miércoles, 26 de agosto de 2026

134.- A BAÑARNOS

Si Antonio Mercero hubiera nacido en Sotos o Masegosa quizás hubiera rodado su más famosa serie veraniega por el entorno de alguno de esos pueblos. “Chanquete” sería un “Barbo”, a su barca la llamaría “La Poza” y la banda sonora entonaría “la manga riega que aquí no llega”. Los chavales se acercarían  con sus bicis a bañarse a la Playa (la de Cuenca) o al Chantre. Allí nos encontraría jugando con las familias antes de zamparnos las tortillas de patata que con maestría hacían nuestras madres. Después recogeríamos las sillas de campo, los neumáticos de camión y los subiríamos a la baca del “Seiscientos” para volver a casa.

Creo que esas aguas del Júcar concedieron mis primeros baños en el río. Años después, a golpe de pedal junto a mis amigos, aumenté el campo de actuación hasta los Cortaos de Villalba. Con Valentín de guía (pionero de lo que después se convertiría en “turismo de aventura rural”) atravesábamos las entrañas del “Diablo” hasta llegar a las pozas del río de referencia conquense. Sin neopreno ni cascos de protección saltábamos y buceábamos ajenos a los peligros del entorno.

En los itinerarios de las acampadas hallamos rincones íntimos para refrescarnos la piel. El Escabas, el Guadiela o el Cuervo ofrecían infinidad de posibilidades. A pesar de estar acosados por los tábanos y amenazados por las ortigas desafiábamos a la naturaleza hasta disfrutar de sus aguas. En ocasiones nos topamos con misteriosas criaturas que flotaban descendiendo musitando sonidos relajantes: “guifu, guifu”. Todavía está por confirmar si aún existe ese ser o fue obra de un espejismo provocado por la gélida temperatura del río.




Cuando la explosión hormonal propia de la juventud incitaba a la búsqueda de partes habitualmente ocultas del sexo contrario teníamos que visitar la playeta de Cañamares,  la playa de Cuenca o la piscina de Araque. Allí descubrimos encantos desconocidos que fomentaron la suciedad de nuestros deseos. Oh, la “pelota, lota”. Alguien perdió sus calzoncillos bajo la luna después de una jornada de pintores en el Viñas y otro nos mostró los suyos “primaverales”.

En las piscinas privadas las chicas no se mostraban excesivamente espléndidas, sin embargo los varones saltábamos, hacíamos torres humanas y hasta recogíamos al Soso con una mosquitera.

Con los permisos de conducir en la cartera ampliamos el área de recreo hasta las pocetas de Palomera y el embalse de La Toba. En una de esas escapadas comprobamos la acertada definición que la RAE hace del baño, aplicada a la  “acción y efecto de someter el cuerpo o parte de él al influjo intenso o prolongado de un agente …”  y ese “agente”, en este caso, se manifestaba en forma de salsa de mejillones enlatados.

Por tanto, otros baños a los que estuvimos sometidos también fueron de zurra, de vino, incluso, a modo personal, de kétchup, debido a una pesada broma que tuvieron a bien gastarme mis colegas de acampada junto al Guadiela allá por los ochenta. Gracias a ello no puedo probar ese mejunje colorao.

Hemos tratado tan sólo el ambiente fluvial, dejaremos el marítimo para otro capítulo. Allí donde alguien veía “un hombre muerto” en la playa de Torremolinos a altas horas de la madrugada. “¡Vamos a ayudarle!” exclamaba.

Pdta: ya no tengo tanta memoria para recordar algunos pasajes, pero dispongo de una libreta de puntazos que me ayuda poderosamente.

jueves, 18 de junio de 2026

133.- MIS CITAS CON LAS CRIATURAS

Entre todas las historias futuristas que circulan por las bibliotecas, filmotecas y radiotecas dedicadas a universos distópicos, catastróficos o robóticos solamente una le ha concedido el privilegio a un animal para que se convierta en dominador del mundo. Otras criaturas han sembrado el terror, como tiburones o anacondas, hormigas o abejas, pájaros o cocodrilos,…, pero todos lo han hecho momentáneamente. Sólo la saga de los simios ha sido capaz de crear gobiernos, fuerzas de orden, trabajadores y esclavos. ¿Veremos la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia semienterrada en la arena? Nosotros, no.

Los animales no nos han conseguido dominar, pero si sorprender o ilusionar. Entre mi catálogo de salvajes favoritos (descontaremos las mascotas que nos han acompañado) lidera el pódium el inigualable Copito de Nieve. Lo vi la primera vez que pasé por Barcelona y además era el motivo principal de mi visita. Elegante y brusco a la vez, tan pronto te miraba de soslayo por encima del hombro como golpeaba la mampara violentamente. ¿Qué futuro le hubiera deparado en medio de la selva rodeado de colegas más oscuros? Racismo de color a la inversa. Paradojas de la naturaleza.

