¡A mi edad! ¿Vestido con un tutú y guirnaldas por el cuello?
Otra de las desgracias del siglo XXI. Convertir una despedida de soltero en una fiesta de novatadas. ¡Ahora que están tan mal vistas!
Con la vista puesta en la despedida de un futuro casado me han asaltado escenas inolvidables de nuestros tiempos mozos. Cada una de ellas distinta. En cada una, algún momento digno de recordar. Y siempre, repito siempre, disfrutando junto al novio en los instantes previos a su enlace matrimonial. En ningún caso le tiramos en puenting, le vestimos de enfermera o molestamos a los vecinos del barrio de moda. Sin camisetas ni zarandajas. Discretos, pacíficos y evitando la polémica, ¿o no?
Quizás la primera fuera la de Aldo. Inigualable. Especialmente porque fue la única donde organizamos una fiesta sin el novio. O por lo menos la comenzamos sin él. En el lugar más alejado de la urbe, de las discos y de las chicas. El más cercano al aire fresco, al olor a pino y al ambiente de berrea.
Después visitamos las fiestas patronales de Alicante, Azuqueca, Teruel y Albacete. Descubrimos lugares ocultos en Madrid, Murcia y la misma Cuenca. Comimos, bebimos y nos reímos. Sobre todo, ésto último. La risa como elemento principal de una celebración para el recuerdo. ¡Todavía me duele la mandíbula al acordarme de nuestro viaje con “El Calamares”! ¡Hasta sufrimos al ver como Hierro mandaba un balón a las nubes con Clemente en el banquillo!
No nos queda ninguna más. O por lo menos eso creo.
jueves, 7 de marzo de 2019
martes, 5 de febrero de 2019
94.- EL TRAVESIA
Escondido en el callejón que conecta las vías altas del Xucar se encontraba cuando, los camiones de la basura habían terminado su jornada, nuestro retiro. Lo que ahora se llama un “after”. Para nosotros era un “between”.
Tan sólo buscábamos buena música, un rincón cómodo donde compartir chistes y tontunas, y a la vez que fuera algo recogido. ¡Bendita paciencia la de los camareros cuando nos vieran entrar!
¿Qué será de aquella estatua griega que decoraba la sala? El día de Santiago del 86, la pobre sufrió el ímpetu del grupo juvenil. Tras caer por el suelo, un fogoso muchacho de cabello compuesto por puas intentó el sexo oral con ella sin conseguirlo. Hoy día esa estampa estaría siendo viral en las redes satánicas.
Durante varios meses desde el verano de aquel año lo consideramos nuestro cuartel general. Sus mesas sirvieron de pista de baile para el resto del grupo, especialmente para el mozo de pelo dorado. En ocasiones, sin música, canturrenado al compás del “Sansón” o del “tiroriro,….ES…COR…PION” que tan mal entonaba el más largo de la pandilla, mientras los vasos rodaban por el suelo.
No existe registro gráfico del local. Ni de su entrada. Ni de su logotipo. ¡Una tercio de cerveza para quien encuentre alguna pista del mismo, vive dios!
Tan sólo buscábamos buena música, un rincón cómodo donde compartir chistes y tontunas, y a la vez que fuera algo recogido. ¡Bendita paciencia la de los camareros cuando nos vieran entrar!
¿Qué será de aquella estatua griega que decoraba la sala? El día de Santiago del 86, la pobre sufrió el ímpetu del grupo juvenil. Tras caer por el suelo, un fogoso muchacho de cabello compuesto por puas intentó el sexo oral con ella sin conseguirlo. Hoy día esa estampa estaría siendo viral en las redes satánicas.
Durante varios meses desde el verano de aquel año lo consideramos nuestro cuartel general. Sus mesas sirvieron de pista de baile para el resto del grupo, especialmente para el mozo de pelo dorado. En ocasiones, sin música, canturrenado al compás del “Sansón” o del “tiroriro,….ES…COR…PION” que tan mal entonaba el más largo de la pandilla, mientras los vasos rodaban por el suelo.
No existe registro gráfico del local. Ni de su entrada. Ni de su logotipo. ¡Una tercio de cerveza para quien encuentre alguna pista del mismo, vive dios!
martes, 20 de noviembre de 2018
93.- DE CUENCA AL SALÓN DE LOS REINOS
Dicen que la casa de Martínez de Mazo, ahora posada, inspiró al genio Velázquez para situar a sus meninas sobre el lienzo. Leyenda o no, la estructura del salón con la puerta y escaleras de fondo es bastante aproximada. Esto ocurrió 310 años antes de que naciéramos los del 66.
Un niño pelirrojo y con pecas asomaba su cabeza por encima de la mayoría. Algo tímido se fue incorporando a las partidas de canicas, ensuciando las rodillas de sus pantalones con la arena del patio del colegio. Otro día nos acompañaba a cazar ranas a las charcas de los andenes de carga por la periferia de la Estación.
En plena transición, un destino familiar le privó de vivir en nuestra hermosa ciudad, pero se llevó el poso del arte y la cultura. Esos aires que, trescientos años antes, dejó impregnados Don Diego en la estancia de su yerno.
Cuando, entrado el siglo XXI, algunas marcas comerciales aprovechan el tirón económico de los que disfrutaron los ochenta, el sentido de la amistad, la familia y el reencuentro adquieren protagonismo. Algo que en nuestro grupo se intenta mantener con distintos eventos, sean anuales o conmemorativos. Uno de estos últimos encuentros nos ha hecho disfrutar de una jornada especial. Distinta.
El cabello pelirrojo se ha tornado algo canoso pero la envergadura se mantiene intacta. Mientras baja las escaleras se le intuye una sonrisa, bien porque comienza a reconocernos, bien porque va pensando su disculpa por la tardanza.
El paseo guiado entre Van der Weyden, Tiziano, Botichelli, Goya o Gisbert Pérez, se vivió en un suspiro, aunque el recibimiento fuera “a porta gayola”, por todo lo alto (todavía tengo en la retina el azul intenso de “La Anunciación”). Stendhal hubiera caído desplomado allí mismo.
¡Cuánta emoción en sus relatos! Resulta curioso que los recuerdos de la niñez cambien el semblante de un personaje de su categoría. Los históricos locales de una calle en decadencia como Carretería, el permanente socavón a la entrada desde Madrid o la anécdota de su reencuentro por Europa con el inquilino que le relevó, destilan melancolía a espuertas.
Los abrazos de despedida presagian un nuevo encuentro. Mientras, se marcha por las calles de Madrid buscando en su memoria si de veras era Barambio el que lanzaba la canica de esa manera tan peculiar y certera que siempre le ganaba.
Un niño pelirrojo y con pecas asomaba su cabeza por encima de la mayoría. Algo tímido se fue incorporando a las partidas de canicas, ensuciando las rodillas de sus pantalones con la arena del patio del colegio. Otro día nos acompañaba a cazar ranas a las charcas de los andenes de carga por la periferia de la Estación.
