En un principio el local estaba repleto de máquinas de bolas, futbolines, e incluso pantallas con novedosos videojuegos entre los que destacaba el del tenis. Sobre la puerta de entrada un cartel “Recreativos Fedi”. Con el tiempo se reconvirtió en una tienda de ropa infantil atendida por un jovial muchacho que acababa de finalizar la mili. A la hora de cierre del comercio se congregaban en sus alrededores sus amigos y amigas con intenciones manifiestamente ociosas.
Como siempre escribo desde mis recuerdos, el que no se me olvida trata de un diseño de escaparate con motivo de las fiestas de San Mateo. Debido a mi afición por el dibujo, se me encarga la creación de una vaca que sirva como protagonista. Imitando un dibujo de Ibáñez en unos de sus cómics protagonizado por la popular pareja de detectives españoles, le presento un boceto de cómo quedaría con algunos retoques. Una vez recibido el visto bueno, se inicia el proceso de dibujo sobre una tabla de madera. La siguiente fase nos traslada al taller del abuelo del Ceri en la calle de la Moneda donde continúa la labor de corte y pintura del fantástico animal. Envueltos en un ambiente humorístico y desternillante conseguimos como resultado final una vaca paticorta de metro y medio de larga.
De su cierre y traslado a tierras manchegas sólo nos queda su nombre, Crecer, y los tableros que sustentaban las prendas en rebajas. Ahora nos sirven como mesa de eventos tan importantes como el jamón de verano y la comida de vaca. Quizá como homenaje a aquella figura de la que guardé su cabeza tras su destrucción. No recuerdo donde la perdí.
Unos doscientos metros dirección al río Júcar nos encontramos con otro “templo” del comercio conquense. Sin llegar a tener el poder de reunión que su antecesor si consiguió abrigar momentos históricos, especialmente en la trastienda. Chuletones, cerveza y vino consumidos por valientes mozos que después subirían a desafiar los pitones de la vaca en la Plaza Mayor. ¡Qué jornadas gastronómicas! Deseo que desde arriba el de la bata azul todavía siga celebrando momentos así.
Los tiempos más recientes han devuelto la capacidad de convocatoria a una céntrica y atrevida librería gestionada por un matrimonio descendiente del Campichuelo. No existen los viernes sin unas cañas tras su cierre. Aun en los ambientes más fríos navideños son capaces de concentrar a suficientes amigos con los que disfrutar de los primeros instantes del fin de semana.
viernes, 23 de octubre de 2015
miércoles, 7 de octubre de 2015
74.- JUEGOS ALTERNATIVOS
De los iniciales San Fermines en el barrio de la Estación, su evolución a la “Cacería de Cebras”, hasta los que ahora serían una “performance".
Muchos de ellos propuestos, desarrollados y motivados por Aldo. Innovador, cachondo y provocador. Una mezcla de Leo Basi y Pablo Carbonell.
Incluso llegamos a montar una granja, cuyo dueño era el ET. ¿Alguien se acuerda de su propia identidad? ¿Podríais reconocer la “hoz”, el “granero”, el “monte”, el “cocotero”, el “tractor”, la “gallina”, el “rastrillo”, el “fertilizante”,…. Y entre todos una sola chica, “La Bella Easo”, aunque el granjero no era muy partidario de ese nombre, porque no admitía publicidad.
Gallinitas ciegas con todas sus letras. Con o sin luz. Con o sin gafas. Con o sin conocimiento. Risas a su alrededor y buenos momentos bajo el techo de refugios de montaña.
La Flor de Tamarindo. Intrépidos reporteros acompañados por el helicóptero en busca de la preciada flor que nunca encontramos. Su búsqueda por los alrededores de la Torre de Mangana o por la carretera de Palomera no resolvieron el enigma de su existencia y sus fantásticas propiedades.
Conquista de pañuelos en áreas recreativas con resultados lesivos. Algún que otro árbol más posicionado recibió los peores insultos y serias amenazas de recibir algún disparo.
Valientes retos al penúltimo. Ingenioso juego que permitía a algunos atrevidos beberse de un solo trago una botella de cerveza, de mezcla o incluso de vino. La plaza de San Nicolás todavía está estremecida de los andares que llevaba el Ceri subiendo hacia la calle San Pedro.
Y por supuesto, batallas épicas, míticas. En los escalones y las cuestas de los Moralejos, todavía recuerdan aquellas hordas de guerreros azules atacando a los de colorado peleando por una hipotética supremacía mundial. Azules contra Rojos marcados por un simple rotulador. Objetivos comunes y todavía indefinidos. Tan sólo la sinrazón y las ganas de disfrutar en tiempos de alocada juventud.
