viernes, 6 de diciembre de 2019

98.- BLANCAS CONTRA NEGRAS

No se trata de ninguna disputas entre razas, ni siquiera de trifulcas de género. Defienden por proteger a su rey y atacan para derribar el contrario. Un magnífico juego de estrategia que debería ser obligatorio en los centros de enseñanza.

De niño me bajaba de la bici para jugar contra “El Sordo”. No recuerdo su nombre, quizás Felipe. Era un hombre mayor y también callado. Se ayudaba de un aparato en la oreja para escuchar, pero no le servía de mucho. Por la tarde, en la terraza del bar, después del café, esperaba contrincantes a los que derrotaba día tras día. También a mí. Él no lo supo nunca, pero con el tiempo se convirtió en mi maestro. Tras jugar cientos de partidas en su contra, conseguí ganarle. Y no sólo una vez, sino varias. Muchas. No le sentaba bien y se enfurecía más todavía cuando los demás se burlaban de él por haber perdido contra un chaval.
En aquellas tardes de veranos en el pueblo aprendí a tener paciencia y esperar el momento, a no fiarme de las fichas expuestas a ser apresadas y a respetar al contrario.

Algo más mayorcito tenía que competir contra rivales mucho más experimentados. Algunos de ellos clasificados como auténticos estudiosos del juego. La saga Álvarez Ortí era un buen ejemplo de entrenamiento familiar. Aun así, el equipo que compartía con Carlos Alberto, Andrés, Nacho y Pablo conseguimos algún que otro triunfo en disputas contra los más notables ajedrecistas conquenses del momento.
Recuerdo una mañana de instituto pintando un tablero en la pizarra, colocando las fichas en su lugar apropiado, con la idea de despistar momentáneamente al profesor y así demorar el inicio de la clase. Él era muy buen jugador y a veces charlábamos sobre aperturas o gambitos en los descansos. Pero aquél profesor de matemáticas, alto y desgarbado, con fama de duro y apellido de frutal, cogió el borrador y sin inmutarse eliminó la tiza pintada sobre el encerado y comenzó la clase sin dilación.



Esa “fase victoriosa” se mantuvo temporalmente durante la etapa universitaria. El salón del Colegio Mayor respiraba ambiente de cartas. Los órdagos y envites se escuchaban por todas las mesas, pero también quedaba un pequeño reducto destinado a los frikis del ajedrez. Y allí permanecía sentado esperando contrincante un aspirante a ingeniero algo rollizo y callado, como “El Sordo” de Tragacete. Era mejor que yo, pero le ganaba por desesperación utilizando la táctica empleada por el jugador de aquella película alemana de los años 70. Vivíamos en la época dorada del ajedrez. Karpov y Kasparov, representantes de dos visiones distintas de la enferma y convaleciente Unión Soviética, rivalizaban deportivamente en interminables campeonatos que eran televisados. ¡Hasta la sala de televisión del Santa se llenaba para ver el mundial disputado en Sevilla!

Y de ahí hasta Albacete. Esporádicamente me reunía con mi amigo Pablo a jugar en un café refugio de juegos de mesa llamado el Nido de Arte. Fueron pocas, pero se convirtieron en mis últimas partidas contra alguien a quien mirar a los ojos.
Dice Bunbury en una de sus canciones que “de pequeño me enseñaron a querer ser mayor, de mayor quiero aprender a ser pequeño”. El fin de siglo nos trajo menos tiempo libre y más tecnología. Me inicié en algunos retos contra ordenadores, pero la falta de humanidad y la monotonía me alejó de ellos. Y hasta hoy. Pues sí, me hice mayor y me gustaría haber disfrutado como cuando era niño para pasar las tardes moviendo el alfil mientras mi hijo se protegía con el caballo. Lo intenté, pero la Nintendo y la Play fueron más persuasivas.

jueves, 25 de julio de 2019

97.- OPERACIONES NOCTURNAS

Sometido al constante foco de luz que desprendía el flexo del despacho. Agotado por las horas de interrogatorio. Afectado por la resaca del día anterior. Hambriento porque no había pasado por Lerma. 

