lunes, 4 de mayo de 2020

102.- EL TRANSISTOR

Cincuenta y pico días de confinamiento. Nunca pensé que tendría un salvoconducto personal para viajar. Me he sentido como un espía de la Alemania oriental tras el telón de acero.

También he descubierto las opciones culinarias que ofrece el horno de mi cocina, los beneficios sociales de los operadores telefónicos, la congoja que se acumula al ver pasar una primavera sin Semana Santa, la tristeza que invade los rostros de los compradores mientras guardan cola para pasar por caja, y lo largo que se hace un fin de semana sin fútbol.

Pero también me he reencontrado con la magia de la radio, una compañera ejemplar a cualquier hora del día. Alsina la homenajeó hace unos días y me hizo recordar mis tardes juveniles, mis noches universitarias y mi soledad laboral en soltería. El proceso de desbroce entre el escalafón de mitos radiofónicos ha dado como resultado mi particular catálogo. Comencemos.

 “Bajo la sensación del cloroformo, me hacen temblar con alarido interno, ….” Quizás los lectores de Valle-Inclán reconozcan el soneto. Yo lo memoricé escuchando “Rosa de Sanatorio”, en Radio 3, por permanente consejo de mi amigo Pablo. Tamboriles y dulzaina iniciaban este peculiar programa que ofrecía buena música intecalada con obscenos relatos y reflexiones delirantes.
Disfruté mucho del programa nocturno que me ayudó a amar el cine pese a seguir sin comprender lo incompresible. Han pasado 35 años y continúo sin entender la simbología del famoso monolito. Y mira que Pumares ponía todo su empeño. ¡Qué genio gastaba! Emisiones muy tardías, porque delante hablaba Supergarcía, aunque yo fui de los que me había mudado a de la Morena.

La colección de los mejores humoristas del panorama de los ochenta se juntaba en el Debate sobre eel Estado de la Nación de Protagonistas. Del Olmo intentaba poner orden en aquél dislate de opiniones, en el que para mí, la figura principal era el maestro del levante español y compañero de viaje del bajito conquense: el gran Tip. Al igual que todavía mantengo en mi memoria párrafos completos de otros genios del humor como Gila o Les Luthiers, no puedo olvidar la anécdota que contó acaecida en una taberna de su ciudad natal. La respuesta que el beodo cliente le dio a Don Federico todavía la utilizo como coletilla cuando la causa está casi perdida mientras mis compañeros de batalla me miran con perplejidad.



Casi inexistentes escuchas de la emisora local me trasladan a la tardes de música del momento. Las dedicatorias ñoñas de oyentes enamorados precedían las canciones elegidas hacia su ser querido, acompañadas de la sosegada y grave voz del inconfundible J.M.M. Musso.
Mejor música se emitía en la Cadena del Vater. Ahí conocí al incasable Pirata y en su dial escuché por primera vez Días de Escuela, la canción que siempre nos evocará a nuestros primeros años entre pupitres.

Imagino que muchos estaréis echando de menos a Radio Bigarda. En mi defensa debo recordaos que ya le dedicamos en su día un especial en el artículo nº 14 de este blog (http://asturislandia.blogspot.com/2013/02/radio-bigarda.html).

lunes, 13 de abril de 2020

101.- ODA A LA AMISTAD

En plena cuarentena del episodio más extraño que nos ha tocado vivir alguien ha recogido el guante lanzado por mi hace unos días y me ha enviado este documento, que llama relato. Anónimo es y anónimo seguirá.


"Qué difícil resulta empezar un relato dedicado a la amistad que profesas a tus colegas. Emergen tantos sucesos, tantos momentos compartidos, episodios de toda índole y condición que se agolpan, se solapan, te llevan imperiosamente de una vivencia a otra, como si de una corriente de agua en plena inundación se tratara, y te arruinan el proyecto desde su mismísimo embrión. Pero cómo conmueve recordar la película de nuestra vida en comunión. 

