miércoles, 26 de agosto de 2026

134.- A BAÑARNOS

Si Antonio Mercero hubiera nacido en Sotos o Masegosa quizás hubiera rodado su más famosa serie veraniega por el entorno de alguno de esos pueblos. “Chanquete” sería un “Barbo”, a su barca la llamaría “La Poza” y la banda sonora entonaría “la manga riega que aquí no llega”. Los chavales se acercarían  con sus bicis a bañarse a la Playa (la de Cuenca) o al Chantre. Allí nos encontraría jugando con las familias antes de zamparnos las tortillas de patata que con maestría hacían nuestras madres. Después recogeríamos las sillas de campo, los neumáticos de camión y los subiríamos a la baca del “Seiscientos” para volver a casa.

Creo que esas aguas del Júcar concedieron mis primeros baños en el río. Años después, a golpe de pedal junto a mis amigos, aumenté el campo de actuación hasta los Cortaos de Villalba. Con Valentín de guía (pionero de lo que después se convertiría en “turismo de aventura rural”) atravesábamos las entrañas del “Diablo” hasta llegar a las pozas del río de referencia conquense. Sin neopreno ni cascos de protección saltábamos y buceábamos ajenos a los peligros del entorno.

En los itinerarios de las acampadas hallamos rincones íntimos para refrescarnos la piel. El Escabas, el Guadiela o el Cuervo ofrecían infinidad de posibilidades. A pesar de estar acosados por los tábanos y amenazados por las ortigas desafiábamos a la naturaleza hasta disfrutar de sus aguas. En ocasiones nos topamos con misteriosas criaturas que flotaban descendiendo musitando sonidos relajantes: “guifu, guifu”. Todavía está por confirmar si aún existe ese ser o fue obra de un espejismo provocado por la gélida temperatura del río.




Cuando la explosión hormonal propia de la juventud incitaba a la búsqueda de partes habitualmente ocultas del sexo contrario teníamos que visitar la playeta de Cañamares,  la playa de Cuenca o la piscina de Araque. Allí descubrimos encantos desconocidos que fomentaron la suciedad de nuestros deseos. Oh, la “pelota, lota”. Alguien perdió sus calzoncillos bajo la luna después de una jornada de pintores en el Viñas y otro nos mostró los suyos “primaverales”.

En las piscinas privadas las chicas no se mostraban excesivamente espléndidas, sin embargo los varones saltábamos, hacíamos torres humanas y hasta recogíamos al Soso con una mosquitera.

Con los permisos de conducir en la cartera ampliamos el área de recreo hasta las pocetas de Palomera y el embalse de La Toba. En una de esas escapadas comprobamos la acertada definición que la RAE hace del baño, aplicada a la  acción y efecto de someter el cuerpo o parte de él al influjo intenso o prolongado de un agente …”  y ese “agente”, en este caso, se manifestaba en forma de salsa de mejillones enlatados.

Por tanto, otros baños a los que estuvimos sometidos también fueron de zurra, de vino, incluso, a modo personal, de kétchup, debido a una pesada broma que tuvieron a bien gastarme mis colegas de acampada junto al Guadiela allá por los ochenta. Gracias a ello no puedo probar ese mejunje colorao.

Hemos tratado tan sólo el ambiente fluvial, dejaremos el marítimo para otro capítulo. Allí donde alguien veía “un hombre muerto” en la playa de Torremolinos a altas horas de la madrugada. “¡Vamos a ayudarle!” exclamaba.

Pdta: ya no tengo tanta memoria para recordar algunos pasajes, pero dispongo de una libreta de puntazos que me ayuda poderosamente.

jueves, 18 de junio de 2026

133.- MIS CITAS CON LAS CRIATURAS

Entre todas las historias futuristas que circulan por las bibliotecas, filmotecas y radiotecas dedicadas a universos distópicos, catastróficos o robóticos solamente una le ha concedido el privilegio a un animal para que se convierta en dominador del mundo. Otras criaturas han sembrado el terror, como tiburones o anacondas, hormigas o abejas, pájaros o cocodrilos,…, pero todos lo han hecho momentáneamente. Sólo la saga de los simios ha sido capaz de crear gobiernos, fuerzas de orden, trabajadores y esclavos. ¿Veremos la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia semienterrada en la arena? Nosotros, no.

Los animales no nos han conseguido dominar, pero si sorprender o ilusionar. Entre mi catálogo de salvajes favoritos (descontaremos las mascotas que nos han acompañado) lidera el pódium el inigualable Copito de Nieve. Lo vi la primera vez que pasé por Barcelona y además era el motivo principal de mi visita. Elegante y brusco a la vez, tan pronto te miraba de soslayo por encima del hombro como golpeaba la mampara violentamente. ¿Qué futuro le hubiera deparado en medio de la selva rodeado de colegas más oscuros? Racismo de color a la inversa. Paradojas de la naturaleza.

Otro simio me impresionó en mi etapa estudiantil albaceteña al protagonizar un episodio de secuestro en un colmado del barrio. Tras fugarse del circo que habían instalado cerca de mi casa, el chimpancé se atrincheró en la puerta de un ultramarinos portando un saco de patatas como botín. Tuvieron que cercarlo entre varios policías locales y bomberos que empujaban un contenedor de basura hasta acorralarlo contra la pared. Los manotazos que lanzaba y los golpes que propinó contra la tapa hubieran tumbado al instante al mismísimo Alfredo Evangelista.

Siendo jóvenes y en mitad de la sierra conquense nos presentaron a Sandokán. Un oso pardo poderoso, sultán acompañado de unas pocas hembras y estrella del parque cinegético donde vivía con la encomienda de conservar la especie y repoblar la península. Tenía el privilegio de campar libremente por el Rincón del Buitre, un hosco paraje abarrotado de agua y vegetación. A veces se acercaba a la pasarela de madera que se adentraba tras el cercado cuando le lanzaban barras de pan. Ahora la gestión de este monte ha modificado su objetivo transformándose en un “parque de fauna”, porque no se atreven a llamarlo “safari ibérico”.

Lo exótico de verdad lo vivimos cuando un circo trajo ¡tiburones vivos! Y los tenían en contenedores aparcados en las proximidades del Carrero. ¿Quién había visto un escualo de esos que acojonaban en el cine? Con la curiosidad que atesora la infancia nos acercábamos merodeando sus instalaciones con la esperanza de poderlos observar. Tuvimos que conformarnos con escuchar lo que parecían golpes de sus aletas contra las paredes de los robustos remolques que los transportaban. Aun así, aquella noche dormí con la sensación de haberme cruzado con uno de ellos buceando a veinte pies bajo las aguas del océano.

Sin llegar a ser del todo mascota, ni tampoco cien por cien silvestre, un loro de cola roja se erigió en la estrella de las inmediaciones de las antiguas cocheras de Auto-Res. Enjaulado a la puerta del bar Los Manueles piropeaba a las mozas del lugar, cantaba el himno del Madrid o insultaba al más pintado que por allí pasaba.

Nunca me encontré con Platero, Babieca o Islero, aunque de niño creí ver gamusinos esconderse tras los guillomos, al Sr. Pérez arrastrando algún incisivo bajo mi almohada y escuchar algún urogallo cercano (o un bicho parecido). 

Seguro que recordaréis algunos más. Pero yo a estos los conocí, los tuve delante de mis ojos (incluido el tiburón) y tengo buen recuerdo de ellos. Ninguno atacó, ninguno insultó. Nuestros elegidos en los parlamentos deberían tomar nota antes de que acabemos gobernados por algún colega de Urko.


martes, 14 de abril de 2026

132.- LAS DESMESURAS

Este año entramos de golpe en el pelotón de los sexagenarios. La maza del jamón va menguando y los achaques de salud creciendo. La pose para la foto del Lunes Santo tras la degustación de manjares cuaresmeros es un claro indicativo de que las bisagras comienzan a chirriar, las caderas a pendularse y los estómagos a contraerse. Aparatos digestivos con larga trayectoria y testigos de episodios culinarios legendarios. El abanico de ocasiones a relatar es bastante amplio. Motivos y celebraciones no nos han faltado durante estas décadas, pero he tenido que seleccionar algunos de esos excesos propios de la Grande Bouffe.