En plena transición, un destino familiar le privó de vivir en nuestra hermosa ciudad, pero se llevó el poso del arte y la cultura. Esos aires que, trescientos años antes, dejó impregnados Don Diego en la estancia de su yerno.
Cuando, entrado el siglo XXI, algunas marcas comerciales aprovechan el tirón económico de los que disfrutaron los ochenta, el sentido de la amistad, la familia y el reencuentro adquieren protagonismo. Algo que en nuestro grupo se intenta mantener con distintos eventos, sean anuales o conmemorativos. Uno de estos últimos encuentros nos ha hecho disfrutar de una jornada especial. Distinta.
El cabello pelirrojo se ha tornado algo canoso pero la envergadura se mantiene intacta. Mientras baja las escaleras se le intuye una sonrisa, bien porque comienza a reconocernos, bien porque va pensando su disculpa por la tardanza.
El paseo guiado entre Van der Weyden, Tiziano, Botichelli, Goya o Gisbert Pérez, se vivió en un suspiro, aunque el recibimiento fuera “a porta gayola”, por todo lo alto (todavía tengo en la retina el azul intenso de “La Anunciación”). Stendhal hubiera caído desplomado allí mismo.
¡Cuánta emoción en sus relatos! Resulta curioso que los recuerdos de la niñez cambien el semblante de un personaje de su categoría. Los históricos locales de una calle en decadencia como Carretería, el permanente socavón a la entrada desde Madrid o la anécdota de su reencuentro por Europa con el inquilino que le relevó, destilan melancolía a espuertas.
Los abrazos de despedida presagian un nuevo encuentro. Mientras, se marcha por las calles de Madrid buscando en su memoria si de veras era Barambio el que lanzaba la canica de esa manera tan peculiar y certera que siempre le ganaba.
viernes, 25 de mayo de 2018
92- EL LIRI
“Es verdad. Los peñascos de la Hoz del Huecar se enamoraron de tus ojos y quisieron quedarse con ellos; te abrazaron sin piedad, posesivas y te han herido en la carne, sin quererlo, por amor.”
Más de treinta años después todavía desconozco quien escribió en el periódico estas palabras en tu honor. Pero todos los años recuerdo el desenlace.
Fútbol y Queen. Dos pasiones que comparto.
La entrevista indígena. Momento memorable e inolvidable. Todavía lloro de risa recordando aquel diálogo a las orillas del Guadiela envuelto en tu toalla leopardo.
Y mientras nosotros seguimos bajando por el camino, nuestras sombras son más grandes que nuestras almas, camina una dama a la que todos conocemos, que brilla con luz blanca y quiere mostrar como todavía todo se convierte en oro, y si escuchas muy atento, la melodía vendrá al fin a ti, cuando todos sean uno y uno sean todo, ser una piedra y no rodar.
Y está comprando una escalera al cielo.
Más de treinta años después todavía desconozco quien escribió en el periódico estas palabras en tu honor. Pero todos los años recuerdo el desenlace.
Fútbol y Queen. Dos pasiones que comparto.
La entrevista indígena. Momento memorable e inolvidable. Todavía lloro de risa recordando aquel diálogo a las orillas del Guadiela envuelto en tu toalla leopardo.
Y mientras nosotros seguimos bajando por el camino, nuestras sombras son más grandes que nuestras almas, camina una dama a la que todos conocemos, que brilla con luz blanca y quiere mostrar como todavía todo se convierte en oro, y si escuchas muy atento, la melodía vendrá al fin a ti, cuando todos sean uno y uno sean todo, ser una piedra y no rodar.
Y está comprando una escalera al cielo.
lunes, 12 de marzo de 2018
91.- MI PADRE
Quiero reproducir lo que ya pretendí expresar en diciembre. Lo considero una deuda moral y personal.
Y también lo quiero hacer extensivo al resto de padres que ya no están y a los que todavía tienen la suerte de poder compartir una charla, un vino o un problema.
A los que lo somos y tenemos que ejercer algunos años más.
Era mi gran pez. También mi gran árbol, mi gran montaña.
Narrador de historias tan reales como sus arrugas. De relatos tan fascinantes como su actividad. Sin gigantes, enanos, brujas ni pueblos encantados. Personajes de la cruda historia de inicios del siglo XX español. De gentes que tuvieron que caminar para vivir. De familias que, cual protagonistas de un relato de Delibes, sufrieron las inclemencias del clima, del campo y los caprichos de los dueños del poder.
Su historia particular trata de la perseverancia, del trabajo, del amor y del legado. Siempre bajo un palio de humildad y entrega. Encubriendo una moraleja de lo que está bien hecho, de una enseñanza que divulgar entre sus descendientes.
No por mucho repetirlas, cansaban. Que unos cerdos queden grabados en tu memoria porque el trayecto de su traslado fuera quebrado y difícil es una simple anécdota. Lo distinto con nuestra generación es que lo realizara con sólo doce años. Eso no era broma. En cualquier momento tu casa podía ser bombardeada y tu familia debía abandonarla, sin manifestantes que se encadenaran a la puerta protegidos por una pancarta.
“Un hombre cuenta sus historias tantas veces que al final él mismo se convierte en esas historias. Siguen viviendo cuando él ya no está. De esta forma, el hombre se hace inmortal.”
Se marchó anticipando la nieve. Como lo hicieron sus padres. Frío y hielo. Nieve que garantiza agua. Y agua que permite la vida. A su entierro no acudieron ni el gigante ni el miliciano. Ni las siamesas ni los maquis. Sí que estuvo su familia, de la que pudo despedirse a su manera, en su cama, contándonos historietas de sirvientas ignorantes que intentaban sobrevivir igual que lo intentaba él. Y allí, rodeando su lecho y llorando de risa, nos sentíamos orgullosos de que un pez tan grande hubiera compartido su vida con nosotros y nos hiciera disfrutar hasta el último momento.
Y también lo quiero hacer extensivo al resto de padres que ya no están y a los que todavía tienen la suerte de poder compartir una charla, un vino o un problema.
A los que lo somos y tenemos que ejercer algunos años más.
Era mi gran pez. También mi gran árbol, mi gran montaña.
Narrador de historias tan reales como sus arrugas. De relatos tan fascinantes como su actividad. Sin gigantes, enanos, brujas ni pueblos encantados. Personajes de la cruda historia de inicios del siglo XX español. De gentes que tuvieron que caminar para vivir. De familias que, cual protagonistas de un relato de Delibes, sufrieron las inclemencias del clima, del campo y los caprichos de los dueños del poder.
Su historia particular trata de la perseverancia, del trabajo, del amor y del legado. Siempre bajo un palio de humildad y entrega. Encubriendo una moraleja de lo que está bien hecho, de una enseñanza que divulgar entre sus descendientes.