Allá entre el año en que Lou Reed iniciaba su carrera en solitario y el que la Holanda de Johan Cruyff y Neskens disputó la final de un mundial de fútbol, la alineación de los astros concitó a un pequeño grupo de bisoños estudiantes en la Aneja y alumbró el germen que les acompañaría hasta nuestros días. 

Ni los más optimistas vaticinarían en aquel momento que ese alumbramiento permanecería pétreo, casi medio siglo después, como la caliza de las hoces que lo vio nacer. 

El rescate, las chapas, el gua, el chompo y el fútbol de placeta fueron consolidando ese embrión. Creció un vínculo de unión inseparable, hilos enhebrados en un imaginario telar que fueron tejiendo los valores del compañerismo, la solidaridad y la fidelidad. Ese patio de la Escuela catapultó a la más alta estima el sentido de la amistad que afloró entre ese grupo de niños.

El Ramón y Cajal resultó ser el otro gran vivero de esta singular familia. Un pequeño ejército de este otro colegio fue a nutrir el grupo, elegidos de la ciencia infusa que se sumarían a la pandilla. Y ya sería en el instituto donde se completaría el equipo, con excepcionales incorporaciones. 

Qué influyente es la selección de tus amigos. Pero me pregunto, ¿qué fuerza sobrenatural intervino en esa suerte?, ¿qué criterios son los que guian la elección de tus compañeros de viaje? Eso es algo que se escapa a mi entendimiento, pero bendita incógnita. Yo agradezco ser uno de los elegidos de ese elenco de actores en la formidable película de nuestra vida. No existe fuerza conocida o ignota capaz de quebrar el vínculo que se forjó en aquellos años. Ni el tiempo, ni la distancia, ni la ideología, ni ninguna otra condición. Qué extraña energía y qué poder entrelazó nuestras vidas. Porque la pertenencia al grupo no obedecía al deseo o el capricho del interesado. Era el propio destino quien ejercía de juez, esa fuerza sobrenatural la que ostentaba la jefatura de admisiones.

¿Y qué virtudes teníamos que reunir? Otra pregunta interesante de la que ignoro respuesta. Imagino que la sinceridad, la generosidad, la solidaridad… o simplemente ser un cachondo o un temerario … valores que, en realidad, nunca fueron puestos a prueba. Vendrían de serie. Solamente, en ocasiones extraordinarias, se exigió una vacunación previa para el ingreso.

Las propias calles de la Ciudad, en la pubertad y la adolescencia, el parque Carrero Blanco (que así se llamaba y así se ha de nombrar en este recuerdo), el pozarrón, la plaza mayor, el banco de piedra (cuánta tristeza nos trae este emplazamiento), el Chiqui, Jovi, la Paty, la Dixy, los Clásicos, el Vaya Vaya, las Tortugas, los Elefantes, la Maribel, la Repos etc., etc. Nuestros fin de año en casa de Aldo, en la del Zombie, en el Mil Ruedas …

Todos ellos fueron nuestros hogares en las distintas etapas de la juventud. Todos contribuyeron a cimentar la amistad y por ello merecen ser nombrados como parte indisoluble de este relato. 

Tengo especialmente vívido el recuerdo de mi ansiedad en la espera por salir a la calle a la hora pactada. Entonces tenía en tanta estima a cada uno de mis amigos que a cualquiera de mis familiares más directos. Hoy la única diferencia es que la estima es distinta, de otra naturaleza, pero radicada en el mismo nivel, en lo más alto. Ahora, en este miserable confinamiento, con tiempo suficiente para la reflexión, se hace más patente el valor de la amistad que se ha forjado y de la que me siento privilegiado de corresponder. Es tiempo de añorar esos tiempos imperecederos y de reconocer el valor que amerita esa red invisible que anida y enlaza nuestros corazones.