Comenzaremos hablando de comida y sin ningún criterio gastronómico. Ajenos a la cocina de autor, a las raciones minimalistas y exquisiteces de paladar. No situamos sobre el escenario de un colegio mayor de la capital del reino en los fantásticos años ochenta. Varias parejas de concursantes se disponen a participar en una de las pruebas previstas en la yincana de la fiesta de primavera. Los participantes, enfrentados y sentados con los ojos vendados, deben ofrecer a su compañero el contenido del plato hasta acabar con todas sus piezas. Yo era uno de los competidores y mi pareja, otro conquense dotado con la mayor capacidad de apertura mandibular conocida en el entorno de toda Castilla (como carta de presentación os adelanto que se tragaba las galletas Fontaneda en modo vertical, en plano, sin romper). Tras el toque de la bocina introduje la mano en el plato y detecté una gran masa de salsa espesa en la que flotaban unas salchichas. Al mismo tiempo que la cogía para dársela a comer a mi compinche, notaba como, simétricamente, el me introducía una de ellas en la boca. El simple contacto de la repugnante salsa roja, esa de habitual acompañamiento de perritos y hamburguesas, me produjo un rechazo producto de un recuerdo anterior (suceso acaecido sobre un saco de dormir en una tienda de campaña que ahora no voy a relatar). Paralizado por el gusto agridulce del condimento le confesé a mi compañero: “Bérgomi, no puedo. Me da un asco que no puedo”. A lo que el valiente, y voluntarioso, colega me contestó: “No pasa nada, dámelas todas a mí. Yo me las como”. Así que sin más espera se zampó, el solico, las diez salchichas pringadas de kétchup y mostaza en menos tiempo que algunos de los contrincantes. Tras despojarnos de la venda que nos cegaba y comprobar que todavía quedaba salsa en el plato, el tío solicitó a la organización “¡un poco de pan para mojar!”.

Difícil elección el de las peripecias protagonizadas por El Grifo. Podría completar varios volúmenes pero tengo que contar una de las escasas ocasiones en las que la digestión venció a la voluntad. Visualicen la imagen final de aquel momento imaginando sus ciento noventaitantos centímetros tirados sobre el asfalto de un aparcamiento del restaurante, con los brazos en cruz, boca arriba, resoplando bajo el asfixiante calor almeriense. El motivo: un chuletón de kilo acompañado de la guarnición, el correspondiente vino y sus entrantes. A su lado, tumbado, otro mocetón. De menor envergadura, aprendiz de galeno e igualmente fatigado por la misma cantidad ingerida.

Y del bebercio. ¡Ay el bebitoque! Premio para ese día en el que, jugando al penúltimo una fría tarde en la plaza de San Nicolás, el Ceri se trincó varias botellas de mezcla compradas en la Sole. Sus rivales no daban crédito al comprobar que, independientemente de la cantidad que quedaba en el envase, su gaznate se bebía todo lo que allí quedaba, haciendo perder la partida al de su izquierda. Y así varias rondas del endemoniado juego.

 

Mi experiencia personal la condenso en el día en el que mi acompañante se quedó tan atónito que tuvo que pagar lo consumido en el bar del Xucar tras perder una apuesta. Volvíamos de jarana en su casa y esperábamos el bus para subir a la Plaza. Un ataque de hambre asaltó mi cuerpo y al ver sobre la barra del bar una fuente llena de croquetas para aperitivo, comenté: “me las comía todas”. Y sí, tras aceptar la apuesta que me ofreció el incauto, desaparecieron varias docenas de croquetas que en el expositor había.

La gula está considerada como un exceso, incluso pecado, pero estos trances de coraje y atrevimiento van más allá de un simple acto de almacenaje alimenticio en el trastero estomacal. La sociedad no contempla que ese factor de acompañamiento aliviaba la penitencia y lo elevaba a la categoría de “puntazo” para engrosar el listado de otros muchos que ya os contaré en otros capítulos de Asturislandia.  

viernes, 9 de enero de 2026

131.- ANATOMÍA DE UNA CAÍDA

     Esta historia trata de tres críos de muy corta edad que salieron del colegio y se entretuvieron jugando por la calle antes de llegar a sus respectivas casas. Un "río místico" a lo conquense. 

    Puede que el calendario marcara enero o febrero porque el ambiente era frío y duro como los inviernos de Cuenca antes de que llegara, subido a los carros de la información, nuestro conocido cambio climático. Sin móviles ni otros dispositivos con los que despistar al tiempo libre, el trío bajó la calle hasta llegar a la “Fuente de colores”, la misma a la que años después sutituyeron por un nazareno metálico que propició el cambio del nombre popular con la que se llamaba a la plaza que la acogía. Me aventuro a confirmar que la temperatura ambiente bajaba de los cero grados, y puede que la sensación térmica lo hiciera descender unos cuantos grados más. Vamos, que los grajos se trasladaban en patines. Ese fue uno de los motivos por los que aquellos muchachuelos se acercaron a la fuente a distraerse.

    Encaramados en el borde de cemento se dedicaron a romper el bloque de hielo que laminaba toda la superficie. Poco a poco iban colocando en los huecos que mostraba el agua semicongelada los barcos de papel que previamente habían construido.  Y de este modo pasaron el rato hasta que uno de ellos se precipitó de cabeza hasta el fondo. Raudo como una trucha se incorporó, salió a la superficie y después saltó a la acera de la calle para caminar lentamente hasta su casa. Por el camino, su abrigo de paño dejaba el rastro del agua que chorreaba por los bajos soltando parte del peso que se había incrementado unos cuantos kilos. Al encuentro apareció su madre, sorprendida, pero para nada alarmada. Lo acompañó hasta el hogar para darle cobijo, calor y un vaso de leche caliente.

    

    Durante años pregunté a mis dos compañeros intentando averiguar cuál de ellos me había empujado. Ambos se llamaban Julio y siempre guardaron silencio encubriéndose el uno al otro. Varios lustros después, siendo ya jovencitos, una sesión de hipnosis amateur desveló el entuerto. En el anteriormente llamado Parque del Carrero nuestro amigo German nos deleitó con una actividad nunca antes experimentada. A uno de los “Julios” no le importó prestarse como voluntario para ser dormido entre el cachondeo de los demás. Aprovechando su estado de ensueño le pregunté quién me lanzó al agua cuando éramos niños, a lo que confesó declarándose autor del hecho.

    Desconozco si su respuesta fue sincera, ficticia, o una mera continuación de aquella farsa. El caso es que, culpable o no, sigue siendo un gran amigo. El más antiguo de todos y al que todavía no le he devuelto la travesura. Quizás ya estemos mayores para eso y sea más sencillo enfriarnos por dentro que por fuera. Esta ola de calor que nos ha acechado en plena Navidad invitaba a ello. Brindemos.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

130.- BARES

Llevamos muchos años tomando cañas. En distintas cantinas, cervecerías o tabernas. En varias ciudades, pueblos o comarcas.

Esas cervezas llevan solapado un apellido que debería ser obligado, “compañía”. A veces de la familia o de compañeros de trabajo y, en la mayoría de las ocasiones, de los amigos. Entre trago y trago, además de expresar nuestras emociones, hemos debatido sobre cualquier disciplina deportiva, insultado o defendido la actividad política, criticado las decisiones vecinales, alabado las canciones que nos gustan y repudiado las películas que nos hicieron dormir. Algunas parejas se forjaron tras la barra, luego vieron crecer a nuestros retoños hasta que asomaron por encima del mostrador.

