Me cuesta admitir que las costumbres pierden fuerza al mismo paso que la sociedad se desarrolla. Algunas permanecen y otras evolucionan. Mientras que la tecnología perfecciona unas, otras se degradan por falta de uso. Algo parecido le ocurrió al atrevido gesto de mostrar el dedo pulgar en terrenos ocupados por las cunetas.
Desconozco su origen pero, al igual que vosotros, estaría perfectamente capacitado para iniciar un estudio didáctico acerca de sus características basado en experiencias vividas, no en vano, en los ochenta (otra vez asoman los ochenta) era el medio de transporte más económico y arriesgado del momento.
De aparente sencilla técnica, sólo
se necesitaba un buen lugar para situarse, escaso equipaje y aseado aspecto,
nunca imprescindible, aunque al menos eso garantizaba una mayor probabilidad de
éxito. El porcentaje de fracaso superaba
al de victoria, pero la estadística saltaba por los aires con el simple hecho
de que te abrieran la puerta.
La provincia de Cuenca es grande,
de las que más. Sus distancias, tan cortas en el mundo digital, se convertían
en largas travesías en aquellos tiempos de juventud. Conocimos campos poblados
de pastores, de tractores cosechando, o carreteras visitadas por camiones
cargados de madera y por ciclistas solitarios. Y en cualquier cruce de caminos,
el sitio ideal donde apostarnos con el compromiso de seducir al próximo
conductor y, en el peor de los casos, al siguiente.
Cualquier viaje era una aventura.
Se iniciaba con incertidumbre, como una final deportiva. Podías pasar de ser un
mero acompañante de un sudoroso camionero a disfrutar de un placentero trayecto
en un coche de alta gama, con Nabucco sonando en los altavoces, guiado por las
estrellas al compás de las curvas que nos llevaban hasta las fiestas de mi
querido pueblo serrano.
El zurrón de lecciones de nuestras
abuelas siempre contenía el consejo de llevar la muda limpia a la hora de
viajar. No es que las fuerzas de orden público nos sometieran a la inspección
ocular de gayumbos y calcetines, pero un aspecto higiénicamente saludable
facilitaba la consecución del objetivo, que no era otro que acercarnos a
nuestro destino con el menor esfuerzo
físico y económico. Aunque tampoco era garantía de premio, porque el
destino nos colocaba en la balanza
frente a la voluntad del piadoso conductor que nos veía apostados en la
carretera. Y ahí, en esos escasos segundos donde se cruzaban las miradas, el
que llevaba el volante decidía. Eso sucedió una tarde en el que bajo el sol
veraniego, acechantes en el cruce del Ventorro, con dirección a la
Frontera, un Seat no frenó, provocando
el monumental enfado del Potasio que vociferaba e insultaba al conductor y que
no era otro que nuestro barbudo profesor de geografía.
Volvamos al mundo actual. Imagina un grupo de amigos en edad universitaria disfrutando de un fin de semana en la playa de Cullera. Una vez gastado todo el dinero, dos de ellos deciden volver a casa. Con su aspecto resacoso y somnoliento, provistos de una pequeña mochila por cada espalda, se colocan en un cruce alternando el turno para mostrar el dedo a la infinidad de vehículos que pasan a su lado. Sin perder la esperanza, y tras muchos minutos de espera un pequeño turismo con el distintivo de alquiler pegado en el cristal se detiene junto a ellos y les pregunta “¿adónde vais?”. “A Cuenca” responden al unísono. “Yo voy a Madrid, pero os puedo dejar cerca”, contesta la conductora que asoma algo más la cabeza por el habitáculo del coche, dejando atónitos a los muchachos. “Perfecto, podemos ir hasta Motilla del Palancar, gracias”. Exultantes de alegría abren las puertas y descubren a una brasileña vestida para combatir el calor de ese mes de julio, con un top de tirantes y minifalda. Agradecidos por el viaje tan seductor, charlan por el camino sobre las vacaciones que está disfrutando en España y el encuentro con su madre en Madrid. Por fin se detiene en el pueblo en destino donde les invita a un café como detalle de despedida. Mientras se alejaba de nuevo por la autovía, el Rubio y yo nos miramos perplejos, sin saber qué decirnos, quizás confusos porque aquel caramelo hubiera sido tan desaprovechado. ¿O no? ¿Qué hubiera ocurrido a día de hoy?
Gracias a este medio de transporte pude asistir a clase en mi época albaceteña. ¡Cuantos días de frío en la carretera de Las Peñas esperando compañeros que me recogieran! Y sobre todo, ¡cuántos viajes a Cuenca con los que evité el sufrido recorrido que me ofrecía el autobús que transitaba por media Mancha hasta llegar a mi casa!
Más que la desconfianza o el miedo a las malas
compañías, las nuevas vías de comunicación y las restricciones normativas
consiguieron exterminar esta práctica. Ahora se paga por lo mismo pero conociendo
de antemano el modelo de coche y los hábitos del conductor. ¡Qué cosas!
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