Otra cuestión ¿Todavía existirán afectados por las inmovilizaciones abrazadas al tronco de un árbol? ¿Y de los que caían cual fardos lanzados por los muros de los Miradores?
Muchos de ellos propuestos, desarrollados y motivados por Aldo. Innovador, cachondo y provocador. Una mezcla de Leo Basi y Pablo Carbonell.
Incluso llegamos a montar una granja, cuyo dueño era el ET. ¿Alguien se acuerda de su propia identidad? ¿Podríais reconocer la “hoz”, el “granero”, el “monte”, el “cocotero”, el “tractor”, la “gallina”, el “rastrillo”, el “fertilizante”,…. Y entre todos una sola chica, “La Bella Easo”, aunque el granjero no era muy partidario de ese nombre, porque no admitía publicidad.
Gallinitas ciegas con todas sus letras. Con o sin luz. Con o sin gafas. Con o sin conocimiento. Risas a su alrededor y buenos momentos bajo el techo de refugios de montaña.
La Flor de Tamarindo. Intrépidos reporteros acompañados por el helicóptero en busca de la preciada flor que nunca encontramos. Su búsqueda por los alrededores de la Torre de Mangana o por la carretera de Palomera no resolvieron el enigma de su existencia y sus fantásticas propiedades.
Conquista de pañuelos en áreas recreativas con resultados lesivos. Algún que otro árbol más posicionado recibió los peores insultos y serias amenazas de recibir algún disparo.
Valientes retos al penúltimo. Ingenioso juego que permitía a algunos atrevidos beberse de un solo trago una botella de cerveza, de mezcla o incluso de vino. La plaza de San Nicolás todavía está estremecida de los andares que llevaba el Ceri subiendo hacia la calle San Pedro.
Y por supuesto, batallas épicas, míticas. En los escalones y las cuestas de los Moralejos, todavía recuerdan aquellas hordas de guerreros azules atacando a los de colorado peleando por una hipotética supremacía mundial. Azules contra Rojos marcados por un simple rotulador. Objetivos comunes y todavía indefinidos. Tan sólo la sinrazón y las ganas de disfrutar en tiempos de alocada juventud.
Otra cuestión ¿Todavía existirán afectados por las inmovilizaciones abrazadas al tronco de un árbol? ¿Y de los que caían cual fardos lanzados por los muros de los Miradores?
jueves, 17 de septiembre de 2015
73.- EN COMISIÓN DE SERVICIO
No alineados o extracomunitarios.
Cualquier expresión es válida para todos estos compañeros que en algún momento de nuestra trayectoria por el siglo XIX compartieron aula, coche, litrona o conversación.
Delgado y frágil como una jirafa de cristal. El volumen de su cuerpo ocupaba espacio gracias a su melena. Amante de las motos, cabalgaba sobre una de gran cilindrada. Un pueblo de La Mancha lo acogió hasta que le perdí la pista.
Rubio, alto y fuerte. En otros tiempos hubiera comandado cualquier barco vikingo. Se relajaba escuchando a Mike Oldfield, pero sobre todo a Pink Floyd. Con otro apellido se hubiera dedicado al golf.
El garito del Sastre era su casa y cualquier esquina de la mesa de billar su pupitre. No se me olvida su particular forma coger los cigarros y darle caladas a aquellos negros infumables. Todavía no se ha desvelado la autenticidad de su pelo claro.
De campo. Mejor dicho, de sierra. Pese a su discreto tamaño, era bestia como un animal. Portentosa mandíbula bajo su poblada y rizada cabellera. Andará por territorios del Escabas cuando lleguen las fiestas.
Algo callado pero muy observador. Siempre lo recuerdo al lado de alguien más alto que él. Melómano y coleccionista de LP´s. Las aportaciones monetarias a la comunidad de este joven con apellido y felino castellano no hubieran salvado el rescate de Grecia.
Tan tímido como el anterior, pero muy resuelto cuando se encontraba en su salsa. Exfumador, exbebedor y motero. Su vespa recorrió infinidad de calles conquenses, madrileñas y del territorio provincial.
Venido de Madrid demostró gustos similares a los del Pepi: chuchos y caladas. Llegó de la mano de Aldo, para luego ocupar un lugar apartado en Cuenca del que hace tiempo desconozco.
Me enseño a recoger monedas de las frías aguas del Río Cuervo. Nos asustó con un accidente que pudo cambiar nuestras vidas. Ahora se dedica a controlar nuestra conducción por las carreteras de este país.
Quedán muchos más que el Mellado, Seve, Palenciano, Poyatos, Kisón, Zampa, Mirsa, Chema. Iremos recordándolos conforme vayan viniendo a mi memoria
Cualquier expresión es válida para todos estos compañeros que en algún momento de nuestra trayectoria por el siglo XIX compartieron aula, coche, litrona o conversación.