Pero no hubiera sido posible refrescarnos las gargantas sin la valiosa colaboración de los camareros que nos atendieron. Muchos de ellos conocidos y algunos grandes amigos. No todos gozaban del mismo carácter ni simpatía, pero sí de su disposición. En nuestro recuerdo permanece el que blasfema mientras te entrega el aperitivo o el que se apoya silencioso junto a la nevera, el que te recibe con un “buenos días” como el que te insulta amistosamente, el que comparte el tabaco o el que te mandaba a fumar a la calle, el que te invita alguna ronda o el que te cobra hasta el último céntimo.

Tampoco habría tenido lugar un botellín frío sin su aperitivo, y eso bien que se nota cuando sales de Cuenca. Los destinos de los trayectos entre tascas han sido priorizados por su servicio, la temperatura del producto, lo acogedor que fuera el local y la calidad del pincho. Si os preguntan en qué lugar se encontraba la mejor ensaladilla, la tortilla más jugosa, o cualquier bocado de provecho seguro que aciertas con la decisión.

¡Bares, qué lugares! Tristemente han ido desapareciendo los que frecuentábamos en la época estudiantil. Resistiendo a los avatares de la sociedad y al imperfecto progreso se mantuvieron abiertos más o menos tiempo, pero ya no podremos quedar en El Viñas, El Choco, El Alhambra, El Dulcinea o El Ibérico. Otros como El Zaida, El Amistad, La Churre, El Fidel o La Tinaja carecen del entorno que tanto apreciábamos.

Hace unos días sentí un escalofrío cuando presencié como desocupaban uno de mis bares más queridos. No es de Cuenca, sino de Tragacete. Por desgracia la persona que lo regentaba murió sin avisar, dejando un vacío en el pueblo del que van (o vamos) a tardar en recuperarse, porque sus paredes no solo guardaban botellas con solera, adornos deportivos o calendarios pasados, sino gente. Vecinos que allí se encontraban para charlar, reír o ver la tele. En cualquier momento surgían valiosas tertulias defendidas entre pastores, cazadores, jubilados y el Pater, fusionando conversaciones que trataban de ovejas, del tiempo, de mujeres o de patatas. Y tras la barra, siempre observador y analista, allí estaba Fernando, “El Morci”, esperando a sacudir sus argumentos respaldados de lógicas razones, que bien podían ser políticas, normativas o simplemente intuitivas e inventadas. Enorme de corazón, aunque a los desconocidos le pareciera lo contrario. ¡Qué pena más grande!


Al mismo tiempo que introducían el mobiliario, el grifo de cerveza y el resto de botellas en la furgoneta para su transporte se evaporaban numerosos momentos que ya no se podrán repetir. La Chispa no era cualquier garito. Además de bebida y comida ofrecía un servicio social en plena “Iberia abandonada” del que este pueblo no se repondrá nunca jamás. Las alternativas no han sido capaces de recoger el legado rural que emanaban el respaldo de sus sillas, los posters de setas de sus paredes o el hollín de su estufa. Pero su paso por este mundo nunca se olvidará. Cientos de anécdotas y vivencias lo mantendrán activo en la mente de quienes lo disfrutamos.

 

 

viernes, 10 de octubre de 2025

129.- PREGONEROS

 “Se hace sabeeeerrr, que en la plaza del pueblooooo, se venden melooooones, sandiiiías, pataaaatas,…” y con este soniquete, que era precedido de varios toques de turuta, Policarpo nos informaba de los eventos que se promovían en las calles del pueblo. De pequeño lo escuchaba desde la cama y rápidamente se lo transmitía a mi madre por si tenía la suerte de que me mandara a comprar o simplemente inspeccionar la mercancía. Hace muchos años que murió ese peculiar pregonero y desde entonces se ha sustituido por la megafonía de las furgonetas que tan pronto te compran colchones de lana como te afilan cuchillos. Han ganado en decibelios, pero han perdido ese efecto sorpresa y novedad que afectaba la vida social y económica de los vecinos. Aunque para alta sonoridad la del butanero, que pulsa el claxon con tanto ímpetu que despierta hasta a los más trasnochadores.

No es habitual escucharlos en la ciudad, a excepción de algún comerciante que con su chiflo te avisa de que dispone de un esmeril ambulante capaz de dejarte los utensilios de cocina listos para despellejar un Miura sin dificultad. En la capital donde habito existe la tradición de anunciar los fallecimientos comunicando con precisión los datos de hora, lugar y, lo que es más importante para el oyente, el mote con el que se conocía a difunto.

Las fiestas de San Mateo comienzan tras pronunciar el pregón desde el balcón municipal. En la Plaza, los peñistas vitorean, se cachondean, corean y repiten las consignas que les indique el vocero. Ilustres corredores o maromeros han disfrutado de ese honor, aunque tan sólo recuerdo haber estado presente a comienzos del siglo XXI en el de un conocido paisano y piloto de coches. También estuve in situ en el que ofreció la pareja de Tip en la feria de San Julián, justo la tarde que volvíamos de las intensas fiestas de la Frontera, donde alargamos la estancia varios días. Pero de si de anuncios promulgados tratamos, los de mayor calidad y sentimiento se han emitido bajo la mirada del Ecce-Homo de San Miguel. He asistido a unos cuantos y todos, en algún momento, me han emocionado. Mientras aquellos finalizan con un “viva”, estos concluyen con un “gloria a”. 


Alabo la figura del pregonero anunciador de festejos y acontecimientos. Admito que se le concede una importante responsabilidad y una tensa exposición a la opinión popular. Supongo que no todos emplean el mismo tiempo y esfuerzo en dejar alto el listón, peor para los más abandonados, no podrán disfrutar del cariño de su gente.

Detesto la figura del pregonao. Ese al que nos estamos acostumbrando a escuchar en los medios de comunicación y en el que hemos depositado nuestra confianza para que maneje la administración pública y gobierne las instituciones. Y abomino la figura del palmero que ensalza al mayor de los pregonaos. Ese o esa que no tiene el mínimo rubor en aplaudir sus palabras, carcajear sus gracias o asentir sus estupideces.

Gloria a unos y abucheo a los otros. “De orden del Sr Alcalde, se hace sabeeeer, que al final de esta tarde, él mismo se va a exponeeeeer, a que le insulten, le apedreen o le escupan por su insenstateeeez, su inutilidaaaad y desfachateeeez. …”

viernes, 27 de junio de 2025

128.- MI TELÉEEFONOOOO

 - ¡Digameeee!

-          -  ¿Me se escuchaaaa?

    Y así Gila podría comenzar cualquiera de sus magníficas escenas cómicas que dejaron diálogos grabados en la memoria de muchos. Él usaba el teléfono como herramienta de trabajo. Lo que no sabía es que años después todos la necesitaríamos para lo mismo y otras cosas más ociosas e incluso menos provechosas.

    Todavía mantengo mi aparato fijo en casa. No es de baquelita sino inalámbrico y no dispone de ruleta sino de botones. Sólo recibo llamadas de empresas deseosas de venderme sus productos, pero a veces lo uso con madre al otro lado. Todavía lo conservo como medida preventiva ante emergencias que colapsen la alternativa móvil, pero tras el día del apagón descubrí que tampoco sirve para eso. Puede que con el desarrollo tecnológico demos pasos para atrás. Ya no llama nadie desde Electrodomésticos Colmena para regalar una lavadora si contesto a sus preguntas. ¡Benditas bromas de compañeros que disfrutaban engañando a familiares y amigos! Aunque no todas fueron tan divertidas porque algunas retorcidas mentes ocasionaron un impacto difícil de asimilar al dar por fallecido a una persona querida. Pobre Koala, que lo quisieron enterrar antes de muerto. Si ahora las cuentas de redes sociales abiertas con pseudónimos sirven de coraza para proteger la identidad del impostor,  las cabinas de teléfono hicieron el mismo papel a finales del siglo XX. Durante el exilio estudiantil las necesitamos para contactar con la familia, la novia o el amigo.

