miércoles, 12 de noviembre de 2025

130.- BARES

Llevamos muchos años tomando cañas. En distintas cantinas, cervecerías o tabernas. En varias ciudades, pueblos o comarcas.

Esas cervezas llevan solapado un apellido que debería ser obligado, “compañía”. A veces de la familia o de compañeros de trabajo y, en la mayoría de las ocasiones, de los amigos. Entre trago y trago, además de expresar nuestras emociones, hemos debatido sobre cualquier disciplina deportiva, insultado o defendido la actividad política, criticado las decisiones vecinales, alabado las canciones que nos gustan y repudiado las películas que nos hicieron dormir. Algunas parejas se forjaron tras la barra, luego vieron crecer a nuestros retoños hasta que asomaron por encima del mostrador.

Pero no hubiera sido posible refrescarnos las gargantas sin la valiosa colaboración de los camareros que nos atendieron. Muchos de ellos conocidos y algunos grandes amigos. No todos gozaban del mismo carácter ni simpatía, pero sí de su disposición. En nuestro recuerdo permanece el que blasfema mientras te entrega el aperitivo o el que se apoya silencioso junto a la nevera, el que te recibe con un “buenos días” como el que te insulta amistosamente, el que comparte el tabaco o el que te mandaba a fumar a la calle, el que te invita alguna ronda o el que te cobra hasta el último céntimo.

Tampoco habría tenido lugar un botellín frío sin su aperitivo, y eso bien que se nota cuando sales de Cuenca. Los destinos de los trayectos entre tascas han sido priorizados por su servicio, la temperatura del producto, lo acogedor que fuera el local y la calidad del pincho. Si os preguntan en qué lugar se encontraba la mejor ensaladilla, la tortilla más jugosa, o cualquier bocado de provecho seguro que aciertas con la decisión.

¡Bares, qué lugares! Tristemente han ido desapareciendo los que frecuentábamos en la época estudiantil. Resistiendo a los avatares de la sociedad y al imperfecto progreso se mantuvieron abiertos más o menos tiempo, pero ya no podremos quedar en El Viñas, El Choco, El Alhambra, El Dulcinea o El Ibérico. Otros como El Zaida, El Amistad, La Churre, El Fidel o La Tinaja carecen del entorno que tanto apreciábamos.

Hace unos días sentí un escalofrío cuando presencié como desocupaban uno de mis bares más queridos. No es de Cuenca, sino de Tragacete. Por desgracia la persona que lo regentaba murió sin avisar, dejando un vacío en el pueblo del que van (o vamos) a tardar en recuperarse, porque sus paredes no solo guardaban botellas con solera, adornos deportivos o calendarios pasados, sino gente. Vecinos que allí se encontraban para charlar, reír o ver la tele. En cualquier momento surgían valiosas tertulias defendidas entre pastores, cazadores, jubilados y el Pater, fusionando conversaciones que trataban de ovejas, del tiempo, de mujeres o de patatas. Y tras la barra, siempre observador y analista, allí estaba Fernando, “El Morci”, esperando a sacudir sus argumentos respaldados de lógicas razones, que bien podían ser políticas, normativas o simplemente intuitivas e inventadas. Enorme de corazón, aunque a los desconocidos le pareciera lo contrario. ¡Qué pena más grande!


Al mismo tiempo que introducían el mobiliario, el grifo de cerveza y el resto de botellas en la furgoneta para su transporte se evaporaban numerosos momentos que ya no se podrán repetir. La Chispa no era cualquier garito. Además de bebida y comida ofrecía un servicio social en plena “Iberia abandonada” del que este pueblo no se repondrá nunca jamás. Las alternativas no han sido capaces de recoger el legado rural que emanaban el respaldo de sus sillas, los posters de setas de sus paredes o el hollín de su estufa. Pero su paso por este mundo nunca se olvidará. Cientos de anécdotas y vivencias lo mantendrán activo en la mente de quienes lo disfrutamos.