Otro simio me impresionó en mi etapa estudiantil albaceteña al protagonizar un episodio de secuestro en un colmado del barrio. Tras fugarse del circo que habían instalado cerca de mi casa, el chimpancé se atrincheró en la puerta de un ultramarinos portando un saco de patatas como botín. Tuvieron que cercarlo entre varios policías locales y bomberos que empujaban un contenedor de basura hasta acorralarlo contra la pared. Los manotazos que lanzaba y los golpes que propinó contra la tapa hubieran tumbado al instante al mismísimo Alfredo Evangelista.

Siendo jóvenes y en mitad de la sierra conquense nos presentaron a Sandokán. Un oso pardo poderoso, sultán acompañado de unas pocas hembras y estrella del parque cinegético donde vivía con la encomienda de conservar la especie y repoblar la península. Tenía el privilegio de campar libremente por el Rincón del Buitre, un hosco paraje abarrotado de agua y vegetación. A veces se acercaba a la pasarela de madera que se adentraba tras el cercado cuando le lanzaban barras de pan. Ahora la gestión de este monte ha modificado su objetivo transformándose en un “parque de fauna”, porque no se atreven a llamarlo “safari ibérico”.

Lo exótico de verdad lo vivimos cuando un circo trajo ¡tiburones vivos! Y los tenían en contenedores aparcados en las proximidades del Carrero. ¿Quién había visto un escualo de esos que acojonaban en el cine? Con la curiosidad que atesora la infancia nos acercábamos merodeando sus instalaciones con la esperanza de poderlos observar. Tuvimos que conformarnos con escuchar lo que parecían golpes de sus aletas contra las paredes de los robustos remolques que los transportaban. Aun así, aquella noche dormí con la sensación de haberme cruzado con uno de ellos buceando a veinte pies bajo las aguas del océano.

Sin llegar a ser del todo mascota, ni tampoco cien por cien silvestre, un loro de cola roja se erigió en la estrella de las inmediaciones de las antiguas cocheras de Auto-Res. Enjaulado a la puerta del bar Los Manueles piropeaba a las mozas del lugar, cantaba el himno del Madrid o insultaba al más pintado que por allí pasaba.

Nunca me encontré con Platero, Babieca o Islero, aunque de niño creí ver gamusinos esconderse tras los guillomos, al Sr. Pérez arrastrando algún incisivo bajo mi almohada y escuchar algún urogallo cercano (o un bicho parecido). 

Seguro que recordaréis algunos más. Pero yo a estos los conocí, los tuve delante de mis ojos (incluido el tiburón) y tengo buen recuerdo de ellos. Ninguno atacó, ninguno insultó. Nuestros elegidos en los parlamentos deberían tomar nota antes de que acabemos gobernados por algún colega de Urko.


martes, 14 de abril de 2026

132.- LAS DESMESURAS

Este año entramos de golpe en el pelotón de los sexagenarios. La maza del jamón va menguando y los achaques de salud creciendo. La pose para la foto del Lunes Santo tras la degustación de manjares cuaresmeros es un claro indicativo de que las bisagras comienzan a chirriar, las caderas a pendularse y los estómagos a contraerse. Aparatos digestivos con larga trayectoria y testigos de episodios culinarios legendarios. El abanico de ocasiones a relatar es bastante amplio. Motivos y celebraciones no nos han faltado durante estas décadas, pero he tenido que seleccionar algunos de esos excesos propios de la Grande Bouffe.

Comenzaremos hablando de comida y sin ningún criterio gastronómico. Ajenos a la cocina de autor, a las raciones minimalistas y exquisiteces de paladar. No situamos sobre el escenario de un colegio mayor de la capital del reino en los fantásticos años ochenta. Varias parejas de concursantes se disponen a participar en una de las pruebas previstas en la yincana de la fiesta de primavera. Los participantes, enfrentados y sentados con los ojos vendados, deben ofrecer a su compañero el contenido del plato hasta acabar con todas sus piezas. Yo era uno de los competidores y mi pareja, otro conquense dotado con la mayor capacidad de apertura mandibular conocida en el entorno de toda Castilla (como carta de presentación os adelanto que se tragaba las galletas Fontaneda en modo vertical, en plano, sin romper). Tras el toque de la bocina introduje la mano en el plato y detecté una gran masa de salsa espesa en la que flotaban unas salchichas. Al mismo tiempo que la cogía para dársela a comer a mi compinche, notaba como, simétricamente, el me introducía una de ellas en la boca. El simple contacto de la repugnante salsa roja, esa de habitual acompañamiento de perritos y hamburguesas, me produjo un rechazo producto de un recuerdo anterior (suceso acaecido sobre un saco de dormir en una tienda de campaña que ahora no voy a relatar). Paralizado por el gusto agridulce del condimento le confesé a mi compañero: “Bérgomi, no puedo. Me da un asco que no puedo”. A lo que el valiente, y voluntarioso, colega me contestó: “No pasa nada, dámelas todas a mí. Yo me las como”. Así que sin más espera se zampó, el solico, las diez salchichas pringadas de kétchup y mostaza en menos tiempo que algunos de los contrincantes. Tras despojarnos de la venda que nos cegaba y comprobar que todavía quedaba salsa en el plato, el tío solicitó a la organización “¡un poco de pan para mojar!”.