Delgado y frágil como una jirafa de cristal. El volumen de su cuerpo ocupaba espacio gracias a su melena. Amante de las motos, cabalgaba sobre una de gran cilindrada. Un pueblo de La Mancha lo acogió hasta que le perdí la pista.
Rubio, alto y fuerte. En otros tiempos hubiera comandado cualquier barco vikingo. Se relajaba escuchando a Mike Oldfield, pero sobre todo a Pink Floyd. Con otro apellido se hubiera dedicado al golf.
El garito del Sastre era su casa y cualquier esquina de la mesa de billar su pupitre. No se me olvida su particular forma coger los cigarros y darle caladas a aquellos negros infumables. Todavía no se ha desvelado la autenticidad de su pelo claro.
De campo. Mejor dicho, de sierra. Pese a su discreto tamaño, era bestia como un animal. Portentosa mandíbula bajo su poblada y rizada cabellera. Andará por territorios del Escabas cuando lleguen las fiestas.
Algo callado pero muy observador. Siempre lo recuerdo al lado de alguien más alto que él. Melómano y coleccionista de LP´s. Las aportaciones monetarias a la comunidad de este joven con apellido y felino castellano no hubieran salvado el rescate de Grecia.
Tan tímido como el anterior, pero muy resuelto cuando se encontraba en su salsa. Exfumador, exbebedor y motero. Su vespa recorrió infinidad de calles conquenses, madrileñas y del territorio provincial.
Venido de Madrid demostró gustos similares a los del Pepi: chuchos y caladas. Llegó de la mano de Aldo, para luego ocupar un lugar apartado en Cuenca del que hace tiempo desconozco.
Me enseño a recoger monedas de las frías aguas del Río Cuervo. Nos asustó con un accidente que pudo cambiar nuestras vidas. Ahora se dedica a controlar nuestra conducción por las carreteras de este país.
Quedán muchos más que el Mellado, Seve, Palenciano, Poyatos, Kisón, Zampa, Mirsa, Chema. Iremos recordándolos conforme vayan viniendo a mi memoria
viernes, 21 de agosto de 2015
72.- DARDO ARROJADIZO
Así descubrí que le llamaban los árabes (tagzalt) mientras desarrollaba un trabajo de geografía para el Sr. Cava.
El pueblo de mis vacaciones de niñez y el favorito para las de mis hijos. Origen de mi familia y de múltiples batallas.
LA CASA: fresca, ruda y reducto de arañas que, con cariño, conservo desde mi infancia. Sus gruesos muros me permiten dormir la siesta con manta en pleno verano. Las vetustas tuberías me han traído por la calle de la amargura toda la vida. Su "elegante" gotelé ha servido como tema de comentarios, mofas y buenos momentos tras despertares resacosos. Su orientación y altitud posibilitaba que durante los días de invierno las cervezas se mantuvieran más frescas en la ventana de la cocina que en la propia nevera. Antaño la rodeaba una zanja de desagüe que provocó escenas de lo más pintorescas a nuestro regreso de las verbenas. La afición familiar por las imágenes religiosas consiguieron decorar cualquier rincón. "Cuerpo de Cristo...." comentaban ciertos personajes cada vez que subían las escaleras. Y lo que era la estrecha cochera, ahora recién acondicionada como saloncito, le transmite paz y sosiego a mi señora esposa.
EL ENTORNO: privilegiado. Agua, monte, fauna, cielo inmaculado y, ahora, aceptable carretera. Cualquier excursión por sus alrededores es un satisfacción personal y un esfuerzo físico si te acompaña mi primo Paco. Algunos parajes nos sirvieron como parcelas para acampadas con experiencias algo molestas. Los lugareños siempre mantuvieron esa fama. Ahora se ríen de sus propios actos.
SUS FIESTAS: antaño reconocidas en la capital conquense. Ahora menos populares. Génesis de grandes conflictos y momentos violentos. Apretados movimientos en su salón de baile servían de refugio del frío. exterior. Algunas de sus actuaciones musicales fueron gloriosas, aunque otras todavía son cuestionadas por su veracidad. A la casa del médico acudí con un amigo lesionado. Quedé inconsciente en el suelo cuando le cosían un párpado, mientras que pedía beber del porrón del que caía alcohol para lavarle la herida. ¡La juventud lo puede todo!
Este pueblo es así. Muy particular. Un pequeño reducto donde "amanece que no es poco", sobre todo en invierno.
El pueblo de mis vacaciones de niñez y el favorito para las de mis hijos. Origen de mi familia y de múltiples batallas.
