martes, 14 de octubre de 2014

58.- RUGBY

Hace poco ví una carta escrita en contestación a las declaraciones de un famoso futbolista portugués. Leyéndola recordé con nostalgia mis tiempos de rugby. Mucho más de lo que me transmite hoy en día un partido entre cualquiera de las potentes selecciones del hemisferio sur. Aparecen valores extrañamente vacíos en otras especialidades deportivas y, al que tiene la suerte de participar, le genera gran satisfacción.

En casa de un familiar, junto algunos amigos, escondidos de lo conocido, disfrutamos tomando unas cervezas mientras en la tele emitían un partido del 5 Naciones en el que Doch (o Docht, o Dotge), aguantó el partido con un ojo más hinchado que el de un rival de Tyson. “Doch el del Ojo”. Ese pudo ser el inicio de todo.

Fue a finales de los ochenta cuando un granadino, retirado de la práctica del balón amelonado por cuestiones físicas, tuvo la valentía de organizar, entrenar y dirigir un equipo de chavales estudiantes amantes de cualquier deporte y con ganas de pasarlo bien. Y ahí que el Colegio del Sta María de Europa se lanza a participar en las competiciones universitarias de la época. Siempre le agradeceré a Miguel Angel que por aquella iniciativa me inoculara el virus del rugby. Gracias Astuto.

El salto territorial en la carrera universitaria me lleva hasta suelo manchego, donde en la EUPA se está engendrando un equipo que rivalice con el resto de capitales del entorno. Campo de tierra y guijarro, entrenamientos nocturnos bajo cero, escasos medios económicos, pero muchas ganas y voluntad. El número de partidos de mi anterior etapa madrileña me lleva hasta la capitanía del equipo y después la satisfacción de conseguir ganar el torneo autonómico y disputar la fase final en Madrid.

Ya en la capital del reino, con nuestras limitaciones organizativas, nos presentamos en el campo de juego frente a la Politécnica de Barcelona. Escasos diez minutos de gloria que transcurrieron desde el sorteo entre capitanes hasta que un mal placaje me lleva a urgencias del hospital con una clavícula rota. Un banderín entregado en el sorteo de campo guardo de infausto recuerdo.

Meses después, abandoné la práctica por completo. Lo echo mucho de menos. La rivalidad, el compañerismo y los terceros tiempos, donde la exaltación de la amistad y cantos regionales no eran tan solo un paso más de la tradicional escala de la borrachera.



Mi afición me llevó hasta Marsella para ver en directo como los All Blacks danzaban sobre el césped antes de aniquilar a la tierna selección italiana. Tíos como McCaw, Mulianina, Howlett o Carter corriendo como búfalos, placando como bestias y sin pizca de piedad.

Ahora veo con envidia que existen más equipos nacionales, incluso femeninos. Que mundialmente es un evento seguido por millones de espectadores. Que hasta Mandela lo utilizó para generar paz en un país convulso. Pero que desgraciadamente, como otros deportes, está a la inmensa sombra del fútbol. De ahí que me haya quedado tan satisfecho leyendo esa carta, aun a costa del todopoderoso Cristiano.

Pdta: ya se están encargando los malvados medios de comunicación de salir a su rescate, poniendo imágenes de la agresión de un jugador inglés. Lo que no dicen es que esa especialidad no es el "rugby tradicional", sino una variante que acepta otras normas. Una salvajada que aprovechan algunos para atacar un deporte con tal de salvar el honor del guapo, rápido y rico futbolista portugués. En el rugby a ese tipo de jugador que simula y se queja reiteradamente al árbitro se le llama "bailarina".

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