No por mucho repetirlas, cansaban. Que unos cerdos queden grabados en tu memoria porque el trayecto de su traslado fuera quebrado y difícil es una simple anécdota. Lo distinto con nuestra generación es que lo realizara con sólo doce años. Eso no era broma. En cualquier momento tu casa podía ser bombardeada y tu familia debía abandonarla, sin manifestantes que se encadenaran a la puerta protegidos por una pancarta.
“Un hombre cuenta sus historias tantas veces que al final él mismo se convierte en esas historias. Siguen viviendo cuando él ya no está. De esta forma, el hombre se hace inmortal.”
Se marchó anticipando la nieve. Como lo hicieron sus padres. Frío y hielo. Nieve que garantiza agua. Y agua que permite la vida. A su entierro no acudieron ni el gigante ni el miliciano. Ni las siamesas ni los maquis. Sí que estuvo su familia, de la que pudo despedirse a su manera, en su cama, contándonos historietas de sirvientas ignorantes que intentaban sobrevivir igual que lo intentaba él. Y allí, rodeando su lecho y llorando de risa, nos sentíamos orgullosos de que un pez tan grande hubiera compartido su vida con nosotros y nos hiciera disfrutar hasta el último momento.
sábado, 13 de enero de 2018
90 .- "OTRA DE ARBOLICOS"
Una nueva colaboración. Abierta la ventana, entra aire fresco. Ideas y sensaciones próximas. ¡Ánimo! Todavía quedan más.
"Haciéndonos eco de la solicitud del maestro del blog, me animo a compartir estos pensamientos con aquel que se disponga a gastar unos minutos en su lectura.
Lo primero y obligatorio, mi más profundo reconocimiento a su labor divulgadora, salvaguarda de momentos, escenas, episodios, y como no, a su incansable afición de desempolvar recuerdos y vivencias. Aunque a buen seguro, sin la facilidad de verbo a que estamos acostumbrados en los relatos que nos regala, doy un paso al frente, y daré forma al mío.
Canciones, libros, comidas, bebidas, momentos especiales, sucedidos en general, forman parte de nuestras vidas, grabados todos ellos en lo más profundo de nuestra memoria, y por ello, en nuestras vidas. ¿Y arboles? No hay árboles en nuestras vidas, no forman parte de nuestros recuerdos, incluso de nuestro presente? Como no. Ahí van los míos.
La noticia de la muerte del ficus de Murcia, me encogió el corazón, como a cualquier persona. Como las fatales noticias de los incendios que nos han asolado este año. También el hecho que el incendio de Poyatos, “La Muela”, “Sierra Cuenca”, haya pasado sin ningún inculpado. Vamos teniendo suerte de no ser portada de noticiarios, aunque estuvimos cerca este año con el Monsaete. Por los pelos.
Sería fácil abrir el libro de árboles singulares de CLM para elogiarlos. Hubo uno que estuvo a punto de formar parte de él, incluso pasó el casting, si así se puede decir. Una tormenta huracanada lo derribo antes de que estuviese inmortalizado en ese libro. Era un pino magnífico, estaba a pie del camino que va hasta la Fuente de la Tía Perra y el Cerviñuelo desde la pista de saca que baja a Tejadillos. Bastante parecido a ”el candelabro” de los Palancares. Cinco ramas muy verticales desde poca altura del suelo formaban este impresionante pino. No recuerdo bien, si éramos necesarios cuatro o cinco chavales para abarcar lo más recio de su tronco. Azares de la vida. Un día pregunté por él aprovechando un viaje de trabajo a los agentes forestales con los que estábamos citados. Uno de ellos no lo conocía. Cómo lo iba a conocer si no tendría más de veinticinco años. Su acompañante sí. Cómo no, media vida trabajando en esos montes. Fue el que me informó de su rotura, tres ramas de las cinco que tenía. Aprovechando una corta cercana, decidieron talarlo. A buen seguro prefirieron verlo cortado que desmembrado. No lo incluyeron en la guía, porque según los autores, la idea era que ésta sirviese para que los lectores pudiesen visitar los árboles que en ella se recogían. En el recuerdo quedan algunos ratos a pie de aquel pino, tumbados en la cuneta del camino, con las mochilas tiradas, mirando su copa al aroma de algún cigarrillo liado.
El pino “pulpo” es uno de esos raros ejemplares que si no estás debajo de él, pasa inadvertido. Se trata de un pino tan deformado que sus ramas, ocho, por cierto, están totalmente volcadas hacia el suelo. De lejos más bien parece un arbusto gigante. Cuando estas cerca, bien podría ser una cabaña de buen tamaño. Es un árbol anónimo, no lo busquéis en ningún compendio. El que tenga interés en conocerlo tendrá que ir desde Villarejo- Periesteban a Poveda de la Obispalía.
Sin salir del entorno urbano, ¿quién no conoce el cedro de “navidad” del parquecillo de San Esteban? Menos mal que ya no lo adornan con esas bombillas de colores que lo mataban un poco cada año. Otro en el mismo parque, en el extremo opuesto, es una especie única, existen poquísimos como él. Según dicen llegó a nuestra ciudad por un regalo. Mi ignorancia botánica me impide escribir el nombre de la especie, lo dejaremos como el árbol de las verrugas, porque eso es lo que tiene su tronco. No muy lejos de allí, dos tejos flanquean la entrada a los jardines de la Diputación. Y pensar que no hace mucho hubo un burro, un gilipollas de Diputado de turno, que llegó a mandar que los cortaran porque decía el idiota que estorbaban en la entrada al palacio. Menos mal que la idiotez no es contagiosa, ¿o si?
Y cómo no, “el árbol del amor”, que desde la curva de la Audiencia anuncia cada año la llegada del calor, llenándose de flores exuberantes. Basta, que nos ponemos melosos.
Algunos árboles he plantado, unos están, otros por falta de cuidados ya no. Ciruelos, perales, manzanos, membrillos, guindos. Incluso un laurel y un lilo que me proporcionó alguien no muy lejano a este blog. Un acebo en plantel rescaté de un montón de marras que iban a desechar en el vivero de la vieja carretera de Madrid. El encargado: “eso no vale”, “pierdes el tiempo”, “si eso no se cría ni en Royo Frio, como se va a criar en la puerta de tu casa”, pues ya tiene dos metros de alto, p’a que veas.
Pero tengo la grandísima suerte, que el árbol de mi vida lo tengo en mi casa, y es que también tengo la suerte de vivir en el campo. He visto crecer este árbol desde que era un retallo de unos pocos centímetros, que tuvimos que proteger con unas estaquillas del trajín de las obras, pisadas de perros, y demás avatares, comprobamos que se trataba de un pino, doncel, como los llama mi padre, de los bonicos, de los piñoneros. Hoy es un pino de unos cincuenta centímetros de diámetro, más de uno por cada año que tiene. Si hay algo con lo que tengo que identificar el lugar donde vivo es con este pino. Eligió nacer aquí y yo decidí acompañarle.