    Además de la intuición no quedaba otro remedio que su uso para conseguir la información. Necesitabas una buena colección de monedas para mantener una charla de larga duración. Eso si con suerte habías averiguado dónde se hallaba la más moderna que no te pedía las fichas que aceptaba la ranura y, además, se encontraba libre y la cola formada en la acera no era lo bastante larga para esperar horas hasta utilizarla. Nunca aprendí a engañarlas con el famoso truco del magiclick. Sin embargo las cabinas de la calle te garantizaban la intimidad que no te permitía pasar por los cables de las centralitas. Cuando Lauro anunciaba tu nombre por los altavoces del Colegio Mayor sabías que recibirías alguna noticia. El sistema de contacto era igual que en el pueblo donde las telefonistas conectaban los cables en el orificio correcto antes de indicarte el número de la dependencia donde comenzar a hablar, siempre con cuidado porque se sospechaba que escuchaban la conversación. Se decía que disponían de más información que el cura aunque menos que Koldo o Villarejo.    


    Pese a ofrecer un servicio público durante muchos años fueron retirándolas de las calles españolas. Hasta el año pasado todavía quedaba un ejemplar en Tragacete, ¡un trofeo de esos de 12 puntas! Según me he informado se trataba de un modelo Garza, cerrada, como la de José Luis López Vázquez. Tan parecida a la malvada de la película que nuestro amigo Betis quedó atrapado una noche de verbena hasta que le rescatamos y descubrió que podía salir tirando de la puerta plegable. Deberían haberla indultado y mantenido junto al ayuntamiento como símbolo de esa zona que mencionan como “España vaciada”, aunque más bien convendría llamarla “Tesoros abandonados”.



    Ahora mirad vuestro móvil. Comprobad la hora, si tenéis alguna llamada perdida, algún mensaje de whatsapp o, en el mejor de los casos, os han hecho un bizúm. Si disponéis de cobertura todo funcionará correctamente, por lo contrario imitad a ese extraterrestre que imploraba por su teléfono y … su casa.

viernes, 9 de mayo de 2025

127.- A GUANTAZOS

Hubo una época en la que el boxeo ascendía al pódium de los deportes nacionales junto al fútbol y el ciclismo. En los no tan lejanos tiempos del güenismo sociológico lo suprimieron de las televisiones públicas junto a las corridas de toros con el objetivo de ahogarlo para siempre. Actualmente y, gracias en gran medida al empoderamiento femenino, está volviendo al auge que antaño perdió.

Siendo todavía imberbe acompañé a mi padre a algunas veladas de las que se celebraban en horario nocturno en la plaza de toros y en el polideportivo. Solo el hecho de salir de casa cuando el sol estaba ya oculto tenía un aliciente que no se podía rechazar. Aun siendo bien joven nunca me incomodaron los golpes que se repartían los púgiles. Los observaba con atención mientras escuchaba los comentarios de mi progenitor. Comprendí que podía tratarlos cual una simple técnica deportiva como lo es un revés en el tenis, un tapón en baloncesto o un sprint en atletismo. Apreciaba los crochets imaginando la maza de un superhéroe y no perdía de vista el movimiento de sus pies que demostraba la destreza de los que apuntaban a figura. Sin embargo, no tuve la suerte de estar presente en aquel momento en el que un conocido aficionado descendió de su localidad ovacionado por el público, quien sabe si presa de los efectos del alcohol o ese desparpajo que siempre le ha acompañado.

Eran los tiempos del ocaso de Urtain. De su relevo, Evangelista y del esplendor de Perico Fernández. Mi padre también me hablaba de Legrá, de Carrasco y de Velázquez. Luego vinieron Poli Diaz y Castillejo. Después, la nada. Ahora se encumbra a Tupuria en una variante moderna e incomprensible para mí. Nunca he visto un combate de esta mezcla de boxeo y lucha y dudo que lo haga, quizás tanta añoranza de lo antiguo lo aleje de mis aficiones y no llegará a despertar una expectación como la de Tyson en las madrugadas de finales de los ochenta. La bestia de Brooklyn era capaz de mantener en vela a decenas de estudiantes alojados en ese colegio mayor de Madrid (del que ya os hablé en el capítulo 52 de este diario personal que comparto con vosotros) para ver cuantos asaltos aguantaba su rival. 

Hace pocos días falleció Foreman. Siempre fui un admirador en su retorno a principios de los noventa de su demoledor gancho y, sobre todo, de su especial forma de defenderse a la francesa. Para los entusiastas de este deporte, vale la pena revisar el quinto asalto del combate contra Alí en Kinsasa.

https://youtu.be/55AasOJZzDE?si=K2D8FdWgiISslFz3 

Este legendario deporte estuvo a punto de besar la lona pero le salvó la campana. Las últimas medallas olímpicas pueden relanzarlo definitivamente en nuestro pais. Como os decía al principio, la mujer ha iniciado su repunte ocupando masivamente los gimnasios que imparten esta especialidad. Ocupa algún que otro minuto televisivo y se intenta lanzar al estrellato a fibrosas esforzadas españolas. Puede que todavía tengamos la oportunidad de disfrutar de una de esas veladas que nos robó algún mandatario autoritario, enemigo de la violencia, ávido de pacifismo y que terminó al frente de una importante alianza militar.    

viernes, 31 de enero de 2025

126.- JULIÁN

Parece que se trata del nombre propio típico de los nacidos en Cuenca.  Aunque en realidad no conozco tantos como las probabilidades predicen. Algún pastor metido a empresario de mi pueblo serrano. Un chaval que creció tras la barra de un bar y ofrece una oreja tostailla a los atléticos que se acercan a su local. Un personaje típico de la Cuenca ochentera metido a pinchadiscos en los pubs de moda y en alguna que otra celebración de boda. Un vecino y cliente habitual del bar Zaida. Quizás se haya cruzado alguno más en nuestras vidas, pero insisto, no hay tantos como pareciera.

Así se llama un céntrico parque que, entre sus privadas sombras nocturnas, ha presenciado los inicios sexuales entre jóvenes conquenses o ha sido testigo de los continuos trapicheos de los que con la droga negociaban.  Por contra, también ha servido de lugar de esparcimiento para niños y ancianos que  jugueteban alrededor de sus columpios o charlaban sentados frente al templete musical.  

El paso por la capital de un joven que acabó ejerciendo de obispo tras la llamada de Alfonso VIII inició esta secuela de julianistas. Terminó canonizado y apodado “El Tranquilo”.  Una cualidad que las personan no suelen poseer, y menos en estos tiempos del “todo para ahora mismo”. Envidio el sosiego y paciencia de los que la atesoran. Muy útil para conducir un coche, para jugar al mus o para cocinar. Para participar en una reunión de trabajo, esperar la atención del camarero o moldear una escultura. Tampoco conviene presumir de ella si en exceso se tiene, aunque sería conveniente repartirla a capazos entre nuestros gobernantes.


Así que, tranquilos majetes. Disfrutad de la vida alejándoos del vértigo al que nos quieren arrastrar. Tranquilos majetes, que el mundo va a su ritmo, mucho más lento que la escala que rige la existencia humana. Tranquilo majete, que esta canción ya la escribió los Celtas Cortos hace la friolera de treinta años y parece que no hayamos cambiado mucho desde entonces. Porque en España continuamos con el problema del paro, el campo se va a la mierda y el poder huele a corrupción. Parece que el Amazonas tiene sus días contados y continúa aumentando la polución. Estudiar vale para poco si buscas colocación. Y, ¡gran novedad!, para alquilar una casa tienes que empeñar un riñón. Tranquilo, no te pongas nervioso, tranquilo. Tranquilo majete en tu sillón.

sábado, 5 de octubre de 2024

125.- LA SOCIENECEDAD

¿En qué sociedad vivimos si hay más locales en la calle dedicados a la estética de las uñas que carnicerías?  Así es, al menos donde yo vivo, y así lo he constatado en un largo paseo por las calles de la ciudad. Es más fácil que te pinten margaritas blancas sobre uñas de color azul que comprar unas tiras de panceta. ¡Incluso las de los pies!