 - ¿Nos lo vas a contar todo? ¿Quién te acompañaba? ¿Cuántos sois? 

No deseaba hablar, pero sí tenía mucha sed. Pedí agua. Si hubieran visto algún episodio de las series policiacas que emite cualquier portal digital no me la habrían ofrecido, pero en aquellos tiempos Starsky y Hutch trabajaban más en la calle que en la oficina. Así que, tras varias horas “secuestrado” por el Jefe de Estudios y varios vasos de agua, me dejaron salir del instituto. 

Fuera, junto al banco del “carrero”, me esperaban mis compañeros de aventura. Se les notó alegría al verme, y al instante comenzaron a preguntarme casi con tanta insistencia como mis captores.

- ¿Qué te han dicho? ¿Han llamado a la pasma? ¿Les has dicho quiénes éramos? ¿Te van a sancionar? ¿Se lo han dicho a tu familia? 

Todo era mucho más sencillo. Susto, bronca y a casa. Ya os dije que no había internet, pero tampoco tantas normas para menores, fumadores, animales o transexuales. Vivíamos en la que, yo considero, mejor época de la democracia española. Libertad sin excesos ni complejos. Un mundo abierto a la exploración, donde la Plaza Mayor era “zona prohibida” y el Parque San Julián tenía guarda. Los cigarros se vendían sueltos y los jóvenes inventaban el botellón, eso sí, con reciclaje de vidrio y sin plásticos que llegaran hasta el mar. 

 ¿Cuál había sido nuestro delito? Algo descatalogado en cualquier código penal, asaltar los despachos de los profesores en una operación nocturna con el objetivo de encontrar los exámenes que evaluarían en septiembre. Aprovechando las noches de feria y la inmediatez de las fechas de recuperación , hacíamos gala de nuestro estado físico para saltar el muro y adentrarnos en los oscuros dominios del Alfonso. Con la táctica perfeccionada nos dirigíamos hasta la conserjería para conseguir el manojo de llaves. Y de ahí, a probar cerraduras. Sobre las mesas, tan sólo papeles, carpetas, libros y ceniceros y, ocultos en las estanterías, más libros, más carpetas y algunas botellas de vino o de coñac. Aficiones de profesores. Imagino que en este siglo seguirán teniéndolas, o quizás algo más consistente. 



Nunca nos pillaron. Tampoco necesitamos aprobar ningún examen a pesar de nuestra osadía. Pero generábamos adrenalina "pa vender". Y todo, sin grabarlo en nuestro inexistente móvil y subirlo a la redes sociales. Héroes anónimos de consumo propio.

domingo, 28 de abril de 2019

96.- CAMPAÑAZO ELECTORAL

Coincidiendo con la Semana Santa hemos sufrido una campaña electoral “silenciosa”. ¿La escuchan?

Yo he sentido el redoble de los tambores por calles estrechas y su eco en las paredes de las hoces. He sentido el sonido del trombón abalanzándose sobre mi tulipa, estremeciendo la llama de la vela hasta hacerla desaparecer. He sentido el duro golpeteo de las horquillas sobre ese empedrado que se empeñaron en sustituir algunos mandamases del pasado.

Sin embargo, afortunadamente, no he escuchado la sintonía de cualquier caricatura de partido vociferando sobre la baca de un coche. Ni siquiera, la de un anuncio que te informara del lugar y hora de un mitin protagonizado por el pobre aprendiz de predicador. Se trataba del silencio, la nueva estrategia del siglo XXI.