Capítulo exclusivo aparte merecen las mujeres. Tanto las originarias, integrantes desde los comienzos, que aguantaron estoicamente un entorno básicamente masculino, como las que fueron pasando a formar parte del grupo, por su condición de consortes, que han sabido adaptarse dócilmente a su idiosincrasia, manteniendo indeleble la amistad, y eso merece un agradecimiento eterno y sin reservas. 

Pero no todo ha pintado del color de rosa. Episodios negros los ha habido, claro. Sería utópico un idilio incólume de cincuenta años de vida, pero hay que reconocer que siempre fueron anodinos y con final feliz, otro ejemplo de la fuerza de esa amistad que atesora este equipo. Sin embargo, los momentos más duros de nuestra existencia han sido las cuatro dentelladas con que nos ha mordido el destino. Cuatro furiosos aguijonazos al centro del corazón. Son las pérdidas de cuatro seres queridos que diezmaron moral y numéricamente el grupo. Son los momentos oscuros y dramáticos de nuestra vida, pero que forman parte también de nuestra historia. A los cuatro honramos y siempre que hay oportunidad son los protagonistas de brindis espontáneos que nacen desde lo más profundo del corazón.

Ahora, en la madurez, aun cuando el contacto diario se alejó por mor de las vicisitudes personales de cada uno, disfrutamos de reuniones periódicas que mantienen intacta nuestra amistad. Las cenas de fin de año en navidades, los encuentros en semana santa, las jornadas del jamón, el recién estrenado día del solsticio, o los vinos de comienzo de año ancá Andrés. Son citas a las que acudimos fieles como lo hacen el rojo y el ocre en la hoz de Palomera cada otoño. Todos ellos constituyen el ejemplo de que sigue viva esa esencia. 

Concluyo este panegírico expresando mi orgullo de pertenecer a este grupo de chalados (obsérvese que no incluyo el término chaladas, aunque también me refiero a ellas, debido a mi pertinaz defensa del buen lenguaje), tan unido y tan distante, y de su continuidad en el tiempo, a pesar de las circunstancias especiales de cada momento y de los efectos que hayan podido ocasionar a lo largo de nuestra historia, porque busco y no encuentro nada parecido."


Anónimo del siglo XXI


miércoles, 25 de marzo de 2020

100- EL CAMBIO TRAUMÁTICO


La guantá que nos ha dado la madre Tierra es antológica. Con zapatilla de tacón duro.

Mientras unos andaban adorando a una mojigata nórdica adadid del ecologismo milenial, otros (como yo) se aferraban más a teoría del primo de nuestro expresidente gallego. Quizás por mi formación profesional, o por simple cabezonería, siempre he sostenido que el planeta donde vivimos es infinitamente más poderoso que el ser humano y que en un combate cuerpo a cuerpo llevamos todas las de perder, por KO y en el primer asalto. Por eso ella se mantiene viva muchísimos millones años más que el animal más inteligente que anda sobre dos piernas. Tiene gracia que hace meses se le hiciera la guerra al plástico y hoy andemos mendigando guantes y botes de gel por doquier.

Ha bastado que un simple ser vivo, incapaz de ser visto por nuestros deficientes ojos, se haya dado un paseo por un mercado en el lejano oriente para que meses después el mundo occidental, rico, poderoso, se haya tambaleado como nunca había ocurrido antes. ¿O sí? ¡Ah, si resulta que cada cierto tiempo tenemos una pandemia que regula la población de la especie!  Así sucede con la sarna de la cabra, con el mildiu de la vid, con la mixomatosis de los conejos, …. La naturaleza es sabia y, aunque con nuestra inteligencia nos creamos superiores, andamos en desventaja. Con y sin industrialización, con y sin informática. Cuando el proceso de selección natural se pone en marcha no atiende a clases sociales, tampoco a cuentas bancarias, y por supuesto a coeficientes intelectuales. Cuando Ida murió hace cuarenta millones de años en el centro de Europa vivía en las ramas de los árboles de en un bosque tropical. Todavía alguien defenderá que las tierras alemanas no tienen primates por las emisiones de CO2.