LA CASA: fresca, ruda y reducto de arañas que, con cariño, conservo desde mi infancia. Sus gruesos muros me permiten dormir la siesta con manta en pleno verano. Las vetustas tuberías me han traído por la calle de la amargura toda la vida. Su "elegante" gotelé ha servido como tema de comentarios, mofas y buenos momentos tras despertares resacosos. Su orientación y altitud posibilitaba que durante los días de invierno las cervezas se mantuvieran más frescas en la ventana de la cocina que en la propia nevera. Antaño la rodeaba una zanja de desagüe que provocó escenas de lo más pintorescas a nuestro regreso de las verbenas. La afición familiar por las imágenes religiosas consiguieron decorar cualquier rincón. "Cuerpo de Cristo...." comentaban ciertos personajes cada vez que subían las escaleras. Y lo que era la estrecha cochera, ahora recién acondicionada como saloncito, le transmite paz y sosiego a mi señora esposa.
EL ENTORNO: privilegiado. Agua, monte, fauna, cielo inmaculado y, ahora, aceptable carretera. Cualquier excursión por sus alrededores es un satisfacción personal y un esfuerzo físico si te acompaña mi primo Paco. Algunos parajes nos sirvieron como parcelas para acampadas con experiencias algo molestas. Los lugareños siempre mantuvieron esa fama. Ahora se ríen de sus propios actos.
SUS FIESTAS: antaño reconocidas en la capital conquense. Ahora menos populares. Génesis de grandes conflictos y momentos violentos. Apretados movimientos en su salón de baile servían de refugio del frío. exterior. Algunas de sus actuaciones musicales fueron gloriosas, aunque otras todavía son cuestionadas por su veracidad. A la casa del médico acudí con un amigo lesionado. Quedé inconsciente en el suelo cuando le cosían un párpado, mientras que pedía beber del porrón del que caía alcohol para lavarle la herida. ¡La juventud lo puede todo!
Este pueblo es así. Muy particular. Un pequeño reducto donde "amanece que no es poco", sobre todo en invierno.
viernes, 24 de julio de 2015
71.- REPOSTERIAS
Saciaban nuestra sed y, a veces, también el hambre.
A menudo encontrábamos compañía a sus alrededores.
Y siempre estaban abiertas al público.
Se trataba de un trío de locales pequeños transformados en menudos ultramarinos que aprovecharon el momento para hacer clientela. De propiedad familiar, siempre quedarán en la memoria por el nombre femenino que los regentaba: La Chelo, La Milagros y la Maribel.
No existen estudios, de esos que publican en las páginas finales los periódicos, que aclaren si fueron el origen de lo que ahora se ha extendido como “botellón”. La mezcla y el calimocho, tan difundidos ahora, eran los productos estrella. Baratos, frescos y con algo más de alcohol que la cerveza. La pecunia no daba todavía para los cubatas. Aunque con el tiempo todo se desarrolló. Mientras se procedía al proceso de mezclar refresco y vino con la ayuda de un veterano embudo, se compartían comentarios con los habituales clientes que comían pipas apoyados en el quicio de la puerta, la barra de la tienda o el capó del coche más cercano. La barandilla de la plaza quedaba bastante alejada para algunos de ellos. Gente como Mapi, Joselo, Güiqui, los “Bombonas” o los “Buzones” tenían la categoría suficiente para escoger sitio. Su amistad ganada a base de pesetas así se la concedía.
Y aunque la sed era calmada, a veces había que alimentarse. Aquí aparece el bocadillo de mortadela con pepinillos. La típica barra siciliana de embutido rosado era loncheada y estratégicamente colocada a lo largo del pan. Sobre ella, los pepinillos extraídos del enorme bote avinagrado. Y de ahí al estómago de los agradecidos jovenzuelos.
La corriente empresarial consiguió engatusar a otros comerciantes, entre los que sobresale Jose, el de la Repos. La leyenda hablaba de que se trataba de uno de los mejores expendedores de litronas de Mahou de toda España. El cierre de la Chelo le reportó clientela, y el trato y servicio, la masificación. Clientes habituales como Polín, Javi el Negro o Vergaz todavía se lamentarán de su cierre.
Casi todo desapareció. El incremento del poder adquisitivo en el siglo XXI y la tendencia a frecuentar la parte baja de la ciudad terminó con casi todos ellos. Todavía nos queda la Maribel para suministrarnos condumio en San Mateo.
Pdta: dejemos un sitio para el recuerdo de todos aquellos ancianos que recorrían las calles empedradas para recoger los vidrios que nosotros vaciábamos. Ingente labor que no han sabido gratificar las casas comerciales y los divulgadores del “no reciclable”.
