Este año entramos de golpe en el pelotón de los sexagenarios. La maza del jamón va menguando y los achaques de salud creciendo. La pose para la foto del Lunes Santo tras la degustación de manjares cuaresmeros es un claro indicativo de que las bisagras comienzan a chirriar, las caderas a pendularse y los estómagos a contraerse. Aparatos digestivos con larga trayectoria y testigos de episodios culinarios legendarios. El abanico de ocasiones a relatar es bastante amplio. Motivos y celebraciones no nos han faltado durante estas décadas, pero he tenido que seleccionar algunos de esos excesos propios de la Grande Bouffe.
Comenzaremos hablando de comida y sin ningún criterio gastronómico. Ajenos a la cocina de autor, a las raciones minimalistas y exquisiteces de paladar. No situamos sobre el escenario de un colegio mayor de la capital del reino en los fantásticos años ochenta. Varias parejas de concursantes se disponen a participar en una de las pruebas previstas en la yincana de la fiesta de primavera. Los participantes, enfrentados y sentados con los ojos vendados, deben ofrecer a su compañero el contenido del plato hasta acabar con todas sus piezas. Yo era uno de los competidores y mi pareja, otro conquense dotado con la mayor capacidad de apertura mandibular conocida en el entorno de toda Castilla (como carta de presentación os adelanto que se tragaba las galletas Fontaneda en modo vertical, en plano, sin romper). Tras el toque de la bocina introduje la mano en el plato y detecté una gran masa de salsa espesa en la que flotaban unas salchichas. Al mismo tiempo que la cogía para dársela a comer a mi compinche, notaba como, simétricamente, el me introducía una de ellas en la boca. El simple contacto de la repugnante salsa roja, esa de habitual acompañamiento de perritos y hamburguesas, me produjo un rechazo producto de un recuerdo anterior (suceso acaecido sobre un saco de dormir en una tienda de campaña que ahora no voy a relatar). Paralizado por el gusto agridulce del condimento le confesé a mi compañero: “Bérgomi, no puedo. Me da un asco que no puedo”. A lo que el valiente, y voluntarioso, colega me contestó: “No pasa nada, dámelas todas a mí. Yo me las como”. Así que sin más espera se zampó, el solico, las diez salchichas pringadas de kétchup y mostaza en menos tiempo que algunos de los contrincantes. Tras despojarnos de la venda que nos cegaba y comprobar que todavía quedaba salsa en el plato, el tío solicitó a la organización “¡un poco de pan para mojar!”.
Difícil elección el de las peripecias protagonizadas por El Grifo. Podría completar varios volúmenes pero tengo que contar una de las escasas ocasiones en las que la digestión venció a la voluntad. Visualicen la imagen final de aquel momento imaginando sus ciento noventaitantos centímetros tirados sobre el asfalto de un aparcamiento del restaurante, con los brazos en cruz, boca arriba, resoplando bajo el asfixiante calor almeriense. El motivo: un chuletón de kilo acompañado de la guarnición, el correspondiente vino y sus entrantes. A su lado, tumbado, otro mocetón. De menor envergadura, aprendiz de galeno e igualmente fatigado por la misma cantidad ingerida.
Y del bebercio. ¡Ay el bebitoque! Premio para ese día en el que, jugando al penúltimo, el Ceri se trincó varias botellas de mezcla compradas en la Sole una fría tarde en la plaza de San Nicolás. Sus rivales no daban crédito al comprobar que, independientemente de la cantidad que quedaba en el envase, su gaznate se bebía todo lo que allí quedaba, haciendo perder la partida al de su izquierda. Ya así varias rondas del endemoniado juego.
Mi experiencia personal la concentro en el día en el que mi acompañante se quedó tan atónito que tuvo que pagar lo consumido en el bar del Xucar tras perder una apuesta. Volvíamos de jarana en su casa y esperábamos el bus para subir a la Plaza. Un ataque de hambre asaltó mi cuerpo y al ver sobre la barra del bar una fuente llena de croquetas para aperitivo, comenté: “me las comía todas”. Y sí, tras aceptar la apuesta que me ofreció el incauto, desaparecieron varias docenas de croquetas que en el expositor había.
La gula es considerada como un exceso, incluso pecado, pero estos trances de coraje y atrevimiento van más allá de un simple acto de almacenaje alimenticio en el trastero estomacal. La sociedad descuida que ese factor de compañía aligeraba la penitencia y lo elevaba al carácter de “puntazo” para engrosar el listado de otros muchos que ya os contaré en otros capítulos de Asturislandia.