Los gurús de la comunicación no paran de alertarnos ante el incipiente apocalipsis que vivirán los jóvenes actuales, sin posibilidades, sin medios económicos, sin hogar y sin trabajo. No es de extrañar, se gastan más en piercings, cortes de pelo, tatuajes, uñas y gimnasio, que en comer. Y si se alimentan es a base de brotes verdes, pienso parecido al que engullen los pájaros y de cosas que crecen en los árboles. ¿Dónde quedaron los bocadillos de mortadela con pepinillos? Surgen más centros de estética, clases de yoga, barberías, clínicas de implantes o prótesis diversas, que ultramarinos. El futuro está envuelto en papel celofán.


Hace unos días estuve inmerso en un caos digital provocado por la caída de telefonía móvil en las fiestas de mi pueblo. A los que veíamos Mazinger Z no nos preocupó mucho, pero los que han cazado Pokemons casi sufren ataques de pánico. No podían pagar la bebida en el bar, no podían atender los videos de tiktok e incluso ¡no podían quedar con sus amigos ni sabían dónde paraban! No conocieron el banco del Carrero.

Mientras en televisión sigan promocionando determinados concursos, en pocos años tendremos más cantantes que fontaneros, más modelos que albañiles, más influencers que mecánicos y más tontos que botellines. Parece que ya nos lo advirtió el Rey Salomón: “stultorum infinitus est numeris”. Si, amigos, el número de necios es infinito.


miércoles, 14 de agosto de 2024

124.- MIS JUEGOS DE OLIMPIA

Hay que esperar cada cuatro años para vivir la intensidad del deporte en todas sus facetas y durante esas tres semanas nos emocionaremos y también maldeciremos tras el error que nos deja sin galardón.

El primer recuerdo que tengo es el de un tío con bigote y siete medallas colgando sobre el pecho. Creo que ahí empecé a sentir el gusanillo de la competición, y de valorar la satisfacción como recompensa del esfuerzo.  

Moscú 1980 fueron mis primeras olimpiadas seguidas por televisión. Gracias a unas retransmisiones a cuenta gotas aplaudí la primera presea entregada a un compatriota, la de Jordi Llopart.

Las noches del verano del 84 las sufrí compaginando los eventos en la costa americana con los estudios pendientes para septiembre. ¡Maldita Potaja! La juventud de entonces y la habitual falta de triunfos nacionales nos hicieron vivir con intensidad cómo nuestro equipo de baloncesto perdía de paliza contra otro que tenía a un universitario llamado Michael Jordan. Veintiocho años después tuvimos la oportunidad de la revancha en Londres, donde a menos de dos minutos perdíamos tan sólo de seis puntos contra los todopoderosos colosos de la NBA.  Abascal desafiaba a Aouita  en 1.500, aunque la gran rivalidad de la época era la de Carl Lewis vs. Ben Johnson (por cierto, habrían sido últimos en la final del otro día en Paris).  

¿Os acordáis de algo destacable de Seúl? ¿Y de Antonio Corgos? Allí aprendimos que un tío dopao puede ganar carreras (¿quién sabe cuántos más lo han hecho?), y que el mito de la velocidad canadiense era una engañifa. Así que brincaremos hasta el gran acontecimiento deportivo celebrado en nuestro país. Elijo el vuelo de la flecha hacia el pebetero y a Fermín Cacho abriendo los brazos en cruz cuando cruzaba la meta como los momentos más emocionantes que presenció Cobi en directo. ¡Cuánto me hubiera gustado estar participando como voluntario y disfrutar de la ceremonia de clausura bailando el “naino naino na”  de Los Manolos junto a Magic Jhonson!

De nuevo a los “iu es ei” en el 1996. Recuerdo un doblete de ciclismo con el oro en manos del gran Induráin, que había dejado su “Espada” en casa para ganar la crono. Urdangarín formaría parte de la familia real tras su medalla de Sídney. Después dimos paso al siglo XXI, que nos traería una buena colección de metales en remo y piragüismo.

Llegaron los juegos de Pekín para enseñarnos que la milenaria ciudad china ya no se llamaba así, sino Beijin. En aquellas tierras orientales corroboraron su palmarés dos ídolos nacionales como Nadal y Lydia Valentín, pero también deslumbraron otros dos campeones del deporte mundial, los hombres más rápidos sobre agua y tierra:  Phelps y Usain Bolt.

Con Mireia descubrimos que no sólo los nadadores españoles afincados en suelo americano sabían nadar y que algunas raquetas distintas a las del tenis nos darían muchas alegrías y alguna que otra desdicha. Pocas veces me he emocionado tanto como cuando Carolina Marín lloraba de rodillas sobre la pista tras una desgraciada lesión.  

Pero el tiempo no sólo cuenta para los deportistas, también ha retirado a comentaristas cuyas voces se mantendrán en nuestra memoria. Las más recientes, las de María Escario y Paloma del Río y las de otras más legendarias como las de Gregorio Parra en atletismo, Héctor Quiroga y Trecet en baloncesto o Luis Miguel López en balonmano.


Acaban de terminar los JJOO de París 2024. Han sido la antesala de la despedida de Nadal, de Rudy y de Carolina. Desgraciadamente también han servido de escaparate para los “haters” (esas  personas amargadas y sin amigos) que disfrutan de la derrota del compatriota porque no comparten sus ideales. Y quién sabe si se abre una nueva vía de competición para los que sienten una preferencia sexual más propia de los programas televisivos de primeras citas. Ni Kratochvílova habría imaginado nada igual. 

Nunca sabremos si, con más dedicación, Nacho y Barambio hubieran disputado alguna carrera a Sebastian Coe. O si Jose Mi habría conseguido un doble mortal y medio carpado desde el trampolín de tres metros en una reñida final contra los chinos. Imaginad al Skipy de abanderado encabezando la delegación española acompañado de Lidio y el Buendi. Disfrutad de Vergaz preparando el balón perfecto para que Palomares remate a la esquina en el último set, de un pabellón volcado con el Koala tras pararle un contrataque a Balic.  ¿Y si Valentín le taponara un triple de Kurtinaitis a falta de dos segundos? Soñad.

sábado, 29 de junio de 2024

123.- MITOS ECOLÓGICOS

 “Las ciudades eran zoológicos humanos; esos lugares donde sólo vivían quienes no tenían acceso a un lugar más salubre: los pueblos”. Así comienza una columna de opinión de una amiga mía que se inventó el acertado concepto de “urleto”.

He llegado a un punto de hartazgo informativo acerca del apocalipsis medioambiental que nos acecha que me empuja cada vez más hacia el odio acérrimo a los urletos. Frecuentemente tengo que defender mi postura “negacionista” frente a los mensajes catastrofistas y, creo, que intencionadamente equivocados al que nos someten diariamente. ¿Os acordáis del agujero de ozono? Alguien lo ha debido zurcir.

En mi época universitaria, hace ya tres decenios, nuestro profesor de ecología nos hablaba del daño de desparramar jabones y detergentes en el agua, de los efectos nocivos de los pesticidas, de la inminente desertificación del sureste español, de los espeluznantes resultados de la lluvia ácida  y de la esquilmación de los pozos petrolíferos. Cierto o no, cada vez producimos más residuos, cultivamos más y extraemos más petróleo. Nosotros seguimos aquí, buscando energías alternativas que nos venden como “limpias”, consumiendo alimentos que saben más a plástico que a huerta, viajando en vacaciones a los lugares con menos agua disponible y derrochando combustible a destajo en vuelos baratos. ¿Por qué actuamos así? Será porque no nos han avisado lo suficiente, porque no nos interesa mucho el mensaje, o porque en realidad intentamos vivir lo mejor posible sin importarnos demasiado los daños ocasionados sobre nuestra madre Tierra. Las ciudades nos han vuelto débiles como especie, ya lo decía una de las primeras Dutton en su trayecto colonizador, la misma que también afirmaba que “no importa cuánto la amemos, la Tierra nunca nos amará a nosotros”.