Y tan sólo ha sacado un bofetón a pasear, porque podría ser peor. En estos días de confinamiento, por mi trabajo también he tenido que atender un episodio de lluvias con una leve inundación, un casi imperceptible terremoto y un incendio forestal provocado por un rayo. Todos ellos en nivel principiante (adaptado al lenguaje mongue de ahora). Si llega a girar un poquico más la ruleta, cientos de miles de “ciudadanos y ciudadanas” se van al hoyo, por uno u otro motivo. Nos cuentan hasta nueve en cualquier asalto.

En fin, que de niños hacíamos fila para que nos repartieran un azucarillo rosa que nos librara de la polio. Cualquiera tenía un familiar o amigo que lucía una marca en forma de anillo en la parte alta del brazo. Menos tuberculosis. Por nuestro entorno ha paseado el tétanos, la difteria y la tosferina…. Ahora, en pleno apogeo de chalaos que quieren parir en su casa y evitar las vacunas para sus hijos, andamos buscando alguna que nos salve de este caos que estamos viviendo. Espero que el bichejo se canse de procrear y nos deje tranquilos, al menos otros cien años.



sábado, 14 de diciembre de 2019

99.- "QUERIDO ......"

Ayer me acerqué a un estanco. No soy fumador y mi madre tampoco sabe que en ocasiones si fumo, pero mi intención no era comprar tabaco, sino sellos. La sorprendente respuesta de la dependienta me volvió a dar otro revés en mi percepción del mundo actual. “Ya no vendemos”, me contestó. “Debes ir a Correos”. Y fui.

No deberíamos perder el ritual de correo por carta. Además de servir de estímulo para caminar, activa nuestra mente y también nuestra mano rescatando la escritura a bolígrafo perdida en el mundo de la electrónica.

En mis vacaciones de pequeño acudía todas las tardes de verano a esperar al cartero para presenciar el reparto de sus entregas. Impacientes y rodeando los escalones del pequeño dispensario escuchábamos las llamada de nuestros nombres (“Perico de los Palotes”, “Carmen la de Ronda”,…) Aquel ceremonial irradiaba amistad. A veces me acompañaba mi abuelo, que había sido cartero del pueblo antes de su jubilación. Cuando había suerte recogía el sobre y lo abría con nervios buscando el interior. La mayoría de las veces no contenía información destacable, tan sólo mensajes que hablaban del tiempo que hacía en Cuenca o si el remitente había visto a alguien de la familia u otro conocido. Las de mayor contenido solían provenir de mi hermano pasando unos días de Colonias estudiantiles en Cullera.

Volviendo al acto del carteo tendremos que analizar los elementos que lo componen. La carta. No todos esos papeles escritos a mano contienen el mismo mensaje, ni la letra es igual, ni la gramática se parece. Todos guardan una parte de quien lo firma, con o sin olor añadido. Cartas entre amigos, de amor, de despedida, de felicitación. Todavía guardo algunas entre mis amigos, o de mi chica. Releerlas es una delicia. Distan muy lejos de los guasap y los tuiters que nos inundan.

El sobre. De distintos tamaños y colores. A veces identificaba claramente su origen. ¿Quién no se acuerda de aquellas bandas azules y rojas que cruzaban la esquina superior y delataba la escritura anglosajona de algún intercambio estudiantil? Y por la parte trasera el remitente. Visto u oculto. En este segundo caso la incertidumbre te animaba a rasgar el sobre con más ímpetu todavía.



El sello. Imprescindible. Sin su colaboración el mensaje no llegaría a nuestro destino. Tan variados y distintos que hasta se coleccionaban. Un cuño de tinta sobre él destrozaba su valor, que fue variando a lo largo de los años al mismo tiempo que el precio del pan o de la botella de butano. ¿Alguien sabría contestarme cuánto vale enviar en el año 2019 una carta a otra provincia? Intuyo que el poeta rubio con nombre de actor de telenovela alzaría la mano para contestar algo así: “etas etas, lo que antes eran 100 pesetas”.

