Un sonido ronco e inconfundible pregonaba la cercanía del bus por Fermín Caballero. Tras guardar cola, subíamos los escalones y después de abonar las pesetas reglamentadas nos apretábamos lo más atrás posible, ya que en posteriores paradas nos invadirían más jóvenes. Gente reconocible, amiga o enemiga, que hablaba, reía y fumaba junto a ti. El reducido espacio se inundaba del humo del tabaco, de los aromas femeninos y de los sudores generales.
Una vez que iniciaba el ascenso del Puente de la Trinidad comenzaba la aventura. Con la incertidumbre de si conseguiría llegar arriba o a qué hora. De si el adoquinado de la calzada facilitaría el trayecto o se abrazaría a sus ruedas suplicándole clemencia. Nunca sufrimos ningún percance, avería o vuelco. No tengo la menor duda de que estuvimos expuestos a ello y de que el árbol de la curva del Escardillo también empujaba colaborando para que finalizara el viaje, pero la verdad es que el vetusto bus azul de la Plaza nos transportaba fielmente cada vez que se lo requeríamos.
Las bajadas siempre fueron menos numerosas, pero mucho más ricas en anécdotas. Las que habíamos alimentado durante esa tarde-noche.
¡La conseguí! Meses después, pero ahí está.
1 comentario:
Que manera de jugarnos el tipo. Cada viaje era una aventura, y siempre pensando "hoy no llegamos". Una locura, hoy seria imposible.
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