Pensareis que efectivamente soy un negacionista radical que ha perdido la razón. No tanto. Por supuesto que creo que contribuimos a contaminar las aguas, los suelos y la atmósfera y que sobreexplotamos los recursos. Lo que no admito es que venga a recordármelo quien ha visto una oveja por televisión y no distingue un pino de un cerezo, pero tiene una cátedra ambientalista basada en estudios condicionados por un resultado deseado.

¿Recordáis qué paisaje presentaba el Cerro Socorro en nuestra infancia? Hay fotos que os lo revelarán. Pues si, por entonces se escuchaba la famosa frase de la ardilla con mochila que cruzaba la península sin bajarse de los árboles. Dudo que hayáis recibido información de que en estos momentos tenemos más superficie forestal que hace décadas. No hay ningún medio de comunicación que se alegre por ello. Sin embargo sí que nos recuerdan todos los veranos la proliferación de incendios forestales que asolan los montes de nuestro país y los de otros, porque a falta de noticias en el nuestro tenemos que emitir imágenes de otras zonas que se llevan quemado desde hace miles de años. Yo me dedico, entre otras facetas, a proporcionar medios y técnicas eficientes para evitarlos y apagarlos. Oigo o leo opiniones y teorías que van desde la desafortunada política de reforestación con coníferas en época de dictadura o de la especulación urbanística, a la nefasta normativa aplicada por el partido contrario al que uno vota. He llegado a ver la portada de un periódico regional en el que un alto cargo político afirmaba que “la lechuga era más ecológica que los pinos” Puede que necesitamos más besos de Rubiales que distraigan la atención del poblacho.

Imagino que a estas alturas del relato ya sabéis como llama mi amiga Marta a esas personas urbanas que se desplazan a las zonas rurales llevando un atuendo que consideran adecuado, no entienden el lenguaje rural ni el mensaje que les envía el monte.

El accidente de Chernóbil supuso el fin de la energía nuclear, pero no para todos los países. A nadie le gustaría morir devorado por un minúsculo átomo radiactivo pero cogemos el coche todos los días. Por eso estamos empotrando molinos en las colinas y montañas. También  repartimos placas solares donde antes había plantaciones agrícolas o simples matas que daban cobijo a esos animalicos que tanto defienden algunas plataformas vociferantes. Hace unos días sobrevolé una zona de mi tierra de adopción y quedé atónito al comprobar las hectáreas y hectáreas plagadas de huertos solares. No necesitan herbicidas ni pesticidas pero os aseguro que no veo crecer nada a su alrededor.




Por más que se repita la duda sobre qué mundo van a heredar nuestros hijos, yo le he dado la vuelta a la pregunta: ¿alguien cambiaría la época en la que ha tocado vivir por otra anterior?   Afortunadamente el planeta en el que vivimos es infinitamente más resistente de lo que creemos y, por supuesto, que nosotros mismos. Por eso de vez en cuando nos avisa con sus tres armas principales: agua, viento y fuego. Vuelvo a citar a mi Dutton rubia favorita (y no es Beth): “me dije a mi misma que cuando estuviese ante Dios lo primero que le preguntaría sería: ¿por qué crear un mundo tan maravilloso y llenarlo de monstruos? ¿Para qué sirve un tornado? Y entonces caí: Él no lo creó para nosotros.

domingo, 8 de octubre de 2023

122.- EL SUCESOR DE NARANJITO

Año 2030. Rueda el balón. Todavía no sabemos sobre el césped de qué campo ni con qué mascota animando en la grada. Quizás una “Olivita” (por eso de la igualdad de género), con o sin anchoa (por aquello de la diversidad).

Ya no se interpretará como un espectáculo en el que veintidós tíos en calzoncillos le dan patadas a un balón. Por entonces será considerado un deporte superchulo en el que las chicas de la “roja”, muy féminas, consiguieron el campeonato del mundo y habrá que respetarlas, porque ellas golpean el balón con una delicadeza tal que no puede considerase patada y además no juegan en bragas.

Ironía o certeza. Depende de quien lo interprete o el sexo que lo lea. Lo cierto es que cuando Naranjito intentaba ser un escaparte mundial en un país en reconstrucción, en plena transición, con la movida madrileña en ebullición, con una manojo de libertades en la calle, el fútbol era sólo de hombres y para hombres, tedioso y odioso para el sexo opuesto, al que calificaban con el de los “22 en calzoncillos”. Yo recuerdo aquel mundial como el de una selección de Brasil que me dejaba boquiabierto cuando Sócrates acunaba el balón, Zico lo acariciaba o Eder lo golpeaba. Esa misma que fue eliminada por la campeona, la que en su partido contra Argentina le hizo más de veinte faltas a Maradona  y ¡sólo recibieron dos tarjetas amarillas!


Por entonces nadie se preocupaba de lo que nos apretaban los pantalones, de si nuestra tierna piel aguantaría los roces con la arena o la piedra de los campos donde jugábamos, de si el agua salía a la temperatura adecuada para quitarnos el barro, de si los vestuarios disponían de asientos, taquillas y espacio para todos. ¿Necesitábamos una escena subida de tono captada por el fotógrafo del diario local para conseguir subsanar esas deficiencias? 

Ahora se reparte el porcentaje de sexo en las gradas. El trío arbitral está compuesto por un equipo mixto de personas. Hay comentaristas femeninas detrás de los micrófonos o a pie de campo entrevistando jugadores (qué tiempos los de Mª Carmen Izquierdo como pionera). Pero todavía tenemos que estar escuchando lo machista que es este deporte. Hace poco se ha celebrado un mundial en un país que no respeta a las mujeres, pero dispone del dinero suficiente para comprar toda el agua del mundo. ¿Poderoso don dinero que acalla las bocas con pintalabios?

Esperemos que dentro de siete años, cuando salten al campo Pedri, Veiga, Sancet y demás seleccionados, tengan mejor destino que cuando Arconada, Camacho o Satrústegui sólo ganaron un partido de los cinco que jugaron. Eso sí, con los calzones bien ajustados, la camiseta por dentro y las  medias con las franjas rojigualdas.

domingo, 16 de julio de 2023

121.- MARCIANITOS

Quien llevaba en el bolsillo una moneda de cinco duros tenía asegurado el disfrute de unos minutos de ocio emocionantes, que, con suerte y algo de habilidad, podían convertirse en horas. Conforme caía la moneda por la ranura comenzaba a iluminarse la pantalla y a escucharse los sonidos inconfundibles de la Pinboll. “Bronco” era mi preferida. Colocada en una esquina del primigenio bar La Amistad me sedujo antes que cualquier jovencita. Cierto es que nunca se me dio demasiado bien. Para mejorar mi destreza tenía de maestros a dos hermanos rubios hábiles con los mandos y el uso del golpeo lateral. Tan sutiles que no provocaban falta y, por consiguiente, el bloqueo de la partida. 




El desaparecido bar Alaska y el Tonibel también ofertaban máquinas atractivas que provocaban la parada obligada en el itinerario desde el instituto. Tras mudarse a la zona del Zaida, el renovado Amistad se instaló junto a los recreativos que incorporaron las primeras máquinas de marcianitos, "El Carrusel". ¡Qué difícil era superar el record! Pero ahí llegaba Nacho y lo conseguía. La máquina de Alien atraía a la chavalería alrededor de tan prodigiosos jugadores. 

El Comecocos supuso una nueva revolución. La simpleza de la dinámica del juego se complicaba en la pericia para su resolución motivada por el incremento de la velocidad en las persecuciones. Ahí el Pepi era un maestro, el azote de los fantasmitos de colores del Fedi. 




Luego vinieron juegos similares instalados en nuestros propios móviles. Gratuitos y sin tener que desplazarte al local donde encontrar a los amigos. Primero “La serpiente” y luego el Tetris nos tenían ocupados mirando la pantalla. 

