miércoles, 24 de marzo de 2021

109.- UN AÑO DE PANDEMIA FICCIÓN.

Hastiado de la situación actual volvía a casa apremiado por la hora del toque de queda marcada por las autoridades sanitarias. En mi trayecto crucé caminando el amplio y solitario aparcamiento de un hipermercado cuando súbitamente escuché por la megafonía exterior: “les recordamos que por su seguridad y la de todos…….”. De repente me vi paralizado, vestido con un uniforme de trabajo de color azul gastado, como Winston Smith mientras escuchaba los mensajes de su GH. “Y pensó en la telepantalla, que nunca dormía, que nunca se distraía ni dejaba de oír (…)”. Volví a sentir la misma sensación de flaqueza que nos inundó un año atrás, al mismo tiempo que recordaba escenas de películas, pasajes de novelas, o capítulos de series de TV en las que este mundo ya estaba representado.

Continuando con 1984, “constituía un terrible peligro pensar mientras se estaba en un sitio público o al alcance de la telepantalla. El detalle más pequeño podía traicionarle a uno. Un tic nervioso, una inconsciente mirada de inquietud, la costumbre de hablar con uno mismo entre dientes, todo lo que revelase la necesidad de ocultar algo”. Con esta amenaza mantenían la distancia los clientes en la cola de pago del supermercado. Como autómatas, cabizbajos y ausentes, esperaban su turno respetando las normas impuestas. Fueron los primeros síntomas del hundimiento social al que estaba llegando la población tras las numerosas semanas que se mantuvo confinada. Luego, en casa, se repetía el ritual de lavados integrales, desinfección de ropas, esterilización de paquetes, incluso de comidas. La guerra contra lo dañino había comenzado y todavía no ha finalizado. 

Los órganos competentes encargados de combatir este virus solicitaron la colaboración de algunos grupos de compañeros de trabajo. Casi sin preparación ni formación se lanzaron a las calles como las antiguas cruzadas a los campos de batalla. Cubiertos con equipos de protección improvisados y con mochilas de pulverización a sus espaldas fumigaron durante días el mobiliario público, las fachadas y dependencias más vulnerables. Hacía poco que había terminado de ver la serie Chernóbil. Una imagen me vino a la mente. 




Otra estrategia adoptada por los expertos para su diagnóstico convergía en la necesidad de conocer, con suficiente antelación, qué personas estaban afectadas por la enfermedad. El método utilizado, en plena era digital, para extraernos una muestra de mucosa consistía en introducir un bastoncillo por el orificio nasal (como si quisieran implantarnos recuerdos). Schwarzenegger en Desafío Total buscaba el suyo: “acabo de pensar algo terrible, y ¿si es un sueño?”. “Pues bésame antes de que despiertes”, le contestaba la chica de sus sueños. 





Varias escenas basadas en metodologías futuristas empleaban máquinas de reconocimientos faciales, de lectura de retinas o de huellas digitales, fueron imitadas en las puertas de los centros oficiales, comercios y oficinas. El empleado encargado, con termómetro de infrarrojos en mano, certificaba que la persona a la que medía la temperatura corporal entraba a sus dependencias con la garantía de salud suficiente para no contagiar a los demás. Así que, dentro de mis rituales laborales, he descubierto que mi temperatura media anda por los 35ºC, llegando a registrar menos de 34ºC en algunas ocasiones. 

A falta de contacto físico, los amigos y familiares tuvieron que emplear sus dispositivos móviles para conectarse. Entablar una conversación, incluso mediante una videollamada en grupo, sirvió para mejorar el estado de ánimo y comprobar la salud de los seres queridos, pero también para criticar y mofarse de las autoridades, de los políticos y de los mandamases, ajenos a que el GH ya acechaba y contralaba las redes sociales. Por supuesto, aplicaron la censura digital. Los envíos masivos tuvieron que limitarse y algunos mensajes fueron eliminados de la opinión pública. Orwell volvía a emerger: “sólo la Policía del Pensamiento leería lo que él hubiera escrito antes de hacer que esas líneas desaparecieran incluso de la memoria. ¿Cómo iba usted a apelar a la posteridad cuando ni una sola huella suya, ni siquiera una palabra garrapateada en un papel iba a sobrevivir físicamente”. 

