jueves, 18 de junio de 2026

133.- CITA CON ANIMALES CÉLEBRES

Entre todas las historias futuristas que circulan por las bibliotecas, filmotecas y radiotecas dedicadas a universos distópicos, catastróficos o robóticos solamente una le ha concedido el privilegio a un animal para que se convierta en dominador del mundo. Otras criaturas han sembrado el terror, como tiburones o anacondas, hormigas o abejas, pájaros o cocodrilos,…, pero todos lo han hecho momentáneamente. Sólo la saga de los simios ha sido capaz de crear gobiernos, fuerzas de orden, trabajadores y esclavos. ¿Veremos la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia semienterrada en la arena? Nosotros, no.

Los animales no nos han conseguido dominar, pero si sorprender o ilusionar. Entre mi catálogo de salvajes favoritos (descontaremos las mascotas que nos han acompañado) lidera el pódium el inigualable Copito de Nieve. Lo vi la primera vez que pasé por Barcelona y además era el motivo principal de mi visita. Elegante y brusco a la vez, tan pronto te miraba de soslayo por encima del hombro como golpeaba la mampara violentamente. ¿Qué futuro le hubiera deparado en medio de la selva rodeado de colegas más oscuros? Racismo de color a la inversa. Paradojas de la naturaleza.

Otro simio me impresionó al protagonizar un episodio de secuestro de un colmado en mi etapa estudiantil albaceteña. Tras fugarse del circo que habían instalado cerca de mi casa, el chimpancé se atrincheró en la puerta de un ultramarinos portando un saco de patatas como trofeo. Tuvieron que cercarlo entre varios policías locales y bomberos hasta acorralarlo contra la pared empujando un contenedor de basura. Los manotazos que lanzaba y los golpes que pegó contra la tapa hubieran tumbado al instante al mismísimo Topuria.

Siendo jóvenes y en mitad de la sierra conquense nos presentaron a Sandokán. Un oso pardo poderoso, sultán acompañado de unas pocas hembras y estrella del parque cinegético donde vivía con la encomienda de conservar la especie y repoblar la península. Tenía el privilegio de campar libremente por el Rincón del Buitre, un hosco paraje abarrotado de agua y vegetación. A veces se acercaba a la pasarela de madera que se adentraba tras el cercado cuando le lanzaban barras de pan. Ahora la gestión de este monte ha modificado su objetivo transformándose en un “parque de fauna”, porque no se atreven a llamarlo “safari ibérico”.

Lo exótico de verdad lo vivimos cuando un circo trajo ¡tiburones vivos! Y los tenían en contenedores aparcados en las proximidades del Carrero. ¿Quién había visto un escualo de esos que acojonaban en el cine? Con la curiosidad que atesora la infancia nos acercábamos merodeando sus instalaciones con la esperanza de poderlos observar. Tuvimos que conformarnos con escuchar lo que parecían golpes de sus aletas contra las paredes de los robustos remolques que los transportaban. Aun así, aquella noche dormí con la sensación de haberme cruzado con uno de ellos buceando a veinte pies bajo las aguas del océano.

Sin llegar a ser del todo mascota, ni tampoco cien por cien silvestre, un loro de cola roja se erigió en la estrella de las inmediaciones de las antiguas cocheras de Auto-Res. Enjaulado a la puerta del bar Los Manueles piropeaba a las mozas del lugar, cantaba el himno del Madrid o insultaba al más pintado que por allí pasaba.

Seguro que recordaréis algunos más. Pero yo a estos los conocí, los tuve delante de mis ojos (incluido el tiburón) y tengo buen recuerdo de ellos. Ninguno atacó, ninguno insultó. Nuestros elegidos en los parlamentos deberían tomar nota antes de que acabemos gobernados por algún colega de Urko.