 

 

viernes, 10 de octubre de 2025

129.- PREGONEROS

 “Se hace sabeeeerrr, que en la plaza del pueblooooo, se venden melooooones, sandiiiías, pataaaatas,…” y con este soniquete, que era precedido de varios toques de turuta, Policarpo nos informaba de los eventos que se promovían en las calles del pueblo. De pequeño lo escuchaba desde la cama y rápidamente se lo transmitía a mi madre por si tenía la suerte de que me mandara a comprar o simplemente inspeccionar la mercancía. Hace muchos años que murió ese peculiar pregonero y desde entonces se ha sustituido por la megafonía de las furgonetas que tan pronto te compran colchones de lana como te afilan cuchillos. Han ganado en decibelios, pero han perdido ese efecto sorpresa y novedad que afectaba la vida social y económica de los vecinos. Aunque para alta sonoridad la del butanero, que pulsa el claxon con tanto ímpetu que despierta hasta a los más trasnochadores.

No es habitual escucharlos en la ciudad, a excepción de algún comerciante que con su chiflo te avisa de que dispone de un esmeril ambulante capaz de dejarte los utensilios de cocina listos para despellejar un Miura sin dificultad. En la capital donde habito existe la tradición de anunciar los fallecimientos comunicando con precisión los datos de hora, lugar y, lo que es más importante para el oyente, el mote con el que se conocía a difunto.

Las fiestas de San Mateo comienzan tras pronunciar el pregón desde el balcón municipal. En la Plaza, los peñistas vitorean, se cachondean, corean y repiten las consignas que les indique el vocero. Ilustres corredores o maromeros han disfrutado de ese honor, aunque tan sólo recuerdo haber estado presente a comienzos del siglo XXI en el de un conocido paisano y piloto de coches. También estuve in situ en el que ofreció la pareja de Tip en la feria de San Julián, justo la tarde que volvíamos de las intensas fiestas de la Frontera, donde alargamos la estancia varios días. Pero de si de anuncios promulgados tratamos, los de mayor calidad y sentimiento se han emitido bajo la mirada del Ecce-Homo de San Miguel. He asistido a unos cuantos y todos, en algún momento, me han emocionado. Mientras aquellos finalizan con un “viva”, estos concluyen con un “gloria a”. 


Alabo la figura del pregonero anunciador de festejos y acontecimientos. Admito que se le concede una importante responsabilidad y una tensa exposición a la opinión popular. Supongo que no todos emplean el mismo tiempo y esfuerzo en dejar alto el listón, peor para los más abandonados, no podrán disfrutar del cariño de su gente.

Detesto la figura del pregonao. Ese al que nos estamos acostumbrando a escuchar en los medios de comunicación y en el que hemos depositado nuestra confianza para que maneje la administración pública y gobierne las instituciones. Y abomino la figura del palmero que ensalza al mayor de los pregonaos. Ese o esa que no tiene el mínimo rubor en aplaudir sus palabras, carcajear sus gracias o asentir sus estupideces.

Gloria a unos y abucheo a los otros. “De orden del Sr Alcalde, se hace sabeeeer, que al final de esta tarde, él mismo se va a exponeeeeer, a que le insulten, le apedreen o le escupan por su insenstateeeez, su inutilidaaaad y desfachateeeez. …”

viernes, 27 de junio de 2025

128.- MI TELÉEEFONOOOO

 - ¡Digameeee!

-          -  ¿Me se escuchaaaa?

    Y así Gila podría comenzar cualquiera de sus magníficas escenas cómicas que dejaron diálogos grabados en la memoria de muchos. Él usaba el teléfono como herramienta de trabajo. Lo que no sabía es que años después todos la necesitaríamos para lo mismo y otras cosas más ociosas e incluso menos provechosas.

    Todavía mantengo mi aparato fijo en casa. No es de baquelita sino inalámbrico y no dispone de ruleta sino de botones. Sólo recibo llamadas de empresas deseosas de venderme sus productos, pero a veces lo uso con madre al otro lado. Todavía lo conservo como medida preventiva ante emergencias que colapsen la alternativa móvil, pero tras el día del apagón descubrí que tampoco sirve para eso. Puede que con el desarrollo tecnológico demos pasos para atrás. Ya no llama nadie desde Electrodomésticos Colmena para regalar una lavadora si contesto a sus preguntas. ¡Benditas bromas de compañeros que disfrutaban engañando a familiares y amigos! Aunque no todas fueron tan divertidas porque algunas retorcidas mentes ocasionaron un impacto difícil de asimilar al dar por fallecido a una persona querida. Pobre Koala, que lo quisieron enterrar antes de muerto. Si ahora las cuentas de redes sociales abiertas con pseudónimos sirven de coraza para proteger la identidad del impostor,  las cabinas de teléfono hicieron el mismo papel a finales del siglo XX. Durante el exilio estudiantil las necesitamos para contactar con la familia, la novia o el amigo.

