“Las ciudades eran zoológicos humanos; esos lugares donde sólo vivían quienes no tenían acceso a un lugar más salubre: los pueblos”. Así comienza una columna de opinión de una amiga mía que se inventó el acertado concepto de “urleto”.
He llegado a un punto de hartazgo
informativo acerca del apocalipsis medioambiental que nos acecha que me empuja
cada vez más hacia el odio acérrimo a los urletos. Frecuentemente tengo que defender
mi postura “negacionista” frente a los mensajes catastrofistas y, creo, que intencionadamente
equivocados al que nos someten diariamente. ¿Os acordáis del agujero de ozono? Alguien
lo ha debido zurcir.
En mi época universitaria, hace ya
tres decenios, nuestro profesor de ecología nos hablaba del daño de desparramar
jabones y detergentes en el agua, de los efectos nocivos de los pesticidas, de
la inminente desertificación del sureste español, de los espeluznantes
resultados de la lluvia ácida y de la esquilmación
de los pozos petrolíferos. Cierto o no, cada vez producimos más residuos,
cultivamos más y extraemos más petróleo. Nosotros seguimos aquí, buscando
energías alternativas que nos venden como “limpias”, consumiendo alimentos que
saben más a plástico que a huerta, viajando en vacaciones a los lugares con
menos agua disponible y derrochando combustible a destajo en vuelos baratos. ¿Por
qué actuamos así? Será porque no nos han avisado lo suficiente, porque no nos
interesa mucho el mensaje, o porque en realidad intentamos vivir lo mejor
posible sin importarnos demasiado los daños ocasionados sobre nuestra madre
Tierra. Las ciudades nos han vuelto débiles como especie, ya lo decía una de
las primeras Dutton en su trayecto colonizador, la misma que también afirmaba
que “no importa cuánto la amemos, la
Tierra nunca nos amará a nosotros”.
Pensareis que efectivamente soy
un negacionista radical que ha perdido la razón. No tanto. Por supuesto que
creo que contribuimos a contaminar las aguas, los suelos y la atmósfera y que
sobreexplotamos los recursos. Lo que no admito es que venga a recordármelo quien
ha visto una oveja por televisión y no distingue un pino de un cerezo, pero
tiene una cátedra ambientalista basada en estudios condicionados por un
resultado deseado.
¿Recordáis qué paisaje presentaba
el Cerro Socorro en nuestra infancia? Hay fotos que os lo revelarán. Pues si, por
entonces se escuchaba la famosa frase de la ardilla con mochila que cruzaba
la península sin bajarse de los árboles. Dudo que hayáis recibido información de
que en estos momentos tenemos más superficie forestal que hace décadas. No hay
ningún medio de comunicación que se alegre por ello. Sin embargo sí que nos recuerdan
todos los veranos la proliferación de incendios forestales que asolan los
montes de nuestro país y los de otros, porque a falta de noticias en el nuestro
tenemos que emitir imágenes de otras zonas que se llevan quemado desde hace miles
de años. Yo me dedico, entre otras facetas, a proporcionar medios y técnicas
eficientes para evitarlos y apagarlos. Oigo o leo opiniones y teorías que
van desde la desafortunada política de reforestación con coníferas en época de dictadura
o de la especulación urbanística, a la nefasta normativa aplicada por el
partido contrario al que uno vota. He llegado a ver la portada de un periódico
regional en el que un alto cargo político afirmaba que “la lechuga era más ecológica que los pinos” Puede que necesitamos
más besos de Rubiales que distraigan la atención del poblacho.
Imagino que a estas alturas del
relato ya sabéis como llama mi amiga Marta a esas personas urbanas que se
desplazan a las zonas rurales llevando un atuendo que consideran adecuado, no
entienden el lenguaje rural ni el mensaje que les envía el monte.
El accidente de Chernóbil supuso
el fin de la energía nuclear, pero no para todos los países. A nadie le
gustaría morir devorado por un minúsculo átomo radiactivo pero cogemos el coche
todos los días. Por eso estamos empotrando molinos en las colinas y montañas.
También repartimos placas solares donde
antes había plantaciones agrícolas o simples matas que daban cobijo a esos animalicos que
tanto defienden algunas plataformas vociferantes. Hace unos días sobrevolé una
zona de mi tierra de adopción y quedé atónito al comprobar las hectáreas y
hectáreas plagadas de huertos solares. No necesitan herbicidas ni pesticidas pero
os aseguro que no veo crecer nada a su alrededor.
Por más
que se repita la duda sobre qué mundo van a heredar nuestros hijos, yo le he dado
la vuelta a la pregunta: ¿alguien cambiaría la época en la que ha tocado vivir
por otra anterior? Afortunadamente el planeta en el
que vivimos es infinitamente más resistente de lo que creemos y, por supuesto,
que nosotros mismos. Por eso de vez en cuando nos avisa con sus tres armas
principales: agua, viento y fuego. Vuelvo a citar a mi Dutton rubia favorita (y
no es Beth): “me dije a mi misma que
cuando estuviese ante Dios lo primero que le preguntaría sería: ¿por qué crear
un mundo tan maravilloso y llenarlo de monstruos? ¿Para qué sirve un tornado? Y
entonces caí: Él no lo creó para nosotros.”