Poco después, casi sin darnos cuenta, comenzamos a inundar las calles, los bares y comercios, sin percatarnos de que dos gomillas sujetas a nuestras orejas impedían contemplar nuestros rostros y, sobre todo, de que disfrutáramos de las sonrisas tan necesitadas de ver y compartir. La psicosis latente entre los personajes de los 12 Monos empapó la sociedad. La mascarilla pasó a convertirse en una prenda imprescindible. Ya no sólo por ser obligatoria, sino porque nos protegía de lo desconocido. Garantizaba salud a la vez que futuro. La ignorancia del usuario novato ofrecía distintas versiones, diversos modelos, diferentes materiales. La protección o la estética. Dos series míticas me vinieron a la memoria. Mi favorita y Lost. 



Necesito salir de mi ciudad de adopción y los gobernantes no me dejan. En la película “La Isla” los protagonistas vivían controlados en una colonia, supuestamente por su propio bien, con la única opción de ser elegidos por sorteo para que consiguieran marchar a su paraíso.  No pienso esperar lo que dictamine el azar, la necesidad me obliga a que en mi equipaje incluya un salvoconducto que me proporcione el beneplácito del agente al mando en el control de carretera. Desgraciadamente, sólo secuencias de películas bélicas me traen recuerdos similares. Sujetos exiliados, huidos o convictos. No considero que me encuentre entre ninguna de estas opciones, pero la normativa me lo hace parecer. No estoy de acuerdo, estoy que trino. La huida urge. 

Sólo falta otro “Aló Presidente” en TV. Prefiero ver como pierde el Madrid. 
“Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado”.

domingo, 14 de marzo de 2021

108.- PASAPALABROS

Os invito a participar en este juego donde podréis comprobar el grado de participación en vivencias comunes y vuestro conocimiento del entorno que nos acompañó durante el periodo de años en el que cambiamos de siglo. 




A. Muchacho que nos dejaba tocarle las tetas … a sus vacas.
B. Propietario del loro que chillaba mientras asaltábamos el jamón de su cocina.
C. Lugar donde Aldo participó en una memorable gallinita ciega. 
D. Bar de nombre cervantino con largas partidas de cubilete (entre las que destaca una mano histórica de resolis el día de navidad de 1987). 
E. Moza también llamada “dientes de sable”. 
F.  Primera palabra que os venga a la mente con la letra "efe". 
G. Onomatopeya pronunciada por un extraterrestre flotando en el Escabas.
H. Acción muy usada por el Skipy consistente en emitir palabras. 
I.  País de origen del músico al que fuimos a ver en Metro mientras jugábamos a despistar al Soso. 
J.  Pinchadiscos bajito, simpático y semanasantero. 
K. Animal que imitaba un amigo subiéndose a los árboles en La Frontera. 
L. Comercio conquense que nos proveía de los troncos de nata. 
M. Personaje que amenazó a Valentín con quemarle la tienda “otra vez”. 
N. Ocasiones en las que las chicas han organizado una comida. 
O. Número asignado al ganador del concurso de gachas del 2009. 
P. Válido tanto para nombrar al humorista de bajo nivel o para ir a tomar los botellines más fríos. 
Q. Contiene la Q, apellido de “El Truja”. 
R. Local conquense que compitió a nivel nacional como superventas de litronas.
S. Apodo utilizado para nombrar a un grupo de mozas que frecuentaban el Vaya. 
T. Equipo de futbol sala patrocinado por el Bar Zaida. 
U.Ave conocida por su característico canto en época nupcial imitado formidablemente por cierto conquense en estado de excitación.
V. Famoso tema de los Boney M versionado por el mismo cantante de "Anturce".
W.Zona del bar donde los mozalbetes usaban sus artimañas para espiar al sexo opuesto.
X. Contiene la X, medio de transporte utilizado por los “troner” al perder el autobús en la despedida de soltero del Potasio. 
Y. Contiene la Y, amor platónico del ET a la que cortejaba en clase con su “peto”. 
Z. Bellas hermanas objeto de destino de nuestros cánticos en el mes de mayo.



ANULADAS por desconocimiento, confusión y despropósito del autor del blog:
  • U. Apellido de portero de fútbol conquense conocido por su miembro viril.
  • W.Garito donde, en la noche vieja de 1989, le regalaron a Javi unas bragas. 

Debido a la reclamación de un jugador, la letra Z está en proceso de revisión en la sala VAR. 

sábado, 13 de febrero de 2021

107.- AUTOESTOP

Me cuesta admitir que las costumbres pierden fuerza al mismo paso que la sociedad se desarrolla. Algunas permanecen y otras evolucionan. Mientras que la tecnología perfecciona unas, otras se degradan por falta de uso. Algo parecido le ocurrió al atrevido gesto de mostrar el dedo pulgar en terrenos ocupados por las cunetas.

