viernes, 9 de enero de 2026

131.- ANATOMÍA DE UNA CAÍDA

     Esta historia trata de tres críos de muy corta edad que salieron del colegio y se entretuvieron por la calle antes de llegar a sus respectivas casas. Puede que el calendario marcara enero o febrero, pero el ambiente era frío y duro como los inviernos de Cuenca antes de que llegara subido a los carros de la información nuestro conocido cambio climático.

    Sin móviles ni otros dispositivos con los que despistar al tiempo, el trío bajó la calle hasta llegar a la “Fuente de colores”, la misma a la que años después sutituyeron por un nazareno metálico que propició el cambio del nombre popular con la que se llamaba a la plaza que la acogía. Me aventuro a confirmar que la temperatura ambiente bajaba de los cero grados, y puede que la sensación térmica lo hiciera descender unos cuantos grados más. Vamos, que los grajos se trasladaban en patines. Ese fue uno de los motivos por los que aquellos muchachuelos se acercaron a la fuente a juguetear.

    Encaramados en el borde de cemento se dedicaron a romper el bloque de hielo que laminaba toda la superficie. Poco a poco iban colocando en los huecos que mostraba el agua semicongelada los barcos de papel que previamente habían construido.  Y de este modo pasaron el rato hasta que uno de ellos se precipitó de cabeza hasta el fondo. Raudo como una trucha se incorporó, salió a la superficie y después saltó a la acera de la calle para caminar lentamente hasta su casa. Por el camino su abrigo de paño dejaba el rastro del agua que chorreaba por los bajos, soltando parte del peso que se había incrementado unos cuantos kilos. A su encuentro apareció su madre, sorprendida, pero para nada alarmada. Lo acompañó hasta el hogar para darle cobijo, calor y un vaso de leche caliente.

    

    Durante años pregunté a mis dos compañeros intentando averiguar cuál de ellos me había empujado. Ambos se llamaban Julio y siempre guardaron silencio encubriéndose el uno al otro. Varios lustros después, siendo ya jovencitos, una sesión de hipnosis amateur desveló el entuerto. En el anteriormente llamado Parque del Carrero nuestro amigo German nos deleitó con una actividad nunca antes experimentada. A uno de los “Julios” no le importó prestarse como voluntario para ser dormido entre el cachondeo de los demás. Aprovechando su estado de ensueño le pregunté quién me lanzó al agua cuando éramos niños, a lo que confesó declarándose autor del hecho.

    Desconozco si su respuesta fue sincera, ficticia, o la continuación de aquella farsa. El caso es que, culpable o no, sigue siendo un gran amigo. El más antiguo de todos y al que todavía no le he devuelto la travesura. Quizás ya estemos mayores para eso y sea más sencillo enfriarnos por dentro que por fuera. Esta ola de calor que nos ha acechado en plena Navidad invitaba a ello.