El buzón. Pieza de un mobiliario urbano en desuso y olvidado. Cuesta encontrar uno cerca, al igual que una cabina telefónica. Aparecen repentinos, tan amarillos que hasta un grupo de jóvenes conquenses lo eligieron en su día como nombre y símbolo de su pandilla. Fue en 1762 cuando una disposición oficial decidió que se habilitara un “agujero o reja, en todas las Hijuelas o Veredas, por donde se echen las cartas, sin que se puedan recibir en mano” para evitar tentaciones. Hasta los actuales amarillos, sus formas y ubicaciones son de lo más variadas y en ocasiones pintorescas. Los hay abiertos en la pared, de chapa azul, de piedra, de forja. Pero por encima de todos destaca el símbolo de Correos de España. Una impresionante cabeza de león incrustada en la pared que te mira y permanece con la boca abierta a que deposites tu envío.



Y por último, el cartero. Auténtico conocedor del barrio y sus vecinos, de sus problemas e inquietudes, hombro donde consolarse, mejilla a la que felicitar o espalda a la que abrazar. Privilegiado espectador de momentos compartidos. Aunque supongo que, en sus repartos, las cartas han dado paso a los paquetes de mensajerías con tamaños y contenidos variopintos.

viernes, 6 de diciembre de 2019

98.- BLANCAS CONTRA NEGRAS

No se trata de ninguna disputas entre razas, ni siquiera de trifulcas de género. Defienden por proteger a su rey y atacan para derribar el contrario. Un magnífico juego de estrategia que debería ser obligatorio en los centros de enseñanza.

De niño me bajaba de la bici para jugar contra “El Sordo”. No recuerdo su nombre, quizás Felipe. Era un hombre mayor y también callado. Se ayudaba de un aparato en la oreja para escuchar, pero no le servía de mucho. Por la tarde, en la terraza del bar, después del café, esperaba contrincantes a los que derrotaba día tras día. También a mí. Él no lo supo nunca, pero con el tiempo se convirtió en mi maestro. Tras jugar cientos de partidas en su contra, conseguí ganarle. Y no sólo una vez, sino varias. Muchas. No le sentaba bien y se enfurecía más todavía cuando los demás se burlaban de él por haber perdido contra un chaval.
En aquellas tardes de veranos en el pueblo aprendí a tener paciencia y esperar el momento, a no fiarme de las fichas expuestas a ser apresadas y a respetar al contrario.

Algo más mayorcito tenía que competir contra rivales mucho más experimentados. Algunos de ellos clasificados como auténticos estudiosos del juego. La saga Álvarez Ortí era un buen ejemplo de entrenamiento familiar. Aun así, el equipo que compartía con Carlos Alberto, Andrés, Nacho y Pablo conseguimos algún que otro triunfo en disputas contra los más notables ajedrecistas conquenses del momento.
Recuerdo una mañana de instituto pintando un tablero en la pizarra, colocando las fichas en su lugar apropiado, con la idea de despistar momentáneamente al profesor y así demorar el inicio de la clase. Él era muy buen jugador y a veces charlábamos sobre aperturas o gambitos en los descansos. Pero aquél profesor de matemáticas, alto y desgarbado, con fama de duro y apellido de frutal, cogió el borrador y sin inmutarse eliminó la tiza pintada sobre el encerado y comenzó la clase sin dilación.