Sería un necio si terminara este ladrillo sin compartir estas imágenes que tomé esta misma mañana. Si hay que poner un nombre, sería Esperanza. Esperanza de que podamos ver en este monte arrasado vida nueva cuanto antes. Observar los retallos verdes de las chaparras como brotan en el terreno quemado. Seguro que los más doctos saben que es algo normal, que forma parte de la regeneración propia en estos casos. Para el resto, es una visión optimista, esperanzadora, sin más.
Es una zona que ardió este verano, según cuentan los que allí estuvieron, como la pólvora. Miedo, pánico, es poco lo que sintieron los que se jugaron allí el pellejo. Unos minutos hubieran bastado para que se hubieran visto envueltos en el fuego. Desde la carretera de Minglanilla, llegó a la de Enguídanos y a la de Paracuellos en un santiamén. Salieron como pudieron y dejaron arder a merced del viento. Por suerte, se sujetó."
"Haciéndonos eco de la solicitud del maestro del blog, me animo a compartir estos pensamientos con aquel que se disponga a gastar unos minutos en su lectura.
Lo primero y obligatorio, mi más profundo reconocimiento a su labor divulgadora, salvaguarda de momentos, escenas, episodios, y como no, a su incansable afición de desempolvar recuerdos y vivencias. Aunque a buen seguro, sin la facilidad de verbo a que estamos acostumbrados en los relatos que nos regala, doy un paso al frente, y daré forma al mío.
Canciones, libros, comidas, bebidas, momentos especiales, sucedidos en general, forman parte de nuestras vidas, grabados todos ellos en lo más profundo de nuestra memoria, y por ello, en nuestras vidas. ¿Y arboles? No hay árboles en nuestras vidas, no forman parte de nuestros recuerdos, incluso de nuestro presente? Como no. Ahí van los míos.
La noticia de la muerte del ficus de Murcia, me encogió el corazón, como a cualquier persona. Como las fatales noticias de los incendios que nos han asolado este año. También el hecho que el incendio de Poyatos, “La Muela”, “Sierra Cuenca”, haya pasado sin ningún inculpado. Vamos teniendo suerte de no ser portada de noticiarios, aunque estuvimos cerca este año con el Monsaete. Por los pelos.
Sería fácil abrir el libro de árboles singulares de CLM para elogiarlos. Hubo uno que estuvo a punto de formar parte de él, incluso pasó el casting, si así se puede decir. Una tormenta huracanada lo derribo antes de que estuviese inmortalizado en ese libro. Era un pino magnífico, estaba a pie del camino que va hasta la Fuente de la Tía Perra y el Cerviñuelo desde la pista de saca que baja a Tejadillos. Bastante parecido a ”el candelabro” de los Palancares. Cinco ramas muy verticales desde poca altura del suelo formaban este impresionante pino. No recuerdo bien, si éramos necesarios cuatro o cinco chavales para abarcar lo más recio de su tronco. Azares de la vida. Un día pregunté por él aprovechando un viaje de trabajo a los agentes forestales con los que estábamos citados. Uno de ellos no lo conocía. Cómo lo iba a conocer si no tendría más de veinticinco años. Su acompañante sí. Cómo no, media vida trabajando en esos montes. Fue el que me informó de su rotura, tres ramas de las cinco que tenía. Aprovechando una corta cercana, decidieron talarlo. A buen seguro prefirieron verlo cortado que desmembrado. No lo incluyeron en la guía, porque según los autores, la idea era que ésta sirviese para que los lectores pudiesen visitar los árboles que en ella se recogían. En el recuerdo quedan algunos ratos a pie de aquel pino, tumbados en la cuneta del camino, con las mochilas tiradas, mirando su copa al aroma de algún cigarrillo liado.
El pino “pulpo” es uno de esos raros ejemplares que si no estás debajo de él, pasa inadvertido. Se trata de un pino tan deformado que sus ramas, ocho, por cierto, están totalmente volcadas hacia el suelo. De lejos más bien parece un arbusto gigante. Cuando estas cerca, bien podría ser una cabaña de buen tamaño. Es un árbol anónimo, no lo busquéis en ningún compendio. El que tenga interés en conocerlo tendrá que ir desde Villarejo- Periesteban a Poveda de la Obispalía.
Sin salir del entorno urbano, ¿quién no conoce el cedro de “navidad” del parquecillo de San Esteban? Menos mal que ya no lo adornan con esas bombillas de colores que lo mataban un poco cada año. Otro en el mismo parque, en el extremo opuesto, es una especie única, existen poquísimos como él. Según dicen llegó a nuestra ciudad por un regalo. Mi ignorancia botánica me impide escribir el nombre de la especie, lo dejaremos como el árbol de las verrugas, porque eso es lo que tiene su tronco. No muy lejos de allí, dos tejos flanquean la entrada a los jardines de la Diputación. Y pensar que no hace mucho hubo un burro, un gilipollas de Diputado de turno, que llegó a mandar que los cortaran porque decía el idiota que estorbaban en la entrada al palacio. Menos mal que la idiotez no es contagiosa, ¿o si?
Y cómo no, “el árbol del amor”, que desde la curva de la Audiencia anuncia cada año la llegada del calor, llenándose de flores exuberantes. Basta, que nos ponemos melosos.
Algunos árboles he plantado, unos están, otros por falta de cuidados ya no. Ciruelos, perales, manzanos, membrillos, guindos. Incluso un laurel y un lilo que me proporcionó alguien no muy lejano a este blog. Un acebo en plantel rescaté de un montón de marras que iban a desechar en el vivero de la vieja carretera de Madrid. El encargado: “eso no vale”, “pierdes el tiempo”, “si eso no se cría ni en Royo Frio, como se va a criar en la puerta de tu casa”, pues ya tiene dos metros de alto, p’a que veas.
Pero tengo la grandísima suerte, que el árbol de mi vida lo tengo en mi casa, y es que también tengo la suerte de vivir en el campo. He visto crecer este árbol desde que era un retallo de unos pocos centímetros, que tuvimos que proteger con unas estaquillas del trajín de las obras, pisadas de perros, y demás avatares, comprobamos que se trataba de un pino, doncel, como los llama mi padre, de los bonicos, de los piñoneros. Hoy es un pino de unos cincuenta centímetros de diámetro, más de uno por cada año que tiene. Si hay algo con lo que tengo que identificar el lugar donde vivo es con este pino. Eligió nacer aquí y yo decidí acompañarle.
