Si Antonio Mercero hubiera nacido en Sotos o Masegosa quizás hubiera rodado su más famosa serie veraniega por el entorno de alguno de esos pueblos. “Chanquete” sería un “Barbo”, su barca la llamaría “La Poza” y la banda sonora entonaría “la manga riega que aquí no llega”. Los chavales se acercarían con sus bicis a bañarse a la Playa (la de Cuenca) o al Chantre. Allí nos encontraría jugando con las familias antes de zamparnos las tortillas de patata que con maestría hacían nuestras madres. Después recogeríamos las sillas de campo, los neumáticos de camión y los subiríamos a la baca del “Seiscientos” para volver a casa.
Creo que esas aguas del Júcar concedieron
mis primeros baños en el río. Años después, a golpe de pedal junto a mis amigos,
aumenté el campo de actuación hasta los Cortaos de Villalba. Con Valentín de
guía (pionero de lo que después se convertiría en “turismo de aventura rural”) atravesábamos
las entrañas del “Diablo” hasta llegar a las pozas del río de referencia conquense.
Sin neopreno ni cascos de protección saltábamos y buceábamos ajenos a los
peligros del entorno.
En los itinerarios de las
acampadas hallamos rincones íntimos para refrescarnos la piel. El Escabas, el
Guadiela o el Cuervo ofrecían infinidad de posibilidades. A pesar de estar acosados
por los tábanos y amenazados por las ortigas desafiábamos a la naturaleza hasta
disfrutar de sus aguas. En ocasiones nos topamos con misteriosas criaturas que
flotaban descendiendo musitando sonidos relajantes: “guifu, guifu”. Todavía está por confirmar si aún existe ese ser o
fue obra de un espejismo provocado por la gélida temperatura del río.
Cuando la explosión hormonal propia de la juventud incitaba a la búsqueda de partes habitualmente ocultas del sexo contrario teníamos que visitar la Playeta de Cañamares, la Playa de Cuenca o la piscina de Araque. Allí descubrimos encantos desconocidos que fomentaron la suciedad de nuestros deseos. Oh, la “pelota, lota”. Alguien perdió sus calzoncillos bajo la luna después de una jornada de pintores en el Viñas y otro nos mostró los suyos “primaverales”.
En las piscinas privadas las
chicas no se mostraban excesivamente espléndidas, sin embargo los varones
saltábamos, hacíamos torres humanas y hasta recogíamos al Soso con una
mosquitera.
Con los permisos de conducir en
la cartera ampliamos el área de recreo hasta las pocetas de Palomera y el
embalse de la Toba. En una de esas escapadas comprobamos la acertada definición
que la RAE hace del baño, aplicada a la “acción y efecto de someter el cuerpo o parte de él al influjo intenso o prolongado de un agente …” y
ese “agente”, en este caso, se
manifestaba en forma de salsa de mejillones enlatados.
Por tanto, otros baños a los que
estuvimos sometidos también fueron de zurra, de vino, incluso, a modo personal,
de kétchup, debido a una pesada broma que tuvieron a bien gastarme mis colegas
de acampada junto al Guadiela allá por los ochenta. Gracias a ello no puedo
probar ese mejunje colorao.
Hemos tratado tan sólo el
ambiente fluvial, dejaremos el marítimo para otro capítulo. Allí donde alguien
veía “un hombre muerto” en la playa de
Torremolinos a altas horas de la madrugada. “¡Vamos a ayudarle!” exclamaba.
Pdta: ya no tengo tanta memoria
para recordar algunos pasajes, pero dispongo de una libreta de puntazos que me
ayuda poderosamente.