Esa “fase victoriosa” se mantuvo temporalmente durante la etapa universitaria. El salón del Colegio Mayor respiraba ambiente de cartas. Los órdagos y envites se escuchaban por todas las mesas, pero también quedaba un pequeño reducto destinado a los frikis del ajedrez. Y allí permanecía sentado esperando contrincante un aspirante a ingeniero algo rollizo y callado, como “El Sordo” de Tragacete. Era mejor que yo, pero le ganaba por desesperación utilizando la táctica empleada por el jugador de aquella película alemana de los años 70. Vivíamos en la época dorada del ajedrez. Karpov y Kasparov, representantes de dos visiones distintas de la enferma y convaleciente Unión Soviética, rivalizaban deportivamente en interminables campeonatos que eran televisados. ¡Hasta la sala de televisión del Santa se llenaba para ver el mundial disputado en Sevilla!

Y de ahí hasta Albacete. Esporádicamente me reunía con mi amigo Pablo a jugar en un café refugio de juegos de mesa llamado el Nido de Arte. Fueron pocas, pero se convirtieron en mis últimas partidas contra alguien a quien mirar a los ojos.
Dice Bunbury en una de sus canciones que “de pequeño me enseñaron a querer ser mayor, de mayor quiero aprender a ser pequeño”. El fin de siglo nos trajo menos tiempo libre y más tecnología. Me inicié en algunos retos contra ordenadores, pero la falta de humanidad y la monotonía me alejó de ellos. Y hasta hoy. Pues sí, me hice mayor y me gustaría haber disfrutado como cuando era niño para pasar las tardes moviendo el alfil mientras mi hijo se protegía con el caballo. Lo intenté, pero la Nintendo y la Play fueron más persuasivas.

jueves, 25 de julio de 2019

97.- OPERACIONES NOCTURNAS

Sometido al constante foco de luz que desprendía el flexo del despacho. Agotado por las horas de interrogatorio. Afectado por la resaca del día anterior. Hambriento porque no había pasado por Lerma. 

 - ¿Nos lo vas a contar todo? ¿Quién te acompañaba? ¿Cuántos sois? 

No deseaba hablar, pero sí tenía mucha sed. Pedí agua. Si hubieran visto algún episodio de las series policiacas que emite cualquier portal digital no me la habrían ofrecido, pero en aquellos tiempos Starsky y Hutch trabajaban más en la calle que en la oficina. Así que, tras varias horas “secuestrado” por el Jefe de Estudios y varios vasos de agua, me dejaron salir del instituto. 

Fuera, junto al banco del “carrero”, me esperaban mis compañeros de aventura. Se les notó alegría al verme, y al instante comenzaron a preguntarme casi con tanta insistencia como mis captores.

- ¿Qué te han dicho? ¿Han llamado a la pasma? ¿Les has dicho quiénes éramos? ¿Te van a sancionar? ¿Se lo han dicho a tu familia? 

Todo era mucho más sencillo. Susto, bronca y a casa. Ya os dije que no había internet, pero tampoco tantas normas para menores, fumadores, animales o transexuales. Vivíamos en la que, yo considero, mejor época de la democracia española. Libertad sin excesos ni complejos. Un mundo abierto a la exploración, donde la Plaza Mayor era “zona prohibida” y el Parque San Julián tenía guarda. Los cigarros se vendían sueltos y los jóvenes inventaban el botellón, eso sí, con reciclaje de vidrio y sin plásticos que llegaran hasta el mar. 

 ¿Cuál había sido nuestro delito? Algo descatalogado en cualquier código penal, asaltar los despachos de los profesores en una operación nocturna con el objetivo de encontrar los exámenes que evaluarían en septiembre. Aprovechando las noches de feria y la inmediatez de las fechas de recuperación , hacíamos gala de nuestro estado físico para saltar el muro y adentrarnos en los oscuros dominios del Alfonso. Con la táctica perfeccionada nos dirigíamos hasta la conserjería para conseguir el manojo de llaves. Y de ahí, a probar cerraduras. Sobre las mesas, tan sólo papeles, carpetas, libros y ceniceros y, ocultos en las estanterías, más libros, más carpetas y algunas botellas de vino o de coñac. Aficiones de profesores. Imagino que en este siglo seguirán teniéndolas, o quizás algo más consistente. 