Sería un necio si terminara este ladrillo sin compartir estas imágenes que tomé esta misma mañana. Si hay que poner un nombre, sería Esperanza. Esperanza de que podamos ver en este monte arrasado vida nueva cuanto antes. Observar los retallos verdes de las chaparras como brotan en el terreno quemado. Seguro que los más doctos saben que es algo normal, que forma parte de la regeneración propia en estos casos. Para el resto, es una visión optimista, esperanzadora, sin más.
Es una zona que ardió este verano, según cuentan los que allí estuvieron, como la pólvora. Miedo, pánico, es poco lo que sintieron los que se jugaron allí el pellejo. Unos minutos hubieran bastado para que se hubieran visto envueltos en el fuego. Desde la carretera de Minglanilla, llegó a la de Enguídanos y a la de Paracuellos en un santiamén. Salieron como pudieron y dejaron arder a merced del viento. Por suerte, se sujetó."
martes, 14 de noviembre de 2017
89.- NUESTROS ÁRBOLES
La estricta sequía, a la que nos somete este supuesto y dañino cambio climático, provocó este verano que un ejemplar de Ficus macrophylla (lo que viene siendo vulgarmente un “ficus”) haya rasgado sus enormes ramas, con la suerte de no causar graves daños para los que en la plaza de Santo Domingo se tomaban su cerveza con marinera.
Viendo las fotos en los periódicos locales y escuchando el dramatismo con el que los ciudadanos ya echaban de menos al emblemático ejemplar yo también me he acordado de aquellos árboles que nos dieron sombra, cobijo y nos acogieron bajo su morada.
Sin ánimo de lastimar, algún ejemplar se sacudió de encima jóvenes con espíritu de Tarzán. Una escayola en el brazo dejó sin fiestas y sin chica al más atrevido.
Muchos olmos se acartonaron en las últimas décadas. Las plazas de los pueblos a las que daban nombre se quedaron sin su titular. El de Tragacete, junto a la iglesia, también tenía un bar en su honor. Uno de sus últimos servicios fue ampararnos tras una etapa del Rally Raid.
Pero si alguna especie abarrota nuestro territorio, ese es el pino. Denostado por los ecologetas, ha cumplido una función protectora fundamental en el ámbito rural. Y no solo a nivel conservador, sino socioeconómico. Muchos pueblos han perdido ingresos y población por el desarrollo industrial y un proteccionismo mal entendido y por ende, peor gestionado.
En los Palancares todavía se mantiene esbelto uno de los pinos candelabro, abuelo, llamado “del sumidero”. Durante mi proyecto fin de carrera, sus más de cuatrocientos años me vieron pasear por sus alrededores cargado con la forcípula, cinta, lápiz y libreta. Casi cuarenta metros de altura y veinte de diámetro de copa. Categoría especial. Curiosas jornadas las que pasé tomando datos con un auxiliar de renombre, mi padre. Tan extraordinario, vetusto y fuerte como él.
El Pino del Osejón sobresale entre sus vecinos. Excepcionales dimensiones que podemos comprobar en un panel informativo colocado a sus pies. Eso sí, las moscas burreras esperan ocultas en las cunetas. Recomiendo cubrirse la piel frente a sus mordeduras.
Y el pino amigo. El que más nos ha acompañado. El que ha crecido junto a nosotros. El que, sigiloso, observaba las trampas del mus y el manoseo a las muchachas. Ahora le han quitado su banco. Su pareja inseparable. La restauración del viejo “Carrero” lo dejó viudo. Aun así, permaneció elegante entre el resto de los de su especie hasta que también fue eliminado.
Los chopos de las Hoces. Las sabinas de Tierra Muerta. Los tilos de la hoz de Beteta. En cualquier foto aparecen ahí, silenciosos junto a nosotros. Todavía están en pie. Otros, sin conocerlos, como las acacias, le pusieron nombre al callejón de la risa.
He plantado más árboles que he cortado. Tengo dos zagales que completan la pareja. Sólo falta que a través de este blog vaya confeccionando un libro, aunque sea de nuestra vida y apenas tenga una docena de lectores.
Viendo las fotos en los periódicos locales y escuchando el dramatismo con el que los ciudadanos ya echaban de menos al emblemático ejemplar yo también me he acordado de aquellos árboles que nos dieron sombra, cobijo y nos acogieron bajo su morada.
Sin ánimo de lastimar, algún ejemplar se sacudió de encima jóvenes con espíritu de Tarzán. Una escayola en el brazo dejó sin fiestas y sin chica al más atrevido.
Muchos olmos se acartonaron en las últimas décadas. Las plazas de los pueblos a las que daban nombre se quedaron sin su titular. El de Tragacete, junto a la iglesia, también tenía un bar en su honor. Uno de sus últimos servicios fue ampararnos tras una etapa del Rally Raid.
Pero si alguna especie abarrota nuestro territorio, ese es el pino. Denostado por los ecologetas, ha cumplido una función protectora fundamental en el ámbito rural. Y no solo a nivel conservador, sino socioeconómico. Muchos pueblos han perdido ingresos y población por el desarrollo industrial y un proteccionismo mal entendido y por ende, peor gestionado.
En los Palancares todavía se mantiene esbelto uno de los pinos candelabro, abuelo, llamado “del sumidero”. Durante mi proyecto fin de carrera, sus más de cuatrocientos años me vieron pasear por sus alrededores cargado con la forcípula, cinta, lápiz y libreta. Casi cuarenta metros de altura y veinte de diámetro de copa. Categoría especial. Curiosas jornadas las que pasé tomando datos con un auxiliar de renombre, mi padre. Tan extraordinario, vetusto y fuerte como él.
El Pino del Osejón sobresale entre sus vecinos. Excepcionales dimensiones que podemos comprobar en un panel informativo colocado a sus pies. Eso sí, las moscas burreras esperan ocultas en las cunetas. Recomiendo cubrirse la piel frente a sus mordeduras.
Y el pino amigo. El que más nos ha acompañado. El que ha crecido junto a nosotros. El que, sigiloso, observaba las trampas del mus y el manoseo a las muchachas. Ahora le han quitado su banco. Su pareja inseparable. La restauración del viejo “Carrero” lo dejó viudo. Aun así, permaneció elegante entre el resto de los de su especie hasta que también fue eliminado.
Los chopos de las Hoces. Las sabinas de Tierra Muerta. Los tilos de la hoz de Beteta. En cualquier foto aparecen ahí, silenciosos junto a nosotros. Todavía están en pie. Otros, sin conocerlos, como las acacias, le pusieron nombre al callejón de la risa.
He plantado más árboles que he cortado. Tengo dos zagales que completan la pareja. Sólo falta que a través de este blog vaya confeccionando un libro, aunque sea de nuestra vida y apenas tenga una docena de lectores.
domingo, 29 de octubre de 2017
88.- " CUANDO LA SUERTE TE ACOMPAÑA"
Comienza el turno de colaboradores.Quisiera que no fuera el primero y último.