Desconozco su origen pero, al igual que vosotros, estaría perfectamente capacitado para iniciar un estudio didáctico acerca de sus características basado en experiencias vividas, no en vano, en los ochenta (otra vez asoman los ochenta) era el medio de transporte más económico y arriesgado del momento.

De aparente sencilla técnica, sólo se necesitaba un buen lugar para situarse, escaso equipaje y aseado aspecto, nunca imprescindible, aunque al menos eso garantizaba una mayor probabilidad de éxito. El porcentaje de fracaso  superaba al de victoria, pero la estadística saltaba por los aires con el simple hecho de que te abrieran la puerta.

La provincia de Cuenca es grande, de las que más. Sus distancias, tan cortas en el mundo digital, se convertían en largas travesías en aquellos tiempos de juventud. Conocimos campos poblados de pastores, de tractores cosechando, o carreteras visitadas por camiones cargados de madera y por ciclistas solitarios. Y en cualquier cruce de caminos, el sitio ideal donde apostarnos con el compromiso de seducir al próximo conductor y, en el peor de los casos, al siguiente. 

Cualquier viaje era una aventura. Se iniciaba con incertidumbre, como una final deportiva. Podías pasar de ser un mero acompañante de un sudoroso camionero a disfrutar de un placentero trayecto en un coche de alta gama, con Nabucco sonando en los altavoces, guiado por las estrellas al compás de las curvas que nos llevaban hasta las fiestas de mi querido pueblo serrano. También te podías encontrar, en plena carretera de montaña, como uno de tus amigos se bajaba de un taxi que lo había llevado a dedo hasta allí, cerca del río que lo escuchó balbucear "guifu". Siempre tuvo un dedo mágico.

El zurrón de lecciones de nuestras abuelas siempre contenía el consejo de llevar la muda limpia a la hora de viajar. No es que las fuerzas de orden público nos sometieran a la inspección ocular de gayumbos y calcetines, pero un aspecto higiénicamente saludable facilitaba la consecución del objetivo, que no era otro que acercarnos a nuestro destino con el menor esfuerzo  físico y económico. Aunque tampoco era garantía de premio, porque el destino nos colocaba en la  balanza frente a la voluntad del piadoso conductor que nos veía apostados en la carretera. Y ahí, en esos escasos segundos donde se cruzaban las miradas, el que llevaba el volante decidía. Eso sucedió una tarde en el que bajo el sol veraniego, acechantes en el cruce del Ventorro, con dirección a la Frontera,  un Seat no frenó, provocando el monumental enfado del Potasio que vociferaba e insultaba al conductor y que no era otro que nuestro barbudo profesor de geografía. 

Volvamos al mundo actual. Imagina un grupo de amigos en edad universitaria disfrutando de un fin de semana en la playa de Cullera. Una vez gastado todo el dinero, dos de ellos deciden volver a casa. Con su aspecto resacoso y somnoliento, provistos de una pequeña mochila por cada espalda, se colocan en un cruce alternando el turno para mostrar el dedo a la infinidad de vehículos que pasan a su lado. Sin perder la esperanza, y tras muchos minutos de espera un pequeño turismo con el distintivo de alquiler pegado en el cristal se detiene junto a ellos y les pregunta “¿adónde vais?”. “A Cuenca” responden al unísono. “Yo voy a Madrid, pero os puedo dejar cerca”, contesta la conductora que asoma algo más la cabeza por el habitáculo del coche, dejando atónitos a los muchachos. “Perfecto, podemos ir hasta Motilla del Palancar, gracias”. Exultantes de alegría abren las puertas y descubren a una brasileña vestida para combatir el calor de ese mes de julio, con un top de tirantes y minifalda. Agradecidos por el viaje tan seductor, charlan por el camino sobre las vacaciones que está disfrutando en España y el encuentro con su madre en Madrid. Por fin se detiene en el pueblo en destino donde les invita a un café como detalle de despedida. Mientras se alejaba de nuevo por la autovía, el Rubio y yo nos miramos perplejos, sin saber qué decirnos, quizás confusos porque aquel caramelo hubiera sido tan desaprovechado. ¿O no? ¿Qué hubiera ocurrido a día de hoy?