El “día al azar”, propuesto por el vigente presidente, quiso que la semana decisiva coincidiera con las fiestas de primavera murcianas. Aquí también se sentía el bullicio huertanico repartiendo productos cosechados. Pétalos de flor meciéndose y cubriendo las losas peatonales. Pólvora que provoca sonidos estridentes sobre el cielo ¿contaminado? Cascabeles animados por el trote de caballos y burros ¿maltratados? Paseos de carrozas con bailarinas contoneándose ligeras de ropa ¿explotadas? Vidrios rotos y pisoteados por la muchedumbre ebria ¿maleducada?

Y se seguía notando el silencio, roto por alguna conversación confusa de opiniones vertidas sobre esos debates televisados en los que faltaba Karmele y Matamoros.

He llegado a ver paneles electorales reservados para cada candidatura vacíos de carteles. Quizás señal de unos programas vacíos de ideas y de propuestas.




Hoy acaba este proceso. El mes que viene tenemos otro. Pero sin nazarenos ni sardineros de por medio

jueves, 7 de marzo de 2019

95.-LAS DESPEDIDAS

¡A mi edad! ¿Vestido con un tutú y guirnaldas por el cuello?
Otra de las desgracias del siglo XXI. Convertir una despedida de soltero en una fiesta de novatadas. ¡Ahora que están tan mal vistas!

Con la vista puesta en la despedida de un futuro casado me han asaltado escenas inolvidables de nuestros tiempos mozos. Cada una de ellas distinta. En cada una, algún momento digno de recordar. Y siempre, repito siempre, disfrutando junto al novio en los instantes previos a su enlace matrimonial. En ningún caso le tiramos en puenting, le vestimos de enfermera o molestamos a los vecinos del barrio de moda. Sin camisetas ni zarandajas. Discretos, pacíficos y evitando la polémica, ¿o no?



Quizás la primera fuera la de Aldo. Inigualable. Especialmente porque fue la única donde organizamos una fiesta sin el novio. O por lo menos la comenzamos sin él. En el lugar más alejado de la urbe, de las discos y de las chicas. El más cercano al aire fresco, al olor a pino y al ambiente de berrea.

Después visitamos las fiestas patronales de Alicante, Azuqueca, Teruel y Albacete. Descubrimos lugares ocultos en Madrid, Murcia y la misma Cuenca. Comimos, bebimos y nos reímos. Sobre todo, ésto último. La risa como elemento principal de una celebración para el recuerdo. ¡Todavía me duele la mandíbula al acordarme de nuestro viaje con “El Calamares”! ¡Hasta sufrimos al ver como Hierro mandaba un balón a las nubes con Clemente en el banquillo!

No nos queda ninguna más. O por lo menos eso creo.

martes, 5 de febrero de 2019

94.- EL TRAVESIA

Escondido en el callejón que conecta las vías altas del Xucar se encontraba cuando, los camiones de la basura habían terminado su jornada, nuestro retiro. Lo que ahora se llama un “after”. Para nosotros era un “between”.
Tan sólo buscábamos buena música, un rincón cómodo donde compartir chistes y tontunas, y a la vez que fuera algo recogido. ¡Bendita paciencia la de los camareros cuando nos vieran entrar!
 ¿Qué será de aquella estatua griega que decoraba la sala? El día de Santiago del 86, la pobre sufrió el ímpetu del grupo juvenil. Tras caer por el suelo, un fogoso muchacho de cabello compuesto por puas intentó el sexo oral con ella sin conseguirlo. Hoy día esa estampa estaría siendo viral en las redes satánicas.
Durante varios meses desde el verano de aquel año lo consideramos nuestro cuartel general. Sus mesas sirvieron de pista de baile para el resto del grupo, especialmente para el mozo de pelo dorado. En ocasiones, sin música, canturrenado al compás del “Sansón” o del “tiroriro,….ES…COR…PION” que tan mal entonaba el más largo de la pandilla, mientras los vasos rodaban por el suelo.

