viernes, 30 de octubre de 2026

135.- ARTESANOS

Hubo una época en la que el ser humano desconocía el teclado y trabajaba con las manos lo que la tierra le ofrecía. El producto que recogía en el campo se ponía a disposición de la experiencia que los artesanos atesoraban. Alejados del ruido urbano manipulaban el barro, la madera o el mimbre, con esmero, transformando el producto original en utensilios, siluetas u obras de arte. Piezas todas ellas distintas que acumulan paciencia, el oficio y conocimiento de su autor.

Las tardes veraniegas en un pueblo de montaña duraban más que el discurso de un dirigente, y a la vez eran más divertidas y variadas que un programa de telecinco. La calle parecía un parque de atracciones, repleto de arbustos, fuentes, caminos, riachuelos y corrales. En los variados trayectos que conectaban mi casa con las eras podías encontrarte al herrero preparando el calzado para las mulas que guardaban cola en la placeta de su fragua, o al “Diablo” (así lo llamaban) trenzando mimbre para hacer cestos, o a una señora vestida de negro con su mandil gris cardando lana para el colchón. Esos dedos bombeaban sangre al pueblo y ahora, en su ausencia, se consume como el último rescoldo de una hoguera rodeada de cenizas.

De imaginería y bordado en Cuenca tenemos ejemplos varios. Me hubiera encantado coincidir con Marco Perz, pero alguna vez tuve la suerte de disfrutar del alfar de Pedro Mercedes cuando todavía podía deleitarse modelando arcilla. Reservado y modesto nos estuvo enseñando su obra y su hacer. Tiempo después repetí experiencia con Hernansanz, más joven, más inquieto y alumno aventajado del artista conquense. Otro virtuoso del barro que ha tenido la generosidad de compartir parte de su tiempo conmigo es el maestro belenista Griñán. Fantástica persona, al igual que su equipo, creadores de maravillosas figuras navideñas. .

Pero también nos acompañan artesanos entre nuestros amigos, como ese que tras dejar secar y tensar las pieles y colocarlas sobre las cubas templaba los tambores para las Turbas. El mío, después de más de cuarenta años de servicio, todavía retumba el Viernes Santo, aunque poco pasara por taller para unos apaños. ¿Y quién no se acuerda de los “cofrutos” de Valentín?  Aquellos brebajes digestivos macerados a base de guindas, endrinas o moras.  ¿Acaso no requiere destreza y oficio? Ahora, las tardes del Lunes Santo, an’cá “los libreros”, nos proponen degustar distintos manjares preparados con cariño por el resto de los invitados. Algo más sofisticada es la labor del que repara, adecenta o acomoda fuentes de manantiales naturales en recónditos parajes del monte. ¡Con qué ruta tan agradable nos sorprendió hace unos días! También recuerdo cuando de pequeño el “Zorreta” me fabricaba gomeros con las ligas de las bicicletas o confeccionaba un manojo de mosquitos de pesca utilizando pelo de gamo.



En la época que se avecina, dominada por la inteligencia artificial, dudo que una máquina insensible sea capaz de bordar el manto de la Virgen de la Esperanza con el esmero y dedicación de las manos que lo cosieron. ¿Un frío robot amasará harina para fabricar hogaza o rosquillas como las de los panaderos de Almodovar o del Villar? 

Si eso sucediera, haré mis maletas, volveré a la tierra donde nació mi padre y me dedicaré a ordeñar cabras, sembrar patatas, pescar cangrejos y recolectar setas. Juntaré a gente con alma de guerrillero y formaré cuadrillas adiestradas por John Connor. 


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