En fin, que la juventud ha pasado de estar apoyada calentado esquinas de las mesas de billar del Sastre observando carambolas imposibles a buscar experiencias de riesgo al aire libre, lanzándose en tirolina para cruzar la hoz del Huecar o subir la adrenalina en futuros espacios denominados como un toro del color del césped. Eso sí, reduciendo el tiempo de disfrute y multiplicando la inversión en miles de pesetas.

domingo, 23 de abril de 2023

120.- ABRÁZAME

Quiero hablaros de emociones. Pero no de todas. Puede que en otro momento recordemos situaciones que nos causaron miedo, asco o sorpresa y quizás, en otras, la ira a o la frustración se apoderaran de nosotros.

Sin embargo términos tan opuestos como alegría y tristeza logran manifestarse del mismo modo y éste no es otro que con la lágrima. Día tras día buscamos la primera y en ocasiones nos sacude la segunda. Ayer mismo noté como me palpitaba el pecho a la vez que se contraía la laringe empujándola hacia arriba, originando el conocido nudo en la garganta, e inmediatamente se me humedecieron los ojos. Una madre recogiendo en brazos a su hijo con el que cruzar la meta tras finalizar un recorrido rompepiernas fue el motivo. Su hazaña no se registrará en los libros de records, pues realizó los cincuenta kilómetros en un tiempo de doce horas, pero la ilusión con la que llegaba, agotada pero pletórica, derrochaba inmensa alegría en un cuerpo nada atlético y fuera de cualquier estándar de belleza actual. Frente a mi descubrí que no era el único que sentía esa impresión. El resto de público también permanecía de pie emocionado. Minutos antes ya había rebasado la línea un grupo de gente que, relevándose, habían conseguido llegar empujando varios carritos que portaban personas a las que la naturaleza no les trató como a los demás. Se abrazaron entre ellos y gritaban y aplaudían de júbilo. La corredora anterior solo tenía a su hijo a quien apretar contra su pecho. Hubiera saltado la valla para ofrecerle un achuchón.

Se trata de una manifestación humana de gran calibre, sobre todo en estos tiempos en los que cualquier gesto absurdo y “viral” se convierte en referente para un amplio grupo de seguidores incapaces de encontrar el sentido de la vida, el compañerismo, la amistad y la familia. ¿No es así, “bro”? 

Personalmente me causa gran placer observar un paso de semana santa al compás de una marcha procesional por el casco viejo de mi ciudad, abrazarme a un amigo para celebrar un gol o un triunfo de mi equipo favorito, o escuchar cómo el viento se desplaza entre las hojas de los majuelos en un paseo junto al río. Supongo que a mis amigos les pasará cuando alcancen la cima de un pico montañoso, o cuando el público les aplauda desde su butaca al finalizar la actuación, o cuando comprueben que sus hijos han conseguido los desafíos anhelados, o tal vez cuando su mascota se les acerque en señal de ternura. 




Afortunadamente el número de ocasiones con las que he vibrado de ese modo han sido superiores a las que el llanto ha surgido por todo lo contrario. El sofoco provocado por una mala noticia es incluso muy superior al registrado en el momento de la alegría. Todos sabemos de lo que hablo. Lo hemos sufrido, y en ocasiones, juntos. Y aunque ese dolor y tristeza nos abata, hemos podido sobrellevarlo gracias a un abrazo, un beso o una mirada. 

Tenemos que abrazarnos más. Conseguiremos liberar tensiones y mejorar el estado de los que nos rodean.

lunes, 20 de febrero de 2023

119.- ME GUSTA EL CINE. ESTOS CINES, NO

Me gusta. Lo disfruto mucho cuando es bueno, y lo soporto cuando lo es menos. Pocas películas, auténticos pestiños, hicieron salirme de una sala de cine. No se me olvida “La esfinge”.

Ya en el capítulo 66 de éste blog hablaba algo de ello (https://asturislandia.blogspot.com/2015/04/66-mis-cines.html?m=0) pero hoy tocaremos otra visión de este tema.

El salón de mi casa ha venido a sustituir a la “industria del sacacuartos”, a esos locales que destinan más metros cuadrados a la barra del bar que a las butacas. Un espacio donde se reúnen los clientes para acaparar cartones con palomitas, bolsas de patatas e inmensos recipientes que albergan refresco y para los que se necesita una pajita kilométrica si quieres beber hasta el fondo. 

La gala de los Goya es el escaparate del cine español. De parte de él. Cierto es que, tras pasar por las comedias de Ozores y las incontables historias basadas en un bando de la desdichada Guerra Civil, hemos conseguido crear buenas películas. Y allí, en mi casa, las disfruto sin dejarles ni un solo leuro en sus arcas. Por mucho que insistan en ir al cine no iré hasta que prohíban entrar con comida a la sala, o las limiten a la emisión de una película de la saga Marvel.

¿Qué en nuestros tiempos también se consumía regaliz o caramelos Sugus? Puede ser, incluso bollería comprada en la pastelería cercana, pero no generaba el molesto ruido de las bolsas de snacks o las uñas rascando el fondo de las palomitas. Pero ante todo, una cuestión básica y diferencial: no teníamos un móvil en la mano, deslumbrando a los de la fila de atrás y generando un sonido cada vez que algún estúpido escribe y recibe un mensaje.




De vez en cuando visito la Filmoteca Regional. Menos de lo que quisiera. Además de ofrecer una cartelera atractiva en cualquier época del año, dispone de una sala grande como las de antes. La oportunidad de ver películas que visioné en la tele con actores ya fallecidos es más que motivo suficiente. Días previos a Semana Santa asistí para ver “Jesucristo Superstar”. Con un público de amplio rango de edad, callado y expectante, hasta que uno de mi fila se levantó a bailar mientras cantaba Herodes. Seguro que nuestro amigo LuisCar hubiera hecho lo mismo. Está compuesta y filmada para él. Os dejo la escena por aquí (https://youtu.be/NEmScsUkbo4).

He consultado sus próximas proyecciones. Imagino que alguna os sonará: “Pánico en el Transiberiano”, “El Crack”, “El Sueño Eterno” y … “Holocausto Canibal”. Al menos uno de los Alegría volvería a pagar por verla.


En fin, que echo de menos ir al cine. Pero no a estos. Lo único que han mejorado, y mucho, son las butacas. Hemos pasado de cambiar de posición para aligerar posaderas, a repachingarnos y estirar las piernas sin tener que empinarnos para esquivar la almendra del de alante. 


domingo, 8 de enero de 2023

118. GESTOS DE CARTÓN PIEDRA


¿Qué día internacional toca hoy? Este mes se celebran, entre otros, el del "agradecimiento", el de "la lucha contra la depresión" y el de "las cerezas cubiertas de chocolate". ¿Sorprendidos? Pues todavía nos quedan el de "besar a un pelirrojo" o el de "la ardilla". 

Cualquier motivo es bueno para diseñar un lazo de color, preparar un gesto, o corear un eslogan. Siempre existirá alguien, repanchingado en el sillón de la república de su propia casa que piense, y luego escriba: “Pulgares si, meñiques no”.  Días después, en otro rincón del planeta, otro ciudadano (o ciudadana), hará lo mismo: “Menos curvas y más rectas”.

Se han banalizado tanto los problemas que cualquier nimiedad debe parecer importante. Atónito estoy ante la avalancha de estúpidos que vierten adhesivo en sus manos para pegarse a una obra de arte. El motivo, un grado centígrado más en el planeta.

La plaga reivindicachorra llega hasta la participación de los actores en sus galas de premiados, la celebración de un gol, la inauguración de la feria del libro o la  coronación de un ochomil.  Nadie escapa al virus. Todo se resuelve con una batucada o un desnudo integral. Con un corte de pelo o una figura creada con las manos. Es necesario editar un catálogo de símbolos para que la gente pueda interpretar correctamente la demanda a la que se refieren para así poder postularnos en el camino adecuado.