Nunca nos pillaron. Tampoco necesitamos aprobar ningún examen a pesar de nuestra osadía. Pero generábamos adrenalina "pa vender". Y todo, sin grabarlo en nuestro inexistente móvil y subirlo a la redes sociales. Héroes anónimos de consumo propio.

domingo, 28 de abril de 2019

96.- CAMPAÑAZO ELECTORAL

Coincidiendo con la Semana Santa hemos sufrido una campaña electoral “silenciosa”. ¿La escuchan?

Yo he sentido el redoble de los tambores por calles estrechas y su eco en las paredes de las hoces. He sentido el sonido del trombón abalanzándose sobre mi tulipa, estremeciendo la llama de la vela hasta hacerla desaparecer. He sentido el duro golpeteo de las horquillas sobre ese empedrado que se empeñaron en sustituir algunos mandamases del pasado.

Sin embargo, afortunadamente, no he escuchado la sintonía de cualquier caricatura de partido vociferando sobre la baca de un coche. Ni siquiera, la de un anuncio que te informara del lugar y hora de un mitin protagonizado por el pobre aprendiz de predicador. Se trataba del silencio, la nueva estrategia del siglo XXI.

El “día al azar”, propuesto por el vigente presidente, quiso que la semana decisiva coincidiera con las fiestas de primavera murcianas. Aquí también se sentía el bullicio huertanico repartiendo productos cosechados. Pétalos de flor meciéndose y cubriendo las losas peatonales. Pólvora que provoca sonidos estridentes sobre el cielo ¿contaminado? Cascabeles animados por el trote de caballos y burros ¿maltratados? Paseos de carrozas con bailarinas contoneándose ligeras de ropa ¿explotadas? Vidrios rotos y pisoteados por la muchedumbre ebria ¿maleducada?

Y se seguía notando el silencio, roto por alguna conversación confusa de opiniones vertidas sobre esos debates televisados en los que faltaba Karmele y Matamoros.

He llegado a ver paneles electorales reservados para cada candidatura vacíos de carteles. Quizás señal de unos programas vacíos de ideas y de propuestas.




Hoy acaba este proceso. El mes que viene tenemos otro. Pero sin nazarenos ni sardineros de por medio

jueves, 7 de marzo de 2019

95.-LAS DESPEDIDAS

¡A mi edad! ¿Vestido con un tutú y guirnaldas por el cuello?
Otra de las desgracias del siglo XXI. Convertir una despedida de soltero en una fiesta de novatadas. ¡Ahora que están tan mal vistas!

Con la vista puesta en la despedida de un futuro casado me han asaltado escenas inolvidables de nuestros tiempos mozos. Cada una de ellas distinta. En cada una, algún momento digno de recordar. Y siempre, repito siempre, disfrutando junto al novio en los instantes previos a su enlace matrimonial. En ningún caso le tiramos en puenting, le vestimos de enfermera o molestamos a los vecinos del barrio de moda. Sin camisetas ni zarandajas. Discretos, pacíficos y evitando la polémica, ¿o no?



Quizás la primera fuera la de Aldo. Inigualable. Especialmente porque fue la única donde organizamos una fiesta sin el novio. O por lo menos la comenzamos sin él. En el lugar más alejado de la urbe, de las discos y de las chicas. El más cercano al aire fresco, al olor a pino y al ambiente de berrea.

Después visitamos las fiestas patronales de Alicante, Azuqueca, Teruel y Albacete. Descubrimos lugares ocultos en Madrid, Murcia y la misma Cuenca. Comimos, bebimos y nos reímos. Sobre todo, ésto último. La risa como elemento principal de una celebración para el recuerdo. ¡Todavía me duele la mandíbula al acordarme de nuestro viaje con “El Calamares”! ¡Hasta sufrimos al ver como Hierro mandaba un balón a las nubes con Clemente en el banquillo!