    Además de la intuición no quedaba otro remedio que su uso para conseguir la información. Necesitabas una buena colección de monedas para mantener una charla de larga duración. Eso si con suerte habías averiguado dónde se hallaba la más moderna que no te pedía las fichas que aceptaba la ranura y, además, se encontraba libre y la cola formada en la acera no era lo bastante larga para esperar horas hasta utilizarla. Nunca aprendí a engañarlas con el famoso truco del magiclick. Sin embargo las cabinas de la calle te garantizaban la intimidad que no te permitía pasar por los cables de las centralitas. Cuando Lauro anunciaba tu nombre por los altavoces del Colegio Mayor sabías que recibirías alguna noticia. El sistema de contacto era igual que en el pueblo donde las telefonistas conectaban los cables en el orificio correcto antes de indicarte el número de la dependencia donde comenzar a hablar, siempre con cuidado porque se sospechaba que escuchaban la conversación. Se decía que disponían de más información que el cura aunque menos que Koldo o Villarejo.    


    Pese a ofrecer un servicio público durante muchos años fueron retirándolas de las calles españolas. Hasta el año pasado todavía quedaba un ejemplar en Tragacete, ¡un trofeo de esos de 12 puntas! Según me he informado se trataba de un modelo Garza, cerrada, como la de José Luis López Vázquez. Tan parecida a la malvada de la película que nuestro amigo Betis quedó atrapado una noche de verbena hasta que le rescatamos y descubrió que podía salir tirando de la puerta plegable. Deberían haberla indultado y mantenido junto al ayuntamiento como símbolo de esa zona que mencionan como “España vaciada”, aunque más bien convendría llamarla “Tesoros abandonados”.



    Ahora mirad vuestro móvil. Comprobad la hora, si tenéis alguna llamada perdida, algún mensaje de whatsapp o, en el mejor de los casos, os han hecho un bizúm. Si disponéis de cobertura todo funcionará correctamente, por lo contrario imitad a ese extraterrestre que imploraba por su teléfono y … su casa.

viernes, 9 de mayo de 2025

127.- A GUANTAZOS

Hubo una época en la que el boxeo ascendía al pódium de los deportes nacionales junto al fútbol y el ciclismo. En los no tan lejanos tiempos del güenismo sociológico lo suprimieron de las televisiones públicas junto a las corridas de toros con el objetivo de ahogarlo para siempre. Actualmente y, gracias en gran medida al empoderamiento femenino, está volviendo al auge que antaño perdió.

Siendo todavía imberbe acompañé a mi padre a algunas veladas de las que se celebraban en horario nocturno en la plaza de toros y en el polideportivo. Solo el hecho de salir de casa cuando el sol estaba ya oculto tenía un aliciente que no se podía rechazar. Aun siendo bien joven nunca me incomodaron los golpes que se repartían los púgiles. Los observaba con atención mientras escuchaba los comentarios de mi progenitor. Comprendí que podía tratarlos cual una simple técnica deportiva como lo es un revés en el tenis, un tapón en baloncesto o un sprint en atletismo. Apreciaba los crochets imaginando la maza de un superhéroe y no perdía de vista el movimiento de sus pies que demostraba la destreza de los que apuntaban a figura. Sin embargo, no tuve la suerte de estar presente en aquel momento en el que un conocido aficionado descendió de su localidad ovacionado por el público, quien sabe si presa de los efectos del alcohol o ese desparpajo que siempre le ha acompañado.