A menudo encontrábamos compañía a sus alrededores.
Y siempre estaban abiertas al público.
Se trataba de un trío de locales pequeños transformados en menudos ultramarinos que aprovecharon el momento para hacer clientela. De propiedad familiar, siempre quedarán en la memoria por el nombre femenino que los regentaba: La Chelo, La Milagros y la Maribel.
No existen estudios, de esos que publican en las páginas finales los periódicos, que aclaren si fueron el origen de lo que ahora se ha extendido como “botellón”. La mezcla y el calimocho, tan difundidos ahora, eran los productos estrella. Baratos, frescos y con algo más de alcohol que la cerveza. La pecunia no daba todavía para los cubatas. Aunque con el tiempo todo se desarrolló. Mientras se procedía al proceso de mezclar refresco y vino con la ayuda de un veterano embudo, se compartían comentarios con los habituales clientes que comían pipas apoyados en el quicio de la puerta, la barra de la tienda o el capó del coche más cercano. La barandilla de la plaza quedaba bastante alejada para algunos de ellos. Gente como Mapi, Joselo, Güiqui, los “Bombonas” o los “Buzones” tenían la categoría suficiente para escoger sitio. Su amistad ganada a base de pesetas así se la concedía.
Y aunque la sed era calmada, a veces había que alimentarse. Aquí aparece el bocadillo de mortadela con pepinillos. La típica barra siciliana de embutido rosado era loncheada y estratégicamente colocada a lo largo del pan. Sobre ella, los pepinillos extraídos del enorme bote avinagrado. Y de ahí al estómago de los agradecidos jovenzuelos.
La corriente empresarial consiguió engatusar a otros comerciantes, entre los que sobresale Jose, el de la Repos. La leyenda hablaba de que se trataba de uno de los mejores expendedores de litronas de Mahou de toda España. El cierre de la Chelo le reportó clientela, y el trato y servicio, la masificación. Clientes habituales como Polín, Javi el Negro o Vergaz todavía se lamentarán de su cierre.
Casi todo desapareció. El incremento del poder adquisitivo en el siglo XXI y la tendencia a frecuentar la parte baja de la ciudad terminó con casi todos ellos. Todavía nos queda la Maribel para suministrarnos condumio en San Mateo.
Pdta: dejemos un sitio para el recuerdo de todos aquellos ancianos que recorrían las calles empedradas para recoger los vidrios que nosotros vaciábamos. Ingente labor que no han sabido gratificar las casas comerciales y los divulgadores del “no reciclable”.
viernes, 26 de junio de 2015
70.- EL BUS DE LA PLAZA
Mientras esperábamos al sol frente al extinto cine Xucar planificábamos la tarde. La compañía, las viandas y las expectativas. Todas buenas. Ya habíamos descartado la subida por el "camino corto", pues hacía calor o no apetecía caminar.
Un sonido ronco e inconfundible pregonaba la cercanía del bus por Fermín Caballero. Tras guardar cola, subíamos los escalones y después de abonar las pesetas reglamentadas nos apretábamos lo más atrás posible, ya que en posteriores paradas nos invadirían más jóvenes. Gente reconocible, amiga o enemiga, que hablaba, reía y fumaba junto a ti. El reducido espacio se inundaba del humo del tabaco, de los aromas femeninos y de los sudores generales.
Una vez que iniciaba el ascenso del Puente de la Trinidad comenzaba la aventura. Con la incertidumbre de si conseguiría llegar arriba o a qué hora. De si el adoquinado de la calzada facilitaría el trayecto o se abrazaría a sus ruedas suplicándole clemencia. Nunca sufrimos ningún percance, avería o vuelco. No tengo la menor duda de que estuvimos expuestos a ello y de que el árbol de la curva del Escardillo también empujaba colaborando para que finalizara el viaje, pero la verdad es que el vetusto bus azul de la Plaza nos transportaba fielmente cada vez que se lo requeríamos.
No he podido conseguir ninguna imagen del cariñoso autobús del que hablo, pero intentaremos encasillarlo entre su antepasado y su nieto.
Un sonido ronco e inconfundible pregonaba la cercanía del bus por Fermín Caballero. Tras guardar cola, subíamos los escalones y después de abonar las pesetas reglamentadas nos apretábamos lo más atrás posible, ya que en posteriores paradas nos invadirían más jóvenes. Gente reconocible, amiga o enemiga, que hablaba, reía y fumaba junto a ti. El reducido espacio se inundaba del humo del tabaco, de los aromas femeninos y de los sudores generales.
Una vez que iniciaba el ascenso del Puente de la Trinidad comenzaba la aventura. Con la incertidumbre de si conseguiría llegar arriba o a qué hora. De si el adoquinado de la calzada facilitaría el trayecto o se abrazaría a sus ruedas suplicándole clemencia. Nunca sufrimos ningún percance, avería o vuelco. No tengo la menor duda de que estuvimos expuestos a ello y de que el árbol de la curva del Escardillo también empujaba colaborando para que finalizara el viaje, pero la verdad es que el vetusto bus azul de la Plaza nos transportaba fielmente cada vez que se lo requeríamos.
Las bajadas siempre fueron menos numerosas, pero mucho más ricas en anécdotas. Las que habíamos alimentado durante esa tarde-noche.
¡La conseguí! Meses después, pero ahí está.
viernes, 5 de junio de 2015
69.- DE CAÑAS (3)
Refugio matutino de los días de frío y agua, y salón de reuniones en las tardes de agua y frío. Un pequeño rincón próximo al Instituto y al Garito del Sastre que vino a sustituir al legendario banco en la intemperie del parque del Carrero.
Además de los, nunca desapercibidos, cambios físicos de la adolescencia, nuestros bolsillos comenzaban a manejar monedas, no muchas, y el carnet casi nos permitía votar en las recién incorporadas elecciones democráticas. Aun así, las cervezas todavía estaban a disposición de los futuros electores.
Cervezas compartidas en recipientes de litro, a los que en Madrid les llamaban “minis”. El precio de la caña todavía no nos permitía disponer de la ración individual, pero la participación colectiva de la ingesta cervecera hacía “pìña”, y servía para solicitar los apreciados aperitivos del local.
Detrás de la barra, su dueño. Jose. Sin acento. Con el aprendizaje familiar que el gremio le transmitió, consiguió hacer parroquia juvenil mientras mantenía la afianzada clientela. Sus bazas: la cerveza, los aperitivos, el cubilete, el tabaco y la música. Rock y pop tradicional, pero no tan comercial. Además de lo habitual en la época, allí se escuchaba Joe Jackson, Los Ilegales o Fabulosos Cadillacs. A su vera Manolo. Sucesor y regente actual de la esquina de la calle Colón. ¿Cuántos botellines nos habrá servido? Y a veces presente, pero al margen, Ann. Silenciosa y observadora.
Entre tertulias, partidas de cubilete o de mus, chascarrillos sexuales pasaron los años. Esas paredes no olvidarán nuestros rostros, nuestros olores ni nuestras voces, porque además de la perseverancia resistieron nuestros brochazos. ¡Memorables jornadas de pintores las que se vivieron en las tardes veraniegas! La conjunción era completa: predisposición y ofrecimiento del jefe, disponibilidad de bebida gratuita y ganas de pasarlo bien. No recuerdo que los resultados del trabajo fueran tan deplorables, aunque sí el estado de los autores. El caso es que aquella experiencia se suprimió en lo sucesivo, pero en nuestra memoria todavía perdura.
La empresa se propuso abrir camino en el mundo de copas nocturno. Así nació el Bataplán. Pero eso vendrá en otro capítulo.
Además de los, nunca desapercibidos, cambios físicos de la adolescencia, nuestros bolsillos comenzaban a manejar monedas, no muchas, y el carnet casi nos permitía votar en las recién incorporadas elecciones democráticas. Aun así, las cervezas todavía estaban a disposición de los futuros electores.
Cervezas compartidas en recipientes de litro, a los que en Madrid les llamaban “minis”. El precio de la caña todavía no nos permitía disponer de la ración individual, pero la participación colectiva de la ingesta cervecera hacía “pìña”, y servía para solicitar los apreciados aperitivos del local.
Detrás de la barra, su dueño. Jose. Sin acento. Con el aprendizaje familiar que el gremio le transmitió, consiguió hacer parroquia juvenil mientras mantenía la afianzada clientela. Sus bazas: la cerveza, los aperitivos, el cubilete, el tabaco y la música. Rock y pop tradicional, pero no tan comercial. Además de lo habitual en la época, allí se escuchaba Joe Jackson, Los Ilegales o Fabulosos Cadillacs. A su vera Manolo. Sucesor y regente actual de la esquina de la calle Colón. ¿Cuántos botellines nos habrá servido? Y a veces presente, pero al margen, Ann. Silenciosa y observadora.
Entre tertulias, partidas de cubilete o de mus, chascarrillos sexuales pasaron los años. Esas paredes no olvidarán nuestros rostros, nuestros olores ni nuestras voces, porque además de la perseverancia resistieron nuestros brochazos. ¡Memorables jornadas de pintores las que se vivieron en las tardes veraniegas! La conjunción era completa: predisposición y ofrecimiento del jefe, disponibilidad de bebida gratuita y ganas de pasarlo bien. No recuerdo que los resultados del trabajo fueran tan deplorables, aunque sí el estado de los autores. El caso es que aquella experiencia se suprimió en lo sucesivo, pero en nuestra memoria todavía perdura.
La empresa se propuso abrir camino en el mundo de copas nocturno. Así nació el Bataplán. Pero eso vendrá en otro capítulo.
viernes, 22 de mayo de 2015
68.- PARECIDOS Y NO IGUALES
Cuando la situación y las ideas no andan sobradas de argumentos que ayuden a tomas determinadas decisiones, os animo a descubrir un sencillo juego, muy propio de la hoja pasatiempos del SuperPop.
¿Quienes son estos personajes? Pues cualquier famoso que, cada vez que veo su rostro, me recuerda a un conocido nuestro. Y ahí os los dejo para que conectéis imagen con el nombre de su parecido.
Vuestro es el voto. Ahí están los "ciudadanos". Seguros que "podéis".
Y ya que hemos agilizado la mente, estamos preparados para seleccionar la papeleta a introducir en las cajas transparentes. El domingo volveremos a escuchar que todos han ganado, y en realidad llevan ganando muuuuuchos años.
Suerte a los representantes de pequeñas poblaciones. Sus vecinos no les defraudarán.
Suerte a los que apoyan a nuevas iniciativas. Seguro que saldrán favorecidos.
Y suerte a los que hayáis adivinado el acertijo, pronto se recompensará con una nueva entrega.
lunes, 4 de mayo de 2015
67.- LAS HOGUERAS
Aunque el origen de su celebración (según leo) es confuso, yo me apunto a seguir quemando.
Bien sea cartón, madera o trapos viejos.
Tengo vagos recuerdos de mi infancia. De tardes en las que los amigos del barrio buscábamos material combustible en los “oscuros terrenos” de la Estación, más allá del aparcamiento, lo que ahora está detrás del Mercadona y la “U”. En ocasiones ardía bajo nuestro control y en otra contribuía a engordar la hoguera del barrio de la Paz.
Es cierto que se ha perdido la tradición, y con ello las patatas asadas y las rondas con las botas de vino. Pero esto lo cuentan mejor en estos enlaces. Los dos primeros del incansable “Chicuelito” y el tercero publicado hoy en el diario local digital.
El día de hoy también me ha proporcionado una satisfacción personal. Alguien superior (en escalafón) a mí, ha perdido su condición. Y como dice el refrán “ a todo cerdo le llega….” Aplíquense el cuento todos los que luego vengan. Sus puestos son temporales, algunos más durareros que otros, pero inexorablemente caducos. Aviso también al resto de navegantes políticos que andan frotándose las manos.
“La hoguera” de Javier Krahe les puede servir de anticipo:
Es cierto que se ha perdido la tradición, y con ello las patatas asadas y las rondas con las botas de vino. Pero esto lo cuentan mejor en estos enlaces. Los dos primeros del incansable “Chicuelito” y el tercero publicado hoy en el diario local digital.
“La hoguera” de Javier Krahe les puede servir de anticipo:
Es un asunto muy delicado
el
de la pena capital,
porque además del condenado,
juega el gusto de cada cual.
Empalamiento, lapidamiento,
inmersión, crucifixión,
desuello, descuartizamiento,
todas son dignas de admiración.
Pero dejadme, ay, que yo prefiera
la hoguera, la hoguera, la hoguera.
La hoguera tiene qué sé yo
que sólo lo tiene la hoguera.
lunes, 13 de abril de 2015
66.- MIS CINES
Hubo un tiempo en el que en Cuenca había más cines que polideportivos. Época en la que las salas oscuras servían incluso para algo más que para ver películas. Y de eso se yo, que oficié de “escopeta” en Acorralado. Fue en el Xucar, cuando era el único que sobrevivía a la amenazante incorporación de los multicines.
El Xucar destacaba por los estrenos. Todavía recuerdo la cola en la acera para ver “ET”. Familias enteras se arremolinaban junto a sus escalones, y salían con lágrimas en los ojos deseando recomendarsela al resto de sus conocidos.
La taquilla infantil quedaba a cargo de los cines Alegría y Avenida. El paso del tiempo jubiló al primero y las aventuras de Tarzán fueron sustituidas por las de Pajares y Esteso en el segundo caso. Dobles sesiones, júbilo y jolgorio en la sala hasta el apagón de luces. Luego exclamaciones y admiración ante lo que en la pantalla se proyectaba.