 No existe registro gráfico del local. Ni de su entrada. Ni de su logotipo. ¡Una tercio de cerveza para quien encuentre alguna pista del mismo, vive dios!

martes, 20 de noviembre de 2018

93.- DE CUENCA AL SALÓN DE LOS REINOS

Dicen que la casa de Martínez de Mazo, ahora posada, inspiró al genio Velázquez para situar a sus meninas sobre el lienzo. Leyenda o no, la estructura del salón con la puerta y escaleras de fondo es bastante aproximada. Esto ocurrió 310 años antes de que naciéramos los del 66.

Un niño pelirrojo y con pecas asomaba su cabeza por encima de la mayoría. Algo tímido se fue incorporando a las partidas de canicas, ensuciando las rodillas de sus pantalones con la arena del patio del colegio. Otro día nos acompañaba a cazar ranas a las charcas de los andenes de carga por la periferia de la Estación.
En plena transición, un destino familiar le privó de vivir en nuestra hermosa ciudad, pero se llevó el poso del arte y la cultura. Esos aires que, trescientos años antes, dejó impregnados Don Diego en la estancia de su yerno.

Cuando, entrado el siglo XXI, algunas marcas comerciales aprovechan el tirón económico de los que disfrutaron los ochenta, el sentido de la amistad, la familia y el reencuentro adquieren protagonismo. Algo que en nuestro grupo se intenta mantener con distintos eventos, sean anuales o conmemorativos. Uno de estos últimos encuentros nos ha hecho disfrutar de una jornada especial. Distinta.

El cabello pelirrojo se ha tornado algo canoso pero la envergadura se mantiene intacta. Mientras baja las escaleras se le intuye una sonrisa, bien porque comienza a reconocernos, bien porque va pensando su disculpa por la tardanza.
El paseo guiado entre Van der Weyden, Tiziano, Botichelli, Goya o Gisbert Pérez, se vivió en un suspiro, aunque el recibimiento fuera “a porta gayola”, por todo lo alto (todavía tengo en la retina el azul intenso de “La Anunciación”). Stendhal hubiera caído desplomado allí mismo. 



¡Cuánta emoción en sus relatos! Resulta curioso que los recuerdos de la niñez cambien el semblante de un personaje de su categoría. Los históricos locales de una calle en decadencia como Carretería, el permanente socavón a la entrada desde Madrid o la anécdota de su reencuentro por Europa con el inquilino que le relevó, destilan melancolía a espuertas.

Los abrazos de despedida presagian un nuevo encuentro. Mientras, se marcha por las calles de Madrid buscando en su memoria si de veras era Barambio el que lanzaba la canica de esa manera tan peculiar y certera que siempre le ganaba.

viernes, 25 de mayo de 2018

92- EL LIRI

Es verdad. Los peñascos de la Hoz del Huecar se enamoraron de tus ojos y quisieron quedarse con ellos; te abrazaron sin piedad, posesivas y te han herido en la carne, sin quererlo, por amor.”

Más de treinta años después todavía desconozco quien escribió en el periódico estas palabras en tu honor. Pero todos los años recuerdo el desenlace.

Fútbol y Queen. Dos pasiones que comparto.
La entrevista indígena. Momento memorable e inolvidable. Todavía lloro de risa recordando aquel diálogo a las orillas del Guadiela envuelto en tu toalla leopardo.

Y mientras nosotros seguimos bajando por el camino, nuestras sombras son más grandes que nuestras almas, camina una dama a la que todos conocemos, que brilla con luz blanca y quiere mostrar como todavía todo se convierte en oro, y si escuchas muy atento, la melodía vendrá al fin a ti, cuando todos sean uno y uno sean todo, ser una piedra y no rodar. 
Y está comprando una escalera al cielo.



lunes, 12 de marzo de 2018

91.- MI PADRE

Quiero reproducir lo que ya pretendí expresar en diciembre. Lo considero una deuda moral y personal.
Y también lo quiero hacer extensivo al resto de padres que ya no están y a los que todavía tienen la suerte de poder compartir una charla, un vino o un problema.
A los que lo somos y tenemos que ejercer algunos años más.