Abro este portal para que cualquiera pueda enviarme su opinión, manifiesto, relato o poema, siempre y cuando nos traslade hacia algún momento, olor, lugar o sentimiento.
¡Qué suerte la mía el poder compartir este texto! Os dejo con la experiencia de un grupo de jóvenes en búsqueda de la libertad. Sin redes sociales. Sin memes. Sin ningún programa de televisión que lo retransmitiera. Ellos, el sol y la luna.
He omitido los nombres para no dejar pistas y emplazaos así a la averiguación del autor y acompañantes. Disfrutad.
"Dicen que la suerte hay que buscarla, pero también es caprichosa y aparece cuando menos te lo esperas. En este caso tuvimos mucha suerte.
Aquella madrugada habíamos quedado en el “Carrero”, donde Pablo, previamente había concretado el viaje y nos fue ubicando uno a uno en distintos camiones que salían, creo recordar, a las seis de la madrugada hacia la sierra de Cuenca y nos dejaba en Uña. Hay que reconocer que tuvimos mucha suerte, no conozco a nadie con el don que tiene Pablo para buscar soluciones prácticas como esta, y viajar sin costarnos un duro. Fue in viaje diferente, fuera de lo habitual, pero sin duda muy divertido. Cada quince minutos cogimos cada uno nuestro camión correspondiente, VVVV, XXX, YYYY, ZZZZZ y yo.
La idea era ir desde Uña hasta el “Pozarrón” campo a través. En aquellos tiempos no había rutas señaladas y solo disponíamos de un viejo mapa y una brújula, y os aseguro, que “Indiana Jones” se queda en mantillas, de hecho, tengo que reconocer mi torpeza para la orientación, y aunque la brújula si la entiendo, aquel mapa era un auténtico jeroglífico, un mapa que no se si lo llevó Pablo o Javi, no lo recuerdo bien, pero fue nuestra suerte, nuestra pérdida y nuestro encuentro.
Era Diciembre. Comenzamos subiendo el rincón de Uña quedando encima de la piscifactoría, una subida peliaguda con mochila y ropa de abrigo, vamos, que si por poco llego. En la cumbre recuerdo que desplegamos aquel mapa, que en compañía de unos porros, nos hizo vislumbrar la ruta a seguir. Realmente yo me dejaba guiar, el efecto del hachís me desorientó por completo, incluso hoy día, aún sigo buscando el norte. Recuerdo ir el último andando, pero tuve mucha suerte, siempre me esperaban.
Caminamos y anduvimos, subimos cerros y bajamos montañas, la brújula nos guiaba según el mapa pero nos perdimos. Sinceramente no me pilló de sorpresa, después de varias horas dando vueltas, eso sí, en el recorrido nos encontramos todo tipo de bicho viviente, desde vacas silvestres a caballos salvajes sin dueño alguno, porque no había señales de vida humana por ningún lado, y prosigo, después de pasar por paradisiacos valles, acabamos en una montaña altísima, allí nos llevó el mapa, la oxidada brújula y nuestra intuición, pero tuvimos muchísima suerte aunque nos encontrábamos totalmente perdidos.
La suerte fue encontrarnos un refugio en aquella montaña, al parecer ser de cazadores. La agilidad de uno de nosotros, obviamente no fui yo, hizo colarse por una ventana y abrir el refugio. Allí encontramos cocacolas, parrillas, camping-gas y luming-gas, y allí comimos y descansamos en las literas que estaban ataviadas con mantas de pura lana virgen, que por cierto, uno de nosotros se llevó una de estas magníficas mantas que por su abrigo y peso denotaba su calidad. A este refugio le llamamos el “maná”, fue una salvación encontrarnos aquel refugio después de una jornada ya, de más de seis horas andando. ¡Qué suerte tuvimos!
Pero nuestra meta no era esa, habíamos quedado con El Pepi en el “Pozarrón”, él nos esperaba allí. No teníamos móviles, o mejor dicho, no existían, y hacer señales de humo para decirle a Fernando que nos habíamos perdido fue imposible, como mucho llegamos hacer una O con la calada de un cigarro, las demás letras no nos salían.
Emprendimos la ruta después de descansar en el refugio, por la tarde, y no nos dimos cuenta que en esas fechas a las seis se hace de noche. No llevábamos linternas, pero había una buena luna, así que, tuvimos mucha suerte otra vez. Y seguimos a nuestra brújula según el mapa, y andamos y andamos, y se nos hizo de noche, y el frío empezaba a meterse en los huesos, y el cansancio hacía mella, en fin, que allí estábamos los cinco en mitad de la Sierra sin saber para donde tirar hasta que la suerte volvió aparecer. Estábamos pensando ya en dormir a la intemperie, cuando uno de nosotros dijo:
- Me ha parecido ver una chispa en el cielo. No podemos estar muy lejos del Pozarrón.
Y otro contestó:
- Este paisaje me suena, vamos a seguir un poco más.
Y seguimos a las chispas del cielo, la buena suerte hizo que la magia apareciera porque aquellas chispas salían de la chimenea del Pozarrón. Fernando no hizo señales de humo, hizo un fuego tan grande que nos salvó de dormir al raso estando a pocos metros del refugio. ¡Qué suerte tuvimos!
Enseguida vimos el coche de Fernando y el Pozarrón. Habíamos llegado a la meta. Fernando nos esperaba nervioso, habíamos tardado todo un día en llegar, pero él no se rindió, no se marchó, nos esperó y nos recibió al calor de la lumbre. Pletóricos nos abrazamos como hermanos, lo habíamos conseguido. La suerte estuvo de nuestra parte.
Recuerdo cambiarme de ropa interior y de calcetines. Llevaba una camiseta de “abanderado” que se mojó del sudor y con el frío de la noche podía ser causa de una pulmonía. Los demás también se cambiaron, había sido un día muy largo y queríamos estar cómodos. Después estuvimos alrededor de la lumbre….
Como digo, la suerte hay que buscarla, pero también es caprichosa. La suerte que tengo es esta, la de tener amigos y compartir experiencias. ¡Qué suerte la mía!"
Abro este portal para que cualquiera pueda enviarme su opinión, manifiesto, relato o poema, siempre y cuando nos traslade hacia algún momento, olor, lugar o sentimiento.
¡Qué suerte la mía el poder compartir este texto! Os dejo con la experiencia de un grupo de jóvenes en búsqueda de la libertad. Sin redes sociales. Sin memes. Sin ningún programa de televisión que lo retransmitiera. Ellos, el sol y la luna.
He omitido los nombres para no dejar pistas y emplazaos así a la averiguación del autor y acompañantes. Disfrutad.
"Dicen que la suerte hay que buscarla, pero también es caprichosa y aparece cuando menos te lo esperas. En este caso tuvimos mucha suerte.