Dejo para el final al cine España. Un entorno prohibido para los menores. El promotor de las “S”, de Emmanuelle y todo lo que vino después. Entre escarceos pubertinos logramos entrar a alguna de sus sesiones. ¡Qué aburrimiento y sopor en la sesión del "Impero de los Sentidos"! Aunque lo que más recuerdo es del ciego aprendiz de diálogos en "La muerte tenía un precio".
Pero además, nos aportaban unión, curioseo y habilidades manuales. Algunos más que otros. Ya no sólo entre butacas, sino frente a los paneles de corcho que mostraban los carteles y fotografías de las películas expuestas. Algunas de esas chinchetas terminaron en los bolsillos de mis pantalones, al igual que los cartones e imágenes que sostenían. Todavía guardo entre carpetas la de una nave caza replicantes de Blade Runner.
Después abrieron los Multicines. Lejanos. Con salas minúsculas e impersonales. Coincidía con la llegada de los VHS, pero ese paso rompió la relación que el cine tenía con los conquenses.
Ahora no se lo que hay. Hace años que no los piso. Se que el sonido es atronador, las imágenes casi reales, (incluso con unas gafas de cartón generan vértigo) pero el ruido de las palomitas y de los dedos buscando en el interior de las bolsas de snacks no me permiten asistir.
Los ciclos de cine deportivo, amateur o de documentales servían para pasar una tarde cultural mientras huíamos del frío ambiente de la calle. Bien en los salones de la Caja de Ahorros del Parque San Julián, o de la Biblioteca, podíamos disfrutar de películas que en situaciones normales nunca hubiéramos visto.
Y ya en Madrid, alguna que otra asistencia a sesiones maratonianas en el Santa Mª, donde llegábamos a ver cinco o seis películas seguidas, sin más descanso que el de acercarse a la barra de la cantina o a evacuar líquido. Como premio a los tenaces espectadores, se remataba la función con algunas más subidas de tono que hacían enforverecer al público asistente. Tanto, que hasta la policía tenía que personarse, avisada por molestos vecinos, y fracasaba en su intento de apaciguar los exaltados ánimos.
El Xucar destacaba por los estrenos. Todavía recuerdo la cola en la acera para ver “ET”. Familias enteras se arremolinaban junto a sus escalones, y salían con lágrimas en los ojos deseando recomendarsela al resto de sus conocidos.
La taquilla infantil quedaba a cargo de los cines Alegría y Avenida. El paso del tiempo jubiló al primero y las aventuras de Tarzán fueron sustituidas por las de Pajares y Esteso en el segundo caso. Dobles sesiones, júbilo y jolgorio en la sala hasta el apagón de luces. Luego exclamaciones y admiración ante lo que en la pantalla se proyectaba.
Dejo para el final al cine España. Un entorno prohibido para los menores. El promotor de las “S”, de Emmanuelle y todo lo que vino después. Entre escarceos pubertinos logramos entrar a alguna de sus sesiones. ¡Qué aburrimiento y sopor en la sesión del "Impero de los Sentidos"! Aunque lo que más recuerdo es del ciego aprendiz de diálogos en "La muerte tenía un precio".
Pero además, nos aportaban unión, curioseo y habilidades manuales. Algunos más que otros. Ya no sólo entre butacas, sino frente a los paneles de corcho que mostraban los carteles y fotografías de las películas expuestas. Algunas de esas chinchetas terminaron en los bolsillos de mis pantalones, al igual que los cartones e imágenes que sostenían. Todavía guardo entre carpetas la de una nave caza replicantes de Blade Runner.
Después abrieron los Multicines. Lejanos. Con salas minúsculas e impersonales. Coincidía con la llegada de los VHS, pero ese paso rompió la relación que el cine tenía con los conquenses.
Ahora no se lo que hay. Hace años que no los piso. Se que el sonido es atronador, las imágenes casi reales, (incluso con unas gafas de cartón generan vértigo) pero el ruido de las palomitas y de los dedos buscando en el interior de las bolsas de snacks no me permiten asistir.
Los ciclos de cine deportivo, amateur o de documentales servían para pasar una tarde cultural mientras huíamos del frío ambiente de la calle. Bien en los salones de la Caja de Ahorros del Parque San Julián, o de la Biblioteca, podíamos disfrutar de películas que en situaciones normales nunca hubiéramos visto.
Y ya en Madrid, alguna que otra asistencia a sesiones maratonianas en el Santa Mª, donde llegábamos a ver cinco o seis películas seguidas, sin más descanso que el de acercarse a la barra de la cantina o a evacuar líquido. Como premio a los tenaces espectadores, se remataba la función con algunas más subidas de tono que hacían enforverecer al público asistente. Tanto, que hasta la policía tenía que personarse, avisada por molestos vecinos, y fracasaba en su intento de apaciguar los exaltados ánimos.
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