Era mi gran pez. También mi gran árbol, mi gran montaña. 
Narrador de historias tan reales como sus arrugas. De relatos tan fascinantes como su actividad. Sin gigantes, enanos, brujas ni pueblos encantados. Personajes de la cruda historia de inicios del siglo XX español. De gentes que tuvieron que caminar para vivir. De familias que, cual protagonistas de un relato de Delibes, sufrieron las inclemencias del clima, del campo y los caprichos de los dueños del poder. 
Su historia particular trata de la perseverancia, del trabajo, del amor y del legado. Siempre bajo un palio de humildad y entrega. Encubriendo una moraleja de lo que está bien hecho, de una enseñanza que divulgar entre sus descendientes. 
No por mucho repetirlas, cansaban. Que unos cerdos queden grabados en tu memoria porque el trayecto de su traslado fuera quebrado y difícil es una simple anécdota. Lo distinto con nuestra generación es que lo realizara con sólo doce años. Eso no era broma. En cualquier momento tu casa podía ser bombardeada y tu familia debía abandonarla, sin manifestantes que se encadenaran a la puerta protegidos por una pancarta. 

 “Un hombre cuenta sus historias tantas veces que al final él mismo se convierte en esas historias. Siguen viviendo cuando él ya no está. De esta forma, el hombre se hace inmortal.” 


Se marchó anticipando la nieve. Como lo hicieron sus padres. Frío y hielo. Nieve que garantiza agua. Y agua que permite la vida. A su entierro no acudieron ni el gigante ni el miliciano. Ni las siamesas ni los maquis. Sí que estuvo su familia, de la que pudo despedirse a su manera, en su cama, contándonos historietas de sirvientas ignorantes que intentaban sobrevivir igual que lo intentaba él. Y allí, rodeando su lecho y llorando de risa, nos sentíamos orgullosos de que un pez tan grande hubiera compartido su vida con nosotros y nos hiciera disfrutar hasta el último momento.



sábado, 13 de enero de 2018

90 .- "OTRA DE ARBOLICOS"

Una nueva colaboración. Abierta la ventana, entra aire fresco. Ideas y sensaciones próximas. ¡Ánimo! Todavía quedan más.

"Haciéndonos eco de la solicitud del maestro del blog, me animo a compartir estos pensamientos con aquel que se disponga a gastar unos minutos en su lectura.

Lo primero y obligatorio, mi más profundo reconocimiento a su labor divulgadora, salvaguarda de momentos, escenas, episodios, y como no, a su incansable afición de desempolvar recuerdos y vivencias. Aunque a buen seguro, sin la facilidad de verbo a que estamos acostumbrados en los relatos que nos regala, doy un paso al frente, y daré forma al mío.
Canciones, libros, comidas, bebidas, momentos especiales, sucedidos en general, forman parte de nuestras vidas, grabados todos ellos en lo más profundo de nuestra memoria, y por ello, en nuestras vidas. ¿Y arboles? No hay árboles en nuestras vidas, no forman parte de nuestros recuerdos, incluso de nuestro presente? Como no. Ahí van los míos.