No nos queda ninguna más. O por lo menos eso creo.

martes, 5 de febrero de 2019

94.- EL TRAVESIA

Escondido en el callejón que conecta las vías altas del Xucar se encontraba cuando, los camiones de la basura habían terminado su jornada, nuestro retiro. Lo que ahora se llama un “after”. Para nosotros era un “between”.
Tan sólo buscábamos buena música, un rincón cómodo donde compartir chistes y tontunas, y a la vez que fuera algo recogido. ¡Bendita paciencia la de los camareros cuando nos vieran entrar!
 ¿Qué será de aquella estatua griega que decoraba la sala? El día de Santiago del 86, la pobre sufrió el ímpetu del grupo juvenil. Tras caer por el suelo, un fogoso muchacho de cabello compuesto por puas intentó el sexo oral con ella sin conseguirlo. Hoy día esa estampa estaría siendo viral en las redes satánicas.
Durante varios meses desde el verano de aquel año lo consideramos nuestro cuartel general. Sus mesas sirvieron de pista de baile para el resto del grupo, especialmente para el mozo de pelo dorado. En ocasiones, sin música, canturrenado al compás del “Sansón” o del “tiroriro,….ES…COR…PION” que tan mal entonaba el más largo de la pandilla, mientras los vasos rodaban por el suelo.

 No existe registro gráfico del local. Ni de su entrada. Ni de su logotipo. ¡Una tercio de cerveza para quien encuentre alguna pista del mismo, vive dios!

martes, 20 de noviembre de 2018

93.- DE CUENCA AL SALÓN DE LOS REINOS

Dicen que la casa de Martínez de Mazo, ahora posada, inspiró al genio Velázquez para situar a sus meninas sobre el lienzo. Leyenda o no, la estructura del salón con la puerta y escaleras de fondo es bastante aproximada. Esto ocurrió 310 años antes de que naciéramos los del 66.

Un niño pelirrojo y con pecas asomaba su cabeza por encima de la mayoría. Algo tímido se fue incorporando a las partidas de canicas, ensuciando las rodillas de sus pantalones con la arena del patio del colegio. Otro día nos acompañaba a cazar ranas a las charcas de los andenes de carga por la periferia de la Estación.
En plena transición, un destino familiar le privó de vivir en nuestra hermosa ciudad, pero se llevó el poso del arte y la cultura. Esos aires que, trescientos años antes, dejó impregnados Don Diego en la estancia de su yerno.

Cuando, entrado el siglo XXI, algunas marcas comerciales aprovechan el tirón económico de los que disfrutaron los ochenta, el sentido de la amistad, la familia y el reencuentro adquieren protagonismo. Algo que en nuestro grupo se intenta mantener con distintos eventos, sean anuales o conmemorativos. Uno de estos últimos encuentros nos ha hecho disfrutar de una jornada especial. Distinta.

El cabello pelirrojo se ha tornado algo canoso pero la envergadura se mantiene intacta. Mientras baja las escaleras se le intuye una sonrisa, bien porque comienza a reconocernos, bien porque va pensando su disculpa por la tardanza.
El paseo guiado entre Van der Weyden, Tiziano, Botichelli, Goya o Gisbert Pérez, se vivió en un suspiro, aunque el recibimiento fuera “a porta gayola”, por todo lo alto (todavía tengo en la retina el azul intenso de “La Anunciación”). Stendhal hubiera caído desplomado allí mismo. 



¡Cuánta emoción en sus relatos! Resulta curioso que los recuerdos de la niñez cambien el semblante de un personaje de su categoría. Los históricos locales de una calle en decadencia como Carretería, el permanente socavón a la entrada desde Madrid o la anécdota de su reencuentro por Europa con el inquilino que le relevó, destilan melancolía a espuertas.

Los abrazos de despedida presagian un nuevo encuentro. Mientras, se marcha por las calles de Madrid buscando en su memoria si de veras era Barambio el que lanzaba la canica de esa manera tan peculiar y certera que siempre le ganaba.