Es evidente que no por repetir tanto una frase se consigue solucionar el objeto de la misma. Recordemos las campañas  “OTAN no”, “Drogas NO”, “Nucleares no” o “NO a la guerra” y después atendamos los diez primeros minutos del telediario. También comprobaremos que se ha sustituido el uranio por las granjas porcinas, las drogas por lo no vegetal y las armas por el gasoil.  


El analfabetismo vale mil veces más que la censura. Todo el arte de los escritores radicales se estrella contra el hombre del campo, hombre sano de cuerpo y de inteligencia, que no sabe leer ni lo necesita para trabajar las tierras de su señor y para darles el voto a los candidatos del orden.” Hace más de cien años que Julio Camba hizo esta reflexión y que yo, rana viajera en el siglo XXI, he comprobado en mis retiros al pueblo y reafirmo cada día.

¡Paremos ya esta fábrica de “gestos” insulsos!  No nos mires, únete. ¡Sí se puede!

 

viernes, 12 de agosto de 2022

117.- KIT ACAMPADAS

Desde hace años se ha incrementado la pasión por conocer la naturaleza y tras el maldito confinamiento provocado por la pandemia, más todavía.

Mucho urbanita ha descubierto que existen ríos limpios, paisajes como los fondos de pantalla de su PC, animales silvestres que no necesitan protección, sonidos melódicos no extridentes además de olores frescos y aromáticos. Nosotros convivíamos con todo ello, sin valorarlo como lo merecía. 

Bajo cualquier inclemencia meteorológica nos trasladábamos como podíamos hasta el monte. A dedo, en coches "prestados" o en la furgoneta que nos dejaba en las Majadas. De ahí caminábamos por asfaltos parcheados sin pintar, o por caminos de zahorra decorados por restos que el ganado depositaban a su paso. Sobre nuestras espaldas cargábamos mochilas repletas de enseres y productos nada seleccionados. Nuestros cuerpos cubiertos de ropa y atuendos de lo más variopinto.

He intentado resumir, en un primera entrega, unos cuadros comparativos estos elementos que nos acompañaban en aquellas jornadas bajo las estrellas. 


Seguiremos en otro capítulo con accesorios menores, comidas o bebidas. Admito sugerencias.


sábado, 23 de julio de 2022

116.- NIÑOS DEL FUTURO

 

En la piscina, un niño se acerca corriendo hacia el socorrista levantando los brazos. Tendrá cinco o seis años. Como era de esperar, llama su atención y la de los bañistas cercanos. Al ponerse a su lado le dice sofocado: “¡socorrista, socorrista, hay un niño comiendo!”. Una leve sonrisa acompañada de un leve movimiento de cabeza le sirve de respuesta al del bañador rojo. A continuación, el chiquillo señala en dirección a unos setos que hay tras unas hamacas vacías. Un par de segundos después asoma la cabeza de un niño de la misma edad, de raza negra, con gafas de pasta azules y unos rizos imposibles, chupando una piruleta. Mientras tanto, el delator grita “ahí, ahí”. El infractor, sorprendido y descubierto, contesta: “me la ha dado él”.
Han pasado varios días y todavía me río recordando la escena. Tres actores en juego con tres personalidades distintas. La experiencia frente a la inocencia. La picardía contra la vergüenza. La verdad contra la mentira. 

Es lo que la vivimos día a día. El chaval acusador se amparaba en la norma, en ese cartel colocado junto a las duchas que dice “prohibido comer y beber en el recinto”. Lo que él escondía era su complicidad en el acto. Tras ser desenmascarado por su compañero y amigo (y quizás, rival tras su traición) fue absuelto por el juez de la piscina, con lo que volvieron a jugar como si no hubiera ocurrido nada. 

Cuando la piscina es la escena política, un rascacielos empresarial, o un plató de televisión, podremos identificar a estos personajes con nombres y apellidos. 



La anécdota es divertida, además de cierta, pero durante días pienso si ese niño se afiliará a unas jóvenes generaciones de algún partido y marcará el devenir de nuestra jubilación. Camino lleva. Valores políticos no le faltan, pero espero que al menos le dé por ser programador de sistemas operativos. 

Y sí, el chico era negro, como podía haber sido rubio o con pecas. Y llevaba gafas, como podría haber lucido algún pendiente. Y además era niño, aunque podría haber sido niña o niñe.

jueves, 19 de mayo de 2022

115 - TE

Algunas tardes de verano nos acercábamos desde el pueblo hasta las fuentes más próximas a merendar. Mi padre conocía bien el terreno, y antes de comernos la tortilla y los bocadillos de jamón buscábamos té en las zonas húmedas o entre las rocas. Té de río, de menta y de risca. Ya no queda tanto como había por entonces. Y no será porque la gente se lo lleva, porque la mayoría ni lo conoce.





Pero no os voy a hablar de ese “té”, sino de la “te” como letra del alfabeto. “T” de test, de tuit o de titular. En un mensaje de móvil recibí esta información: “el castellano tiene casi trescientas mil palabras. El Quijote contiene más de veintidós mil. Un profesional español utiliza unas tres mil. Los jóvenes del siglo XXI se comunican con apenas trescientas y, eso sí, con otros treinta emoticonos”. Hace bien poco lo pude comprobar cuando mi hija se mofó de mí porque escribía con palabras completas y colocaba el punto y final al terminar mis frases en guasap. 

Test. Quién sabe si estos formularios, tan celebrados en exámenes pioneros de nuestra época, mermaron nuestra capacidad de expresión. Las contestaciones escuetas o aleatorias nos podían catapultar a otro nivel de escolarización. De este modo comenzábamos a modificar nuestras técnicas de estudio y esquematizar los contenidos a asimilar. El Sumerio era muy aficionado a esos guiones-esquemas. 

Titular. El arte de concentrar una noticia se plasma en una sola frase o palabra para que llame nuestra atención, y no es sencillo de conseguir. Lo que antes usaban los periodistas ahora lo fomenta cualquier persona pública, pero ya en esta fase asumimos que los comentarios de texto han decaído tanto como el hábitat del té de río. Una receta de fabada asturiana me cayó en la selectividad como comentario de texto para analizar y desarrollar. Ahora se podría contestar: “Lo siento, no puedo. Soy vegetariano”. Y aquí avanzamos un escalón más hacia los mensajes polémicos en redes sociales. 

Tweet = tuit. Parece paradójico que un texto se rija mediante cifras. La limitación de caracteres, osea, el conteo de letras, es el criterio para poder expresar una idea, argumento o defensa. Este campo de batalla lo tenemos perdido frente a los jóvenes. Ellos están más preparados para contestar, insultar y desprestigiar al oponente. Incluso los políticos buscan ese ansiado titular mediante frases tweet. Cantamañanas que buscan notoriedad poniendo en práctica su falta de educación son los, además, los más conocidos. No imagino a Fraga tuiteando. Es más, tendría imposible finalizar su exposición en tan solo un centenar de letras. Vamos, ni a Coronardi tampoco.




Platero es feo y débil como yo”. Así empezaba mi compañero de pupitre el comentario de texto que nos mandó como tarea nuestra profesora de literatura, tía de un conocido llamado Pitiu. Podría resultar un tuit perfecto, pero era el comienzo del desarrollo que “Triaquis” había decidido utilizar para dar su opinión sobre la vida y muerte del pollino del afamado escritor. 
Sí. Yo sé que, a la caída de la tarde, cuando, entre las oropéndolas y los azahares, llego, lento y pensativo, por el naranjal solitario, al pino que arrulla tu muerte, tú, Platero, feliz en tu prado de rosas eternas, me verás detenerme ante los lirios amarillos que ha brotado tu descompuesto corazón.” Trescientos dos caracteres. Las restrictivas normas de la aplicación del pajarito azul no nos dejarían disfrutar de este fragmento tan bello con la que finaliza el libro. 

Pdta: os dejo un enlace para ampliar información acerca de nuestro té: https://www.purasierra.com