La noticia de la muerte del ficus de Murcia, me encogió el corazón, como a cualquier persona. Como las fatales noticias de los incendios que nos han asolado este año. También el hecho que el incendio de Poyatos, “La Muela”, “Sierra Cuenca”, haya pasado sin ningún inculpado. Vamos teniendo suerte de no ser portada de noticiarios, aunque estuvimos cerca este año con el Monsaete. Por los pelos.
Sería fácil abrir el libro de árboles singulares de CLM para elogiarlos. Hubo uno que estuvo a punto de formar parte de él, incluso pasó el casting, si así se puede decir. Una tormenta huracanada lo derribo antes de que estuviese inmortalizado en ese libro. Era un pino magnífico, estaba a pie del camino que va hasta la Fuente de la Tía Perra y el Cerviñuelo desde la pista de saca que baja a Tejadillos. Bastante parecido a ”el candelabro” de los Palancares. Cinco ramas muy verticales desde poca altura del suelo formaban este impresionante pino. No recuerdo bien, si éramos necesarios cuatro o cinco chavales para abarcar lo más recio de su tronco. Azares de la vida. Un día pregunté por él aprovechando un viaje de trabajo a los agentes forestales con los que estábamos citados. Uno de ellos no lo conocía. Cómo lo iba a conocer si no tendría más de veinticinco años. Su acompañante sí. Cómo no, media vida trabajando en esos montes. Fue el que me informó de su rotura, tres ramas de las cinco que tenía. Aprovechando una corta cercana, decidieron talarlo. A buen seguro prefirieron verlo cortado que desmembrado. No lo incluyeron en la guía, porque según los autores, la idea era que ésta sirviese para que los lectores pudiesen visitar los árboles que en ella se recogían. En el recuerdo quedan algunos ratos a pie de aquel pino, tumbados en la cuneta del camino, con las mochilas tiradas, mirando su copa al aroma de algún cigarrillo liado.

El pino “pulpo” es uno de esos raros ejemplares que si no estás debajo de él, pasa inadvertido. Se trata de un pino tan deformado que sus ramas, ocho, por cierto, están totalmente volcadas hacia el suelo. De lejos más bien parece un arbusto gigante. Cuando estas cerca, bien podría ser una cabaña de buen tamaño. Es un árbol anónimo, no lo busquéis en ningún compendio. El que tenga interés en conocerlo tendrá que ir desde Villarejo- Periesteban a Poveda de la Obispalía.

Sin salir del entorno urbano, ¿quién no conoce el cedro de “navidad” del parquecillo de San Esteban? Menos mal que ya no lo adornan con esas bombillas de colores que lo mataban un poco cada año. Otro en el mismo parque, en el extremo opuesto, es una especie única, existen poquísimos como él. Según dicen llegó a nuestra ciudad por un regalo. Mi ignorancia botánica me impide escribir el nombre de la especie, lo dejaremos como el árbol de las verrugas, porque eso es lo que tiene su tronco. No muy lejos de allí, dos tejos flanquean la entrada a los jardines de la Diputación. Y pensar que no hace mucho hubo un burro, un gilipollas de Diputado de turno, que llegó a mandar que los cortaran porque decía el idiota que estorbaban en la entrada al palacio. Menos mal que la idiotez no es contagiosa, ¿o si?

 Y cómo no, “el árbol del amor”, que desde la curva de la Audiencia anuncia cada año la llegada del calor, llenándose de flores exuberantes. Basta, que nos ponemos melosos.

Algunos árboles he plantado, unos están, otros por falta de cuidados ya no. Ciruelos, perales, manzanos, membrillos, guindos. Incluso un laurel y un lilo que me proporcionó alguien no muy lejano a este blog. Un acebo en plantel rescaté de un montón de marras que iban a desechar en el vivero de la vieja carretera de Madrid. El encargado: “eso no vale”, “pierdes el tiempo”, “si eso no se cría ni en Royo Frio, como se va a criar en la puerta de tu casa”, pues ya tiene dos metros de alto, p’a que veas.

Pero tengo la grandísima suerte, que el árbol de mi vida lo tengo en mi casa, y es que también tengo la suerte de vivir en el campo. He visto crecer este árbol desde que era un retallo de unos pocos centímetros, que tuvimos que proteger con unas estaquillas del trajín de las obras, pisadas de perros, y demás avatares, comprobamos que se trataba de un pino, doncel, como los llama mi padre, de los bonicos, de los piñoneros. Hoy es un pino de unos cincuenta centímetros de diámetro, más de uno por cada año que tiene. Si hay algo con lo que tengo que identificar el lugar donde vivo es con este pino. Eligió nacer aquí y yo decidí acompañarle.






