Entre todas las historias futuristas que circulan por las bibliotecas, filmotecas y radiotecas dedicadas a universos distópicos, catastróficos o robóticos solamente una le ha concedido el privilegio a un animal para que se convierta en dominador del mundo. Otras criaturas han sembrado el terror, como tiburones o anacondas, hormigas o abejas, pájaros o cocodrilos,…, pero todos lo han hecho momentáneamente. Sólo la saga de los simios ha sido capaz de crear gobiernos, fuerzas de orden, trabajadores y esclavos. ¿Veremos la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia semienterrada en la arena? Nosotros, no.
Los animales no nos han
conseguido dominar, pero si sorprender o ilusionar. Entre mi catálogo de salvajes
favoritos (descontaremos las mascotas que nos han acompañado) lidera el pódium
el inigualable Copito de Nieve. Lo vi la primera vez que pasé por Barcelona y
además era el motivo principal de mi visita. Elegante y brusco a la vez, tan
pronto te miraba de soslayo por encima del hombro como golpeaba la mampara
violentamente. ¿Qué futuro le hubiera deparado en medio de la selva rodeado de
colegas más oscuros? Racismo de color a la inversa. Paradojas de la naturaleza.
Otro simio me impresionó al
protagonizar un episodio de secuestro de un colmado en mi etapa estudiantil
albaceteña. Tras fugarse del circo que habían instalado cerca de mi casa, el
chimpancé se atrincheró en la puerta de un ultramarinos portando un saco de
patatas como trofeo. Tuvieron que cercarlo entre varios policías locales y
bomberos hasta acorralarlo contra la pared empujando un contenedor de basura.
Los manotazos que lanzaba y los golpes que pegó contra la tapa hubieran tumbado
al instante al mismísimo Topuria.
Siendo jóvenes y en mitad de la
sierra conquense nos presentaron a Sandokán. Un oso pardo poderoso, sultán
acompañado de unas pocas hembras y estrella del parque cinegético donde vivía
con la encomienda de conservar la especie y repoblar la península. Tenía el
privilegio de campar libremente por el Rincón del Buitre, un hosco paraje abarrotado
de agua y vegetación. A veces se acercaba a la pasarela de madera que se
adentraba tras el cercado cuando le lanzaban barras de pan. Ahora la gestión de
este monte ha modificado su objetivo transformándose en un “parque de fauna”,
porque no se atreven a llamarlo “safari ibérico”.
Lo exótico de verdad lo vivimos
cuando un circo trajo ¡tiburones vivos! Y los tenían en contenedores aparcados
en las proximidades del Carrero. ¿Quién había visto un escualo de esos que
acojonaban en el cine? Con la curiosidad que atesora la infancia nos
acercábamos merodeando sus instalaciones con la esperanza de poderlos observar.
Tuvimos que conformarnos con escuchar lo que parecían golpes de sus aletas
contra las paredes de los robustos remolques que los transportaban. Aun así,
aquella noche dormí con la sensación de haberme cruzado con uno de ellos buceando
a veinte pies bajo las aguas del océano.
Sin llegar a ser del todo
mascota, ni tampoco cien por cien silvestre, un loro de cola roja se erigió en
la estrella de las inmediaciones de las antiguas cocheras de Auto-Res.
Enjaulado a la puerta del bar Los Manueles piropeaba a las mozas del lugar,
cantaba el himno del Madrid o insultaba al más pintado que por allí pasaba.
Seguro que recordaréis algunos
más. Pero yo a estos los conocí, los tuve delante de mis ojos (incluido el
tiburón) y tengo buen recuerdo de ellos. Ninguno atacó, ninguno insultó.
Nuestros elegidos en los parlamentos deberían tomar nota antes de que acabemos
gobernados por algún colega de Urko.

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