellos muchachuelos se acercaron a la fuente a distraerse.

    Encaramados en el borde de cemento se dedicaron a romper el bloque de hielo que laminaba toda la superficie. Poco a poco iban colocando en los huecos que mostraba el agua semicongelada los barcos de papel que previamente habían construido.  Y de este modo pasaron el rato hasta que uno de ellos se precipitó de cabeza hasta el fondo. Raudo como una trucha se incorporó, salió a la superficie y después saltó a la acera de la calle para caminar lentamente hasta su casa. Por el camino, su abrigo de paño dejaba el rastro del agua que chorreaba por los bajos soltando parte del peso que se había incrementado unos cuantos kilos. Al encuentro apareció su madre, sorprendida, pero para nada alarmada. Lo acompañó hasta el hogar para darle cobijo, calor y un vaso de leche caliente.

    

    Durante años pregunté a mis dos compañeros intentando averiguar cuál de ellos me había empujado. Ambos se llamaban Julio y siempre guardaron silencio encubriéndose el uno al otro. Varios lustros después, siendo ya jovencitos, una sesión de hipnosis amateur desveló el entuerto. En el anteriormente llamado Parque del Carrero nuestro amigo German nos deleitó con una actividad nunca antes experimentada. A uno de los “Julios” no le importó prestarse como voluntario para ser dormido entre el cachondeo de los demás. Aprovechando su estado de ensueño le pregunté quién me lanzó al agua cuando éramos niños, a lo que confesó declarándose autor del hecho.

    Desconozco si su respuesta fue sincera, ficticia, o una mera continuación de aquella farsa. El caso es que, culpable o no, sigue siendo un gran amigo. El más antiguo de todos y al que todavía no le he devuelto la travesura. Quizás ya estemos mayores para eso y sea más sencillo enfriarnos por dentro que por fuera. Esta ola de calor que nos ha acechado en plena Navidad invitaba a ello. Brindemos.