Sería un necio si terminara este ladrillo sin compartir estas imágenes que tomé esta misma mañana. Si hay que poner un nombre, sería Esperanza. Esperanza de que podamos ver en este monte arrasado vida nueva cuanto antes. Observar los retallos verdes de las chaparras como brotan en el terreno quemado. Seguro que los más doctos saben que es algo normal, que forma parte de la regeneración propia en estos casos. Para el resto, es una visión optimista, esperanzadora, sin más.




Es una zona que ardió este verano, según cuentan los que allí estuvieron, como la pólvora. Miedo, pánico, es poco lo que sintieron los que se jugaron allí el pellejo. Unos minutos hubieran bastado para que se hubieran visto envueltos en el fuego. Desde la carretera de Minglanilla, llegó a la de Enguídanos y a la de Paracuellos en un santiamén. Salieron como pudieron y dejaron arder a merced del viento. Por suerte, se sujetó."

martes, 14 de noviembre de 2017

89.- NUESTROS ÁRBOLES

La estricta sequía, a la que nos somete este supuesto y dañino cambio climático, provocó este verano que un ejemplar de Ficus macrophylla (lo que viene siendo vulgarmente un “ficus”) haya rasgado sus enormes ramas,  con la suerte de no causar graves daños para los que en la plaza de Santo Domingo se tomaban su cerveza con marinera.

Viendo las fotos en los periódicos locales y escuchando el dramatismo con el que los ciudadanos ya echaban de menos al emblemático ejemplar yo también me he acordado de aquellos árboles que nos dieron sombra, cobijo y nos acogieron bajo su morada.

Sin ánimo de lastimar, algún ejemplar se sacudió de encima jóvenes con espíritu de Tarzán. Una escayola en el brazo dejó sin fiestas y sin chica al más atrevido.

Muchos olmos se acartonaron en las últimas décadas. Las plazas de los pueblos a las que daban nombre se quedaron sin su titular. El de Tragacete, junto a la iglesia, también tenía un bar en su honor. Uno de sus últimos servicios fue ampararnos tras una etapa del Rally Raid.

Pero si alguna especie abarrota nuestro territorio, ese es el pino. Denostado por los ecologetas, ha cumplido una función protectora fundamental en el ámbito rural. Y no solo a nivel conservador, sino socioeconómico. Muchos pueblos han perdido ingresos y población por el desarrollo industrial y un proteccionismo mal entendido y por ende, peor gestionado.

En los Palancares todavía se mantiene esbelto uno de los pinos candelabro, abuelo, llamado “del sumidero”. Durante mi proyecto fin de carrera, sus más de cuatrocientos años me vieron pasear por sus alrededores cargado con la forcípula, cinta, lápiz y libreta. Casi cuarenta metros de altura y veinte de diámetro de copa. Categoría especial. Curiosas jornadas las que pasé tomando datos con un auxiliar de renombre, mi padre. Tan extraordinario, vetusto y fuerte como él.



El Pino del Osejón sobresale entre sus vecinos. Excepcionales dimensiones que podemos comprobar en un panel informativo colocado a sus pies. Eso sí, las moscas burreras esperan ocultas en las cunetas. Recomiendo cubrirse la piel frente a sus mordeduras.

Y el pino amigo. El que más nos ha acompañado. El que ha crecido junto a nosotros. El que, sigiloso, observaba las trampas del mus y el manoseo a las muchachas. Ahora le han quitado su banco. Su pareja inseparable. La restauración del viejo “Carrero” lo dejó viudo. Aun así, permaneció elegante entre el resto de los de su especie hasta que también fue eliminado.



Los chopos de las Hoces. Las sabinas de Tierra Muerta. Los tilos de la hoz de Beteta. En cualquier foto aparecen ahí, silenciosos junto a nosotros. Todavía están en pie. Otros, sin conocerlos, como las acacias, le pusieron nombre al callejón de la risa.

He plantado más árboles que he cortado. Tengo dos zagales que completan la pareja. Sólo falta que a través de este blog vaya confeccionando un libro, aunque sea de nuestra vida y apenas tenga una docena de lectores.