“Se hace sabeeeerrr, que en la plaza del pueblooooo, se venden melooooones, sandiiiías, pataaaatas,…” y con este soniquete, que era precedido de varios toques de turuta, Policarpo nos informaba de los eventos que se promovían en las calles del pueblo. De pequeño lo escuchaba desde la cama y rápidamente se lo transmitía a mi madre por si tenía la suerte de que me mandara a comprar o simplemente inspeccionar la mercancía. Hace muchos años que murió ese peculiar pregonero y desde entonces se ha sustituido por la megafonía de las furgonetas que tan pronto te compran colchones de lana como te afilan cuchillos. Han ganado en decibelios, pero han perdido ese efecto sorpresa y novedad que afectaba la vida social y económica de los vecinos. Aunque para alta sonoridad la del butanero, que pulsa el claxon con tanto ímpetu que despierta hasta a los más trasnochadores.
No es habitual escucharlos en la
ciudad, a excepción de algún comerciante que con su chiflo te avisa de que
dispone de un esmeril ambulante capaz de dejarte los utensilios de cocina listos
para despellejar un Miura sin dificultad. En la capital donde habito existe la
tradición de anunciar los fallecimientos comunicando con precisión los datos de
hora, lugar y, lo que es más importante para el oyente, el mote con el que se
conocía a difunto.
Las fiestas de San Mateo comienzan tras pronunciar el pregón desde el balcón municipal. En la Plaza, los peñistas vitorean, se cachondean, corean y repiten las consignas que les indique el vocero. Ilustres corredores o maromeros han disfrutado de ese honor, aunque tan sólo recuerdo haber estado presente a comienzos del siglo XXI en el de un conocido paisano y piloto de coches. También estuve in situ en el que ofreció la pareja de Tip en la feria de San Julián, justo la tarde que volvíamos de las intensas fiestas de la Frontera, donde alargamos la estancia varios días. Pero de si de anuncios promulgados tratamos, los de mayor calidad y sentimiento se han emitido bajo la mirada del Ecce-Homo de San Miguel. He asistido a unos cuantos y todos, en algún momento, me han emocionado. Mientras aquellos finalizan con un “viva”, estos concluyen con un “gloria a”.
Alabo la figura del pregonero anunciador de festejos y acontecimientos.
Admito que se le concede una importante responsabilidad y una tensa exposición a
la opinión popular. Supongo que no todos emplean el mismo tiempo y esfuerzo en
dejar alto el listón, peor para los más abandonados, no podrán disfrutar del
cariño de su gente.
Detesto la figura del pregonao.
Ese al que nos estamos acostumbrando a escuchar en los medios de comunicación y
en el que hemos depositado nuestra confianza para que maneje la administración
pública y gobierne las instituciones. Y abomino la figura del palmero que ensalza
al mayor de los pregonaos. Ese o esa que no tiene el mínimo rubor en aplaudir
sus palabras, carcajear sus gracias o asentir sus estupideces.
Gloria a unos y abucheo a los otros.
“De orden del Sr Alcalde, se hace sabeeeer,
que al final de esta tarde, él mismo se va a exponeeeeer, a que le insulten, le
apedreen o le escupan por su insenstateeeez, su inutilidaaaad y desfachateeeez.
…”