Difícil elección el de las peripecias protagonizadas por El Grifo. Podría completar varios volúmenes pero tengo que contar una de las escasas ocasiones en las que la digestión venció a la voluntad. Visualicen la imagen final de aquel momento imaginando sus ciento noventaitantos centímetros tirados sobre el asfalto de un aparcamiento del restaurante, con los brazos en cruz, boca arriba, resoplando bajo el asfixiante calor almeriense. El motivo: un chuletón de kilo acompañado de la guarnición, el correspondiente vino y sus entrantes. A su lado, tumbado, otro mocetón. De menor envergadura, aprendiz de galeno e igualmente fatigado por la misma cantidad ingerida.

Y del bebercio. ¡Ay el bebitoque! Premio para ese día en el que, jugando al penúltimo una fría tarde en la plaza de San Nicolás, el Ceri se trincó varias botellas de mezcla compradas en la Sole. Sus rivales no daban crédito al comprobar que, independientemente de la cantidad que quedaba en el envase, su gaznate se bebía todo lo que allí quedaba, haciendo perder la partida al de su izquierda. Y así varias rondas del endemoniado juego.

 

Mi experiencia personal la condenso en el día en el que mi acompañante se quedó tan atónito que tuvo que pagar lo consumido en el bar del Xucar tras perder una apuesta. Volvíamos de jarana en su casa y esperábamos el bus para subir a la Plaza. Un ataque de hambre asaltó mi cuerpo y al ver sobre la barra del bar una fuente llena de croquetas para aperitivo, comenté: “me las comía todas”. Y sí, tras aceptar la apuesta que me ofreció el incauto, desaparecieron varias docenas de croquetas que en el expositor había.

La gula está considerada como un exceso, incluso pecado, pero estos trances de coraje y atrevimiento van más allá de un simple acto de almacenaje alimenticio en el trastero estomacal. La sociedad no contempla que ese factor de acompañamiento aliviaba la penitencia y lo elevaba a la categoría de “puntazo” para engrosar el listado de otros muchos que ya os contaré en otros capítulos de Asturislandia.  

viernes, 9 de enero de 2026

131.- ANATOMÍA DE UNA CAÍDA

     Esta historia trata de tres críos de muy corta edad que salieron del colegio y se entretuvieron jugando por la calle antes de llegar a sus respectivas casas. Un "río místico" a lo conquense. 

    Puede que el calendario marcara enero o febrero porque el ambiente era frío y duro como los inviernos de Cuenca antes de que llegara, subido a los carros de la información, nuestro conocido cambio climático. Sin móviles ni otros dispositivos con los que despistar al tiempo libre, el trío bajó la calle hasta llegar a la “Fuente de colores”, la misma a la que años después sutituyeron por un nazareno metálico que propició el cambio del nombre popular con la que se llamaba a la plaza que la acogía. Me aventuro a confirmar que la temperatura ambiente bajaba de los cero grados, y puede que la sensación térmica lo hiciera descender unos cuantos grados más. Vamos, que los grajos se trasladaban en patines. Ese fue uno de los motivos por los que aquellos muchachuelos se acercaron a la fuente a distraerse.

    Encaramados en el borde de cemento se dedicaron a romper el bloque de hielo que laminaba toda la superficie. Poco a poco iban colocando en los huecos que mostraba el agua semicongelada los barcos de papel que previamente habían construido.  Y de este modo pasaron el rato hasta que uno de ellos se precipitó de cabeza hasta el fondo. Raudo como una trucha se incorporó, salió a la superficie y después saltó a la acera de la calle para caminar lentamente hasta su casa. Por el camino, su abrigo de paño dejaba el rastro del agua que chorreaba por los bajos soltando parte del peso que se había incrementado unos cuantos kilos. Al encuentro apareció su madre, sorprendida, pero para nada alarmada. Lo acompañó hasta el hogar para darle cobijo, calor y un vaso de leche caliente.

    

    Durante años pregunté a mis dos compañeros intentando averiguar cuál de ellos me había empujado. Ambos se llamaban Julio y siempre guardaron silencio encubriéndose el uno al otro. Varios lustros después, siendo ya jovencitos, una sesión de hipnosis amateur desveló el entuerto. En el anteriormente llamado Parque del Carrero nuestro amigo German nos deleitó con una actividad nunca antes experimentada. A uno de los “Julios” no le importó prestarse como voluntario para ser dormido entre el cachondeo de los demás. Aprovechando su estado de ensueño le pregunté quién me lanzó al agua cuando éramos niños, a lo que confesó declarándose autor del hecho.

    Desconozco si su respuesta fue sincera, ficticia, o una mera continuación de aquella farsa. El caso es que, culpable o no, sigue siendo un gran amigo. El más antiguo de todos y al que todavía no le he devuelto la travesura. Quizás ya estemos mayores para eso y sea más sencillo enfriarnos por dentro que por fuera. Esta ola de calor que nos ha acechado en plena Navidad invitaba a ello. Brindemos.