 


Gracias a este medio de transporte pude asistir a clase en mi época albaceteña. ¡Cuantos días de frío en la carretera de Las Peñas esperando compañeros que me recogieran! Y sobre todo, ¡cuántos viajes a Cuenca con los que evité el sufrido recorrido que me ofrecía el autobús que transitaba por media Mancha hasta llegar a mi casa!

Más que la desconfianza o el miedo a las malas compañías, las nuevas vías de comunicación y las restricciones normativas consiguieron exterminar esta práctica. Ahora se paga por lo mismo pero conociendo de antemano el modelo de coche y los hábitos del conductor. ¡Qué cosas!

miércoles, 9 de diciembre de 2020

106.- EL ÁRBOL DE NAVIDAD

Aunque el origen del árbol de navidad parece que proviene del centro de Europa, en mi historia personal representa el inicio de la Navidad. 


Al contrario de lo que nos marcan los anuncios publicitarios, en mi casa llegaba a mediados del tiempo de Adviento, cuando acompañaba a mi padre a un rincón de la serranía conquense a aligerar del repoblado a algún ejemplar antes de que llegara a engrosar en latizal. Pese a que, afortunadamente, nuestros montes gozaban de buena salud, la selección del ejemplar adecuado llevaba su tiempo. De buen porte, con la altura adecuada para que encajase en un piso, de brillo y color llamativos. La especie variaba en función del destino, pero podría asegurar que los albares secuestrados ganaron por goleada a los laricio. Los de hoja más pequeña, rectos de fuste y con la corteza naranja eran más valoradas que las de su vecino negral. 

Antes de que los ecologetas de panfletillos dominicales viertan su opinión, les advertiré que el conocimiento del entorno es fundamental para comprender las tradiciones y, sobre todo, el buen manejo de los productos naturales. Y sí, esos brazos que cortaban el tronco lo habían hecho en su juventud cientos de veces. Era parte de su trabajo, anterior al del teclado. 

Cuando al final del siglo XX llegaron nuevas normas de protección (comprensibles, por otra parte) esta práctica fue prohibida. Como alternativa la fábrica de madera de propiedad municipal ofrecía parte de las cortas a los vecinos para decorar sus hogares. Sin embargo, a mi casa seguía llegando un buen ejemplar reservado por un tío mío que fue trabajador durante muchos años de esa empresa local. 

Pero lamentablemente a toda época le llega su vencimiento. Y lo natural dio paso a lo artificial, como canta el Rulo “y en los escaparates, detrás de los cristales, se burlan de ella las flores artificiales. No necesitan aire, tampoco primaveras, no necesitan agua, ni nadie que las quiera.” Así es, rellenan el salón, los disfrazamos de cintas y bolas, pero han perdido el espíritu original por el que los bárbaros eligieron estas pináceas ante otras especies. Las hojas perennes y verdes representan la vida eterna, y esto debería ser un motivo para fomentar los adornos en los parques, jardines y balcones de nuestras ciudades. Así los disfrutábamos en los jardines de la Diputación, en la plaza de la Hispanidad o en el parque San Julián. Deberían estimular el ánimo que tan dañado ha sido este puñetero año.

Acebo, musgo y pino. Verde, verde y verde. Todos prohibidos por la insensatez del urbanita. En mi época universitaria el pino de navidad se convertía en uno de los mejores ingresos para financiar viaje de fin de curso. Como futuros forestales, viajábamos hasta Cazorla a recoger cientos de árboles que luego serían vendidos en las calles de Albacete. La jornada iniciaba con un viaje amenizado como los jóvenes ochenteros solían hacerlo. Tras almorzar en el lugar de destino el guarda de la zona nos indicaba los ejemplares a clarear. Una vez organizados por grupos y tareas íbamos cargando el camión que los trasladaría hasta la ciudad. El proceso de venta en puntos estratégicos era más tedioso, pero el resultado valía la pena. 



Este año ya lo tengo visible en un rincón del comedor junto al belén compuesto por figuras murcianas. Ha sido vestido por mi familia con el deseo de que el próximo año sea mucho mejor que el que se va. Ojalá sea así. Seguro

domingo, 25 de octubre de 2020

105.- CRONOLOGÍA DE LO ESPERADO

DIA 9: AL PUEBLO. Un viaje con ilusión al territorio abandonado, alejado del peligro.

DIA 10: LA CHISPA. Centro social del pueblo en estos días de otoño. Cerveza, diálogos y risas simples, sin rodeos.