Eran los tiempos del ocaso de Urtain. De su relevo, Evangelista y del esplendor de Perico Fernández. Mi padre también me hablaba de Legrá, de Carrasco y de Velázquez. Luego vinieron Poli Diaz y Castillejo. Después, la nada. Ahora se encumbra a Tupuria en una variante moderna e incomprensible para mí. Nunca he visto un combate de esta mezcla de boxeo y lucha y dudo que lo haga, quizás tanta añoranza de lo antiguo lo aleje de mis aficiones y no llegará a despertar una expectación como la de Tyson en las madrugadas de finales de los ochenta. La bestia de Brooklyn era capaz de mantener en vela a decenas de estudiantes alojados en ese colegio mayor de Madrid (del que ya os hablé en el capítulo 52 de este diario personal que comparto con vosotros) para ver cuantos asaltos aguantaba su rival. 

Hace pocos días falleció Foreman. Siempre fui un admirador en su retorno a principios de los noventa de su demoledor gancho y, sobre todo, de su especial forma de defenderse a la francesa. Para los entusiastas de este deporte, vale la pena revisar el quinto asalto del combate contra Alí en Kinsasa.

https://youtu.be/55AasOJZzDE?si=K2D8FdWgiISslFz3 

Este legendario deporte estuvo a punto de besar la lona pero le salvó la campana. Las últimas medallas olímpicas pueden relanzarlo definitivamente en nuestro pais. Como os decía al principio, la mujer ha iniciado su repunte ocupando masivamente los gimnasios que imparten esta especialidad. Ocupa algún que otro minuto televisivo y se intenta lanzar al estrellato a fibrosas esforzadas españolas. Puede que todavía tengamos la oportunidad de disfrutar de una de esas veladas que nos robó algún mandatario autoritario, enemigo de la violencia, ávido de pacifismo y que terminó al frente de una importante alianza militar.    

viernes, 31 de enero de 2025

126.- JULIÁN

Parece que se trata del nombre propio típico de los nacidos en Cuenca.  Aunque en realidad no conozco tantos como las probabilidades predicen. Algún pastor metido a empresario de mi pueblo serrano. Un chaval que creció tras la barra de un bar y ofrece una oreja tostailla a los atléticos que se acercan a su local. Un personaje típico de la Cuenca ochentera metido a pinchadiscos en los pubs de moda y en alguna que otra celebración de boda. Un vecino y cliente habitual del bar Zaida. Quizás se haya cruzado alguno más en nuestras vidas, pero insisto, no hay tantos como pareciera.

Así se llama un céntrico parque que, entre sus privadas sombras nocturnas, ha presenciado los inicios sexuales entre jóvenes conquenses o ha sido testigo de los continuos trapicheos de los que con la droga negociaban.  Por contra, también ha servido de lugar de esparcimiento para niños y ancianos que  jugueteban alrededor de sus columpios o charlaban sentados frente al templete musical.  

El paso por la capital de un joven que acabó ejerciendo de obispo tras la llamada de Alfonso VIII inició esta secuela de julianistas. Terminó canonizado y apodado “El Tranquilo”.  Una cualidad que las personan no suelen poseer, y menos en estos tiempos del “todo para ahora mismo”. Envidio el sosiego y paciencia de los que la atesoran. Muy útil para conducir un coche, para jugar al mus o para cocinar. Para participar en una reunión de trabajo, esperar la atención del camarero o moldear una escultura. Tampoco conviene presumir de ella si en exceso se tiene, aunque sería conveniente repartirla a capazos entre nuestros gobernantes.


Así que, tranquilos majetes. Disfrutad de la vida alejándoos del vértigo al que nos quieren arrastrar. Tranquilos majetes, que el mundo va a su ritmo, mucho más lento que la escala que rige la existencia humana. Tranquilo majete, que esta canción ya la escribió los Celtas Cortos hace la friolera de treinta años y parece que no hayamos cambiado mucho desde entonces. Porque en España continuamos con el problema del paro, el campo se va a la mierda y el poder huele a corrupción. Parece que el Amazonas tiene sus días contados y continúa aumentando la polución. Estudiar vale para poco si buscas colocación. Y, ¡gran novedad!, para alquilar una casa tienes que empeñar un riñón. Tranquilo, no te pongas nervioso, tranquilo. Tranquilo majete en tu sillón.