Aquella madrugada habíamos quedado en el “Carrero”, donde Pablo, previamente había concretado el viaje y nos fue ubicando uno a uno en distintos camiones que salían, creo recordar, a las seis de la madrugada hacia la sierra de Cuenca y nos dejaba en Uña. Hay que reconocer que tuvimos mucha suerte, no conozco a nadie con el don que tiene Pablo para buscar soluciones prácticas como esta, y viajar sin costarnos un duro. Fue in viaje diferente, fuera de lo habitual, pero sin duda muy divertido. Cada quince minutos cogimos cada uno nuestro camión correspondiente, VVVV, XXX, YYYY, ZZZZZ y yo.
La idea era ir desde Uña hasta el “Pozarrón” campo a través. En aquellos tiempos no había rutas señaladas y solo disponíamos de un viejo mapa y una brújula, y os aseguro, que “Indiana Jones” se queda en mantillas, de hecho, tengo que reconocer mi torpeza para la orientación, y aunque la brújula si la entiendo, aquel mapa era un auténtico jeroglífico, un mapa que no se si lo llevó Pablo o Javi, no lo recuerdo bien, pero fue nuestra suerte, nuestra pérdida y nuestro encuentro.
Era Diciembre. Comenzamos subiendo el rincón de Uña quedando encima de la piscifactoría, una subida peliaguda con mochila y ropa de abrigo, vamos, que si por poco llego. En la cumbre recuerdo que desplegamos aquel mapa, que en compañía de unos porros, nos hizo vislumbrar la ruta a seguir. Realmente yo me dejaba guiar, el efecto del hachís me desorientó por completo, incluso hoy día, aún sigo buscando el norte. Recuerdo ir el último andando, pero tuve mucha suerte, siempre me esperaban.
Caminamos y anduvimos, subimos cerros y bajamos montañas, la brújula nos guiaba según el mapa pero nos perdimos. Sinceramente no me pilló de sorpresa, después de varias horas dando vueltas, eso sí, en el recorrido nos encontramos todo tipo de bicho viviente, desde vacas silvestres a caballos salvajes sin dueño alguno, porque no había señales de vida humana por ningún lado, y prosigo, después de pasar por paradisiacos valles, acabamos en una montaña altísima, allí nos llevó el mapa, la oxidada brújula y nuestra intuición, pero tuvimos muchísima suerte aunque nos encontrábamos totalmente perdidos.
La suerte fue encontrarnos un refugio en aquella montaña, al parecer ser de cazadores. La agilidad de uno de nosotros, obviamente no fui yo, hizo colarse por una ventana y abrir el refugio. Allí encontramos cocacolas, parrillas, camping-gas y luming-gas, y allí comimos y descansamos en las literas que estaban ataviadas con mantas de pura lana virgen, que por cierto, uno de nosotros se llevó una de estas magníficas mantas que por su abrigo y peso denotaba su calidad. A este refugio le llamamos el “maná”, fue una salvación encontrarnos aquel refugio después de una jornada ya, de más de seis horas andando. ¡Qué suerte tuvimos!
Pero nuestra meta no era esa, habíamos quedado con El Pepi en el “Pozarrón”, él nos esperaba allí. No teníamos móviles, o mejor dicho, no existían, y hacer señales de humo para decirle a Fernando que nos habíamos perdido fue imposible, como mucho llegamos hacer una O con la calada de un cigarro, las demás letras no nos salían.
Emprendimos la ruta después de descansar en el refugio, por la tarde, y no nos dimos cuenta que en esas fechas a las seis se hace de noche. No llevábamos linternas, pero había una buena luna, así que, tuvimos mucha suerte otra vez. Y seguimos a nuestra brújula según el mapa, y andamos y andamos, y se nos hizo de noche, y el frío empezaba a meterse en los huesos, y el cansancio hacía mella, en fin, que allí estábamos los cinco en mitad de la Sierra sin saber para donde tirar hasta que la suerte volvió aparecer. Estábamos pensando ya en dormir a la intemperie, cuando uno de nosotros dijo:
- Me ha parecido ver una chispa en el cielo. No podemos estar muy lejos del Pozarrón.
Y otro contestó:
- Este paisaje me suena, vamos a seguir un poco más.
Y seguimos a las chispas del cielo, la buena suerte hizo que la magia apareciera porque aquellas chispas salían de la chimenea del Pozarrón. Fernando no hizo señales de humo, hizo un fuego tan grande que nos salvó de dormir al raso estando a pocos metros del refugio. ¡Qué suerte tuvimos!
Enseguida vimos el coche de Fernando y el Pozarrón. Habíamos llegado a la meta. Fernando nos esperaba nervioso, habíamos tardado todo un día en llegar, pero él no se rindió, no se marchó, nos esperó y nos recibió al calor de la lumbre. Pletóricos nos abrazamos como hermanos, lo habíamos conseguido. La suerte estuvo de nuestra parte.
Recuerdo cambiarme de ropa interior y de calcetines. Llevaba una camiseta de “abanderado” que se mojó del sudor y con el frío de la noche podía ser causa de una pulmonía. Los demás también se cambiaron, había sido un día muy largo y queríamos estar cómodos. Después estuvimos alrededor de la lumbre….
Como digo, la suerte hay que buscarla, pero también es caprichosa. La suerte que tengo es esta, la de tener amigos y compartir experiencias. ¡Qué suerte la mía!"
jueves, 25 de mayo de 2017
87.- LOS PALABROS DEL "POGRESO"
Cuando comencé, en el siglo pasado, la vida profesional a la que me dedico, no dejaba de escuchar conceptos como uso público, o desarrollo sostenible. Anteriormente, en la universidad aparecieron otros, y el pleno apogeo, como conservación y ecología.
Ahora hemos pasado a la era de la “la economía circular”. ¿En que consiste? Pues los eruditos del tema la definen como “la intersección de los aspectos ambientales y económicos” o en un “modelo económico lineal de tomar, hacer, desechar basado en disponer de grandes cantidades de energía y otros recursos baratos y de fácil acceso.”
¿Qué? ¿Pizcuetos os quedáis? Yo también. Estas tendencias seguro que nos obligarán a instalar o gastar parte de nuestros ahorros en elementos que ayuden a esa “intersección”.
Todavía recordamos a los abuelillos solicitando, con tenue voz, “me da botella”. Auténtica máquina de reciclaje del vidrio. Aquellas botellas vacías que difícilmente quedaban abandonadas en las aceras o en lo muros del casco antiguo. Pues sí, existió un tiempo en que el vidrio era “retornable”, que no “reciclable”. Eso se traducía en que “valía pasta” y, ¡ah, machote!, cuando hay money de por medio no existe basura.
