Llevamos muchos años tomando cañas. En distintas cantinas, cervecerías o tabernas. En varias ciudades, pueblos o comarcas.
Esas cervezas llevan solapado un
apellido que debería ser obligado, “compañía”. A veces de la familia o de
compañeros de trabajo y, en la mayoría de las ocasiones, de los amigos. Entre
trago y trago, además de expresar nuestras emociones, hemos debatido sobre cualquier
disciplina deportiva, insultado o defendido la actividad política, criticado las
decisiones vecinales, alabado las canciones que nos gustan y repudiado las
películas que nos hicieron dormir. Algunas parejas se forjaron tras la barra,
luego vieron crecer a nuestros retoños hasta que asomaron por encima del
mostrador.
Pero no hubiera sido posible
refrescarnos las gargantas sin la valiosa colaboración de los camareros que nos
atendieron. Muchos de ellos conocidos y algunos grandes amigos. No todos gozaban
del mismo carácter ni simpatía, pero sí de su disposición. En nuestro recuerdo
permanece el que blasfema mientras te entrega el aperitivo o el que se apoya
silencioso junto a la nevera, el que te recibe con un “buenos días” como el que
te insulta amistosamente, el que comparte el tabaco o el que te mandaba a fumar
a la calle, el que te invita alguna ronda o el que te cobra hasta el último
céntimo.
Tampoco habría tenido lugar un botellín
frío sin su aperitivo, y eso bien que se nota cuando sales de Cuenca. Los destinos de los trayectos entre tascas han sido priorizados por su servicio, la temperatura del
producto, lo acogedor que fuera el local y la calidad del pincho. Si os preguntan en qué
lugar se encontraba la mejor ensaladilla, la tortilla más jugosa, o cualquier
bocado de provecho seguro que aciertas con la decisión.
¡Bares, qué lugares! Tristemente
han ido desapareciendo los que frecuentábamos en la época estudiantil. Resistiendo
a los avatares de la sociedad y al imperfecto progreso se mantuvieron abiertos
más o menos tiempo, pero ya no podremos quedar en El Viñas, El Choco, El Alhambra,
El Dulcinea o El Ibérico. Otros como El Zaida, El Amistad, La Churre, El Fidel
o La Tinaja carecen del entorno que tanto apreciábamos.
Hace unos días sentí un escalofrío
cuando presencié como desocupaban uno de mis bares más queridos. No es de
Cuenca, sino de Tragacete. Por desgracia la persona que lo regentaba murió sin
avisar, dejando un vacío en el pueblo del que van (o vamos) a tardar en
recuperarse, porque sus paredes no solo guardaban botellas con solera, adornos
deportivos o calendarios pasados, sino gente. Vecinos que allí se encontraban
para charlar, reír o ver la tele. En cualquier momento surgían valiosas tertulias defendidas entre
pastores, cazadores, jubilados y el Pater, fusionando conversaciones que trataban
de ovejas, del tiempo, de mujeres o de patatas. Y tras la barra, siempre observador
y analista, allí estaba Fernando, “El Morci”, esperando a sacudir sus argumentos respaldados de lógicas razones, que bien podían ser políticas, normativas o
simplemente intuitivas e inventadas. Enorme de corazón, aunque a los
desconocidos le pareciera lo contrario. ¡Qué pena más grande!
Al mismo tiempo que introducían el mobiliario, el grifo de cerveza y el resto de botellas en la furgoneta para su transporte se evaporaban numerosos momentos que ya no se podrán repetir. La Chispa no era cualquier garito. Además de bebida y comida ofrecía un servicio social en plena “Iberia abandonada” del que este pueblo no se repondrá nunca jamás. Las alternativas no han sido capaces de recoger el legado rural que emanaban el respaldo de sus sillas, los posters de setas de sus paredes o el hollín de su estufa. Pero su paso por este mundo nunca se olvidará. Cientos de anécdotas y vivencias lo mantendrán activo en la mente de quienes lo disfrutamos.