DIA 11: LA CAÍDA. Un paso en falso y al suelo desde varios metros. Golpetazo de espaldas contra los escalones. Ambulancia para Cuenca. Costilla rota pero sin más daños internos. Vuelta a casa.

DIA 12: EL VIAJE. Volvemos a nuestro hogar con la sensación de habernos librado de un mal mayor.

DIA 13: EL BANDO. Llega la noticia del contagio con foco en el bar visitado. La preocupación es inevitable.

DIA 14: LOS RUMORES. Comienzan a aparecer los primeros positivos, algunos de contacto directo. La espada se alza sobre nosotros.

DIA 15: POSITIVO. Amelia confirmada, y los demás con casi toda seguridad. Iniciamos ronda de avisos al resto de contactos próximos.

DIA 16: NERVIOS. A la espera de pruebas seguimos alertando al resto de amigos y familiares que hayan podido contagiarse.

DIA 17: EL PCR. Prestos a recibir el bastoncillo por el orificio nasal. Trámite rápido y a casa. A esperar

DIA 18: POSITIVOS. Lo previsto, dos más. Miradas silenciosas entre nosotros.

DIA 19: PLENO. Santi también. Le ha costado conseguir la prueba fuera de su domicilio habitual. Cuatro horas en urgencias.

DIA 20: LA BUROCRACIA. El mundo de las autonomías. Gestiones telefónicas infructuosas ante un caso tan evidente por el mero hecho de vivir en un territorio distinto al de tu domicilio.

DIA 21: EL GUSTO. Amelín pierde el gusto. Ni chocolate ni ensalada. Ni fruta ni carne. Pobrecilla, pero lo lleva bien.

DIA 22: SUEÑO. No puedo dormir más de dos horas de un tirón. La costilla se me clava como si tuviera una nuez atada a los riñones.

DIA 23: LA PLACA. Varios días con cansancio acumulado y fatiga. Mi doctora propone revisar ese torso. Alivio. El bicho no afecta.

DIA 24: LA CAMA. Primera noche que duermo tumbado. ¡Qué sensación de descanso!

DIA 25: ESTADO DE ALARMA: Justo cuando salimos del pozo ¿volveremos al mes de marzo pasado?

viernes, 2 de octubre de 2020

104.- LAS TECLAS

No sé si me da más vértigo ver a los chavales escribir con los pulgares a la velocidad del rayo sobre una pantalla táctil de escasas pulgadas o intentar leer el resultado escrito sobre la pantalla de mi dispositivo cuando lo hago a mucha menos velocidad.

Los muchachos de “nueva generación” han adquirido esa habilidad de compaginar los emoticonos, las abreviaturas tipo ”salu2”, “qenk “ o “qtpsa” (que pienso yo, ¿tanto ahorran en comerse una sola letra?), con la rapidez en la escritura y la compresión de lo inteligible. Sin embargo, cuando colocan sus manos sobre el teclado en una mesa, muy pocos son los que utilizan los diez dedos para presionar. Con dos tienen suficiente, a lo sumo cuatro. Han crecido conociendo la distribución de las letras. Sitúan sin dudar la “a” a la izquierda de la “s” y la “b” junto a la “v” (qué gran acierto de C. L. Sholes al colocarlas ahí, muchas faltas de ortografía se lo agradecerán justificando un despiste), pero muy pocos han practicado con la famosas secuencias “ded” “kik” o “ñpñ”. 

En las visitas a la oficina de mi padre, observaba con atención como él tecleaba a un ritmo muy vivo con ese automatismo de los cuatro dedos.  Pero lo que en realidad me asombraba era ver a mi hermano  golpeando con los diez dactilares con una rapidez endiablada. Yo quería hacer algo igual, y la respuesta fue muy simple: “practica”, contestó mi padre. Y así, poco a poco, con un libro de método práctico de mecanografía comencé a adquirir la pericia necesaria para poder escribir un simple párrafo en menos de un mes. Gasté mucha cinta correctora, algún que otro folio, e incluso llegué a colaborar con las tareas propias de la oficina haciendo seguros de caza utilizando los sucios calcos que garantizaban una copia para el cliente. 



 Algunos de vosotros cogisteis el camino más rápido y seguro: “Meca-rapid”. Todavía recuerdo esperar a la salida de clase en el pasaje de la calle Colón las tardes frías de invierno. 

¿Quién no se aturullaba cuando la cinta de tinta se arrugaba o se hacía un pliegue? ¿En cuántas ocasiones había que colocar el folio bien para que no se torciera? 

Confieso que años después todavía me falla el meñique derecho y en ocasiones me adelanto al pulsar la tecla de la tilde. Pero lo que no llego a conseguir es escribir “Murcia” a la primera. Es una palabra que utilizo decenas de veces a lo largo del día, pero casi siempre debo rectificar. “Mrucia” es el resultado, aunque en honor al Pepi casi prefiero escribir “Mugcia”. Creo que me será más fácil.

jueves, 21 de mayo de 2020

103.- BUENAS NOCHES

Cuando teníamos apenas nueve años vivimos la muerte del caudillo, del dictador, del generalísimo o como diablos se le tenga que llamar.

Esa edad tenía mi padre cuando comenzó la puñetera guerra. Poco antes de partir hacia lo desconocido escribió sobre un libro en blanco sus memorias de juventud. Muchas de ellas condicionadas por los acontecimientos que afectaban a su pueblo y a su gente. Entre sus párrafos destaca una frase subrayada “¡Qué recuerdo más desagradable!”. Con todo eso, y teniendo sus tendencias políticas (para no tenerlas después de lo que tuvo que vivir), nunca nos inculcó rencor ni odio. Fue un padre más de la transición, como los políticos que nos representaron en los ochenta y que tantos elogios recibieron (ahora vilipendiados por jóvenes sin escrúpulos o sin formación).

Hoy, paseando, me he cruzado con un niño que tendría esos mismos años. Jugaba con dos hojas de morera, grandes y carnosas. Alzaba los brazos al compás que movía la cabeza, como si quisera perfilar la estela de un avión. Mientras seguía caminando me he preguntado “¿a quién descubrirá de adversario dentro de pocos años? “.
Nosotros crecimos sin esa sensación de tener que discutir permanentemente contra un vegano, un taurino, un vecino de comunidad autónoma o una niña. Simplemente nos divertíamos y vivíamos intensamente el momento. Acaso algún rifirrafe con el rival deportivo con el que compartías cerveza para el ver el partido. Siempre ha existido la diversidad de pensamiento y de ideales, pero las disputas políticas quedaban en el parlamento. ¿Para qué complicaciones? Eso, ahora, lamentablemente no es así. Quizás sea culpa nuestra por haberlo dejardo pasar, quizás porque alguien esté muy interesado en crear y mantener este clima de crispación. De lo que estoy seguro es que esta situación no es nada halagüeña y que nosotros podemos aportar algo positivo a todo esto: no fomentarlo entre nuestros descendientes. Ellos finalmente decidirán su destino cuando sean mayores, pero no debemos influirles y, sobre todo, alentarles a moldear un carácter “anti lo que sea”. Difícil tarea cuando estamos navegando en un buque sin timón y con las olas golpeando incesablemente el casco, al tiempo que el pasaje presagia un naufragio del que hay que salvarse, aunque sea a costa del prójimo con el que no hace mucho estuviste tomando una copa en el bar de la cubierta.




Cuentan que Pio Baroja decía que “el territorio nacional se divide en dos campos enemigos irreconciliables, sin que sirvan para aplacarlos y llevarlos a un ambiente de tolerancia las voces de algunas personas sensatas.” Un siglo después seguimos igual. Será otro ciclo paralelo a la pandemia o un torbellino de desplantes y exabruptos que nos atizan como un boomerang.

Es el texto más triste que he subido desde que abrí este blog. Ni la pérdida de grandes amigos o familiares me animó a divulgar la sensación de agotamiento y desesperanza que me produce leer a diario la prensa, escuchar las noticias y ver el comportamiento de algunos inciudadanos.

Buenas noches, y buena suerte. Precioso objetivo de una (ya desdichada) frase que repitió en un debate, emulando al periodista americano, aquel sujeto con el que se inició todo este ring. Seguro que su fondo guardaba una intención distinta al resultado obtenido.

lunes, 4 de mayo de 2020

102.- EL TRANSISTOR

Cincuenta y pico días de confinamiento. Nunca pensé que tendría un salvoconducto personal para viajar. Me he sentido como un espía de la Alemania oriental tras el telón de acero.

También he descubierto las opciones culinarias que ofrece el horno de mi cocina, los beneficios sociales de los operadores telefónicos, la congoja que se acumula al ver pasar una primavera sin Semana Santa, la tristeza que invade los rostros de los compradores mientras guardan cola para pasar por caja, y lo largo que se hace un fin de semana sin fútbol.

Pero también me he reencontrado con la magia de la radio, una compañera ejemplar a cualquier hora del día. Alsina la homenajeó hace unos días y me hizo recordar mis tardes juveniles, mis noches universitarias y mi soledad laboral en soltería. El proceso de desbroce entre el escalafón de mitos radiofónicos ha dado como resultado mi particular catálogo. Comencemos.

 “Bajo la sensación del cloroformo, me hacen temblar con alarido interno, ….” Quizás los lectores de Valle-Inclán reconozcan el soneto. Yo lo memoricé escuchando “Rosa de Sanatorio”, en Radio 3, por permanente consejo de mi amigo Pablo. Tamboriles y dulzaina iniciaban este peculiar programa que ofrecía buena música intecalada con obscenos relatos y reflexiones delirantes.
Disfruté mucho del programa nocturno que me ayudó a amar el cine pese a seguir sin comprender lo incompresible. Han pasado 35 años y continúo sin entender la simbología del famoso monolito. Y mira que Pumares ponía todo su empeño. ¡Qué genio gastaba! Emisiones muy tardías, porque delante hablaba Supergarcía, aunque yo fui de los que me había mudado a de la Morena.

La colección de los mejores humoristas del panorama de los ochenta se juntaba en el Debate sobre eel Estado de la Nación de Protagonistas. Del Olmo intentaba poner orden en aquél dislate de opiniones, en el que para mí, la figura principal era el maestro del levante español y compañero de viaje del bajito conquense: el gran Tip. Al igual que todavía mantengo en mi memoria párrafos completos de otros genios del humor como Gila o Les Luthiers, no puedo olvidar la anécdota que contó acaecida en una taberna de su ciudad natal. La respuesta que el beodo cliente le dio a Don Federico todavía la utilizo como coletilla cuando la causa está casi perdida mientras mis compañeros de batalla me miran con perplejidad.



Casi inexistentes escuchas de la emisora local me trasladan a la tardes de música del momento. Las dedicatorias ñoñas de oyentes enamorados precedían las canciones elegidas hacia su ser querido, acompañadas de la sosegada y grave voz del inconfundible J.M.M. Musso.
Mejor música se emitía en la Cadena del Vater. Ahí conocí al incasable Pirata y en su dial escuché por primera vez Días de Escuela, la canción que siempre nos evocará a nuestros primeros años entre pupitres.

Imagino que muchos estaréis echando de menos a Radio Bigarda. En mi defensa debo recordaos que ya le dedicamos en su día un especial en el artículo nº 14 de este blog (http://asturislandia.blogspot.com/2013/02/radio-bigarda.html).

lunes, 13 de abril de 2020

101.- ODA A LA AMISTAD

En plena cuarentena del episodio más extraño que nos ha tocado vivir alguien ha recogido el guante lanzado por mi hace unos días y me ha enviado este documento, que llama relato. Anónimo es y anónimo seguirá.


"Qué difícil resulta empezar un relato dedicado a la amistad que profesas a tus colegas. Emergen tantos sucesos, tantos momentos compartidos, episodios de toda índole y condición que se agolpan, se solapan, te llevan imperiosamente de una vivencia a otra, como si de una corriente de agua en plena inundación se tratara, y te arruinan el proyecto desde su mismísimo embrión. Pero cómo conmueve recordar la película de nuestra vida en comunión. 

Allá entre el año en que Lou Reed iniciaba su carrera en solitario y el que la Holanda de Johan Cruyff y Neskens disputó la final de un mundial de fútbol, la alineación de los astros concitó a un pequeño grupo de bisoños estudiantes en la Aneja y alumbró el germen que les acompañaría hasta nuestros días. 

Ni los más optimistas vaticinarían en aquel momento que ese alumbramiento permanecería pétreo, casi medio siglo después, como la caliza de las hoces que lo vio nacer. 

El rescate, las chapas, el gua, el chompo y el fútbol de placeta fueron consolidando ese embrión. Creció un vínculo de unión inseparable, hilos enhebrados en un imaginario telar que fueron tejiendo los valores del compañerismo, la solidaridad y la fidelidad. Ese patio de la Escuela catapultó a la más alta estima el sentido de la amistad que afloró entre ese grupo de niños.

El Ramón y Cajal resultó ser el otro gran vivero de esta singular familia. Un pequeño ejército de este otro colegio fue a nutrir el grupo, elegidos de la ciencia infusa que se sumarían a la pandilla. Y ya sería en el instituto donde se completaría el equipo, con excepcionales incorporaciones. 

Qué influyente es la selección de tus amigos. Pero me pregunto, ¿qué fuerza sobrenatural intervino en esa suerte?, ¿qué criterios son los que guian la elección de tus compañeros de viaje? Eso es algo que se escapa a mi entendimiento, pero bendita incógnita. Yo agradezco ser uno de los elegidos de ese elenco de actores en la formidable película de nuestra vida. No existe fuerza conocida o ignota capaz de quebrar el vínculo que se forjó en aquellos años. Ni el tiempo, ni la distancia, ni la ideología, ni ninguna otra condición. Qué extraña energía y qué poder entrelazó nuestras vidas. Porque la pertenencia al grupo no obedecía al deseo o el capricho del interesado. Era el propio destino quien ejercía de juez, esa fuerza sobrenatural la que ostentaba la jefatura de admisiones.

¿Y qué virtudes teníamos que reunir? Otra pregunta interesante de la que ignoro respuesta. Imagino que la sinceridad, la generosidad, la solidaridad… o simplemente ser un cachondo o un temerario … valores que, en realidad, nunca fueron puestos a prueba. Vendrían de serie. Solamente, en ocasiones extraordinarias, se exigió una vacunación previa para el ingreso.

Las propias calles de la Ciudad, en la pubertad y la adolescencia, el parque Carrero Blanco (que así se llamaba y así se ha de nombrar en este recuerdo), el pozarrón, la plaza mayor, el banco de piedra (cuánta tristeza nos trae este emplazamiento), el Chiqui, Jovi, la Paty, la Dixy, los Clásicos, el Vaya Vaya, las Tortugas, los Elefantes, la Maribel, la Repos etc., etc. Nuestros fin de año en casa de Aldo, en la del Zombie, en el Mil Ruedas …

Todos ellos fueron nuestros hogares en las distintas etapas de la juventud. Todos contribuyeron a cimentar la amistad y por ello merecen ser nombrados como parte indisoluble de este relato. 

Tengo especialmente vívido el recuerdo de mi ansiedad en la espera por salir a la calle a la hora pactada. Entonces tenía en tanta estima a cada uno de mis amigos que a cualquiera de mis familiares más directos. Hoy la única diferencia es que la estima es distinta, de otra naturaleza, pero radicada en el mismo nivel, en lo más alto. Ahora, en este miserable confinamiento, con tiempo suficiente para la reflexión, se hace más patente el valor de la amistad que se ha forjado y de la que me siento privilegiado de corresponder. Es tiempo de añorar esos tiempos imperecederos y de reconocer el valor que amerita esa red invisible que anida y enlaza nuestros corazones.

Capítulo exclusivo aparte merecen las mujeres. Tanto las originarias, integrantes desde los comienzos, que aguantaron estoicamente un entorno básicamente masculino, como las que fueron pasando a formar parte del grupo, por su condición de consortes, que han sabido adaptarse dócilmente a su idiosincrasia, manteniendo indeleble la amistad, y eso merece un agradecimiento eterno y sin reservas. 

Pero no todo ha pintado del color de rosa. Episodios negros los ha habido, claro. Sería utópico un idilio incólume de cincuenta años de vida, pero hay que reconocer que siempre fueron anodinos y con final feliz, otro ejemplo de la fuerza de esa amistad que atesora este equipo. Sin embargo, los momentos más duros de nuestra existencia han sido las cuatro dentelladas con que nos ha mordido el destino. Cuatro furiosos aguijonazos al centro del corazón. Son las pérdidas de cuatro seres queridos que diezmaron moral y numéricamente el grupo. Son los momentos oscuros y dramáticos de nuestra vida, pero que forman parte también de nuestra historia. A los cuatro honramos y siempre que hay oportunidad son los protagonistas de brindis espontáneos que nacen desde lo más profundo del corazón.

Ahora, en la madurez, aun cuando el contacto diario se alejó por mor de las vicisitudes personales de cada uno, disfrutamos de reuniones periódicas que mantienen intacta nuestra amistad. Las cenas de fin de año en navidades, los encuentros en semana santa, las jornadas del jamón, el recién estrenado día del solsticio, o los vinos de comienzo de año ancá Andrés. Son citas a las que acudimos fieles como lo hacen el rojo y el ocre en la hoz de Palomera cada otoño. Todos ellos constituyen el ejemplo de que sigue viva esa esencia. 

Concluyo este panegírico expresando mi orgullo de pertenecer a este grupo de chalados (obsérvese que no incluyo el término chaladas, aunque también