Y no solo vidrio. En el barrio cercano a la estación donde yo vivía, formamos unos comandos infantiles para recoger cartones y papel. Realizábamos inspecciones en la cercanías de Ultramarinos Mora (gran proveedor de cajas vacías) y de otros comercios de la zona. Arrancábamos las capas de carteles superpuestos por la cola de las paredes de los que ahora es “Dormitienda y Banco Sabadell”. El objetivo, adquirir camisetas para jugar un torneo de fútbol. Mi primera camiseta deportiva, de rayas negras y amarillas.
Pues sí, “economía circular”. Adquieres cualquier objeto y por pequeño que sea lleva agregado varios envases y envoltorios. Preferentemente de plástico. Un triste snack se convierte en un paquete de residuos. Los botellones generan más restos que un derrumbe urbano. Bajar la basura precisa de un equipo de porteadores que te acompañen.
!Todo sea por el medio ambiente! ( no tengo emoticono que acompañe esta sensación de agotamiento)
Ahora hemos pasado a la era de la “la economía circular”. ¿En que consiste? Pues los eruditos del tema la definen como “la intersección de los aspectos ambientales y económicos” o en un “modelo económico lineal de tomar, hacer, desechar basado en disponer de grandes cantidades de energía y otros recursos baratos y de fácil acceso.”
¿Qué? ¿Pizcuetos os quedáis? Yo también. Estas tendencias seguro que nos obligarán a instalar o gastar parte de nuestros ahorros en elementos que ayuden a esa “intersección”.
Todavía recordamos a los abuelillos solicitando, con tenue voz, “me da botella”. Auténtica máquina de reciclaje del vidrio. Aquellas botellas vacías que difícilmente quedaban abandonadas en las aceras o en lo muros del casco antiguo. Pues sí, existió un tiempo en que el vidrio era “retornable”, que no “reciclable”. Eso se traducía en que “valía pasta” y, ¡ah, machote!, cuando hay money de por medio no existe basura.
Y no solo vidrio. En el barrio cercano a la estación donde yo vivía, formamos unos comandos infantiles para recoger cartones y papel. Realizábamos inspecciones en la cercanías de Ultramarinos Mora (gran proveedor de cajas vacías) y de otros comercios de la zona. Arrancábamos las capas de carteles superpuestos por la cola de las paredes de los que ahora es “Dormitienda y Banco Sabadell”. El objetivo, adquirir camisetas para jugar un torneo de fútbol. Mi primera camiseta deportiva, de rayas negras y amarillas.
Pues sí, “economía circular”. Adquieres cualquier objeto y por pequeño que sea lleva agregado varios envases y envoltorios. Preferentemente de plástico. Un triste snack se convierte en un paquete de residuos. Los botellones generan más restos que un derrumbe urbano. Bajar la basura precisa de un equipo de porteadores que te acompañen.
!Todo sea por el medio ambiente! ( no tengo emoticono que acompañe esta sensación de agotamiento)
sábado, 22 de abril de 2017
86.- HARVACETE
Albacete, “**** y vete”.
Eso es lo que hice yo la primera vez que estuve allí.
Una mañana, tras larga ronda nocturna, viajé hasta la ciudad manchega para matricularme en la universidad. Así lo hice. Pasé por los aseos y me volví a Cuenca. Semanas después me trasladé para vivir durante algunos años.
Vida estudiantil en piso para estudiantes compartido con otros estudiantes. A veces divertido, otras no. Los recuerdos frescos de mi estancia en “El Santa” de Madrid me consumían.
Pero ahí estaban mis amigos de la infancia que me visitaban de vez en cuando. Acompañados o no por sus parejas, visitábamos El Quijote y el Tejares para beber resoli al compás de los Héroes del Silencio o del Último de la Fila. Curiosa combinación y bebercio a precio de saldo.
Puede que esta extraña influencia nos hiciera ver escenas tan pintorescas como cazar patos en un céntrico parque de madrugada o apretarnos en los cochecitos de la feria al son de los “Payasos del tele”.
También descubrí que a algo parecido al morteruelo le llaman ajo matadero y, sin embargo, si quieres ajo arriero tienes que pedir atascaburras. Que las cañas con caracoles en primavera están muy ricas. Disfruté de un histórico partido de ascenso a primera división sentado junto al fallecido Gaspar Rosety viendo a jugadores de la clase de Catali, delfín Geli o Zalazar dirigidos por Benito Floro.
Trasnoché en las fiestas de San Juan y en las de septiembre. ¡Cuanto tiene todavía que aprender Cuenca de su organización! Un comando enviado desde Cuenca en autobús, escoltando al Potasio en su despedida de soltero, se convirtió una de mis últimas batallas en su recinto ferial.
El objetivo se cumplió. Quema de apuntes en la hoguera de San Juan, título a la carpeta curricular, plataforma al mundo laboral y hasta nunca.
Ahora se cumplen 25 años de la hornada que promocionamos en el 92. Las redes sociales nos han unido tras tanto tiempo y en octubre quedaremos para rememorar viejos tiempos.
Eso es lo que hice yo la primera vez que estuve allí.
Una mañana, tras larga ronda nocturna, viajé hasta la ciudad manchega para matricularme en la universidad. Así lo hice. Pasé por los aseos y me volví a Cuenca. Semanas después me trasladé para vivir durante algunos años.
Vida estudiantil en piso para estudiantes compartido con otros estudiantes. A veces divertido, otras no. Los recuerdos frescos de mi estancia en “El Santa” de Madrid me consumían.
Pero ahí estaban mis amigos de la infancia que me visitaban de vez en cuando. Acompañados o no por sus parejas, visitábamos El Quijote y el Tejares para beber resoli al compás de los Héroes del Silencio o del Último de la Fila. Curiosa combinación y bebercio a precio de saldo.
Puede que esta extraña influencia nos hiciera ver escenas tan pintorescas como cazar patos en un céntrico parque de madrugada o apretarnos en los cochecitos de la feria al son de los “Payasos del tele”.
También descubrí que a algo parecido al morteruelo le llaman ajo matadero y, sin embargo, si quieres ajo arriero tienes que pedir atascaburras. Que las cañas con caracoles en primavera están muy ricas. Disfruté de un histórico partido de ascenso a primera división sentado junto al fallecido Gaspar Rosety viendo a jugadores de la clase de Catali, delfín Geli o Zalazar dirigidos por Benito Floro.
Trasnoché en las fiestas de San Juan y en las de septiembre. ¡Cuanto tiene todavía que aprender Cuenca de su organización! Un comando enviado desde Cuenca en autobús, escoltando al Potasio en su despedida de soltero, se convirtió una de mis últimas batallas en su recinto ferial.
El objetivo se cumplió. Quema de apuntes en la hoguera de San Juan, título a la carpeta curricular, plataforma al mundo laboral y hasta nunca.
Ahora se cumplen 25 años de la hornada que promocionamos en el 92. Las redes sociales nos han unido tras tanto tiempo y en octubre quedaremos para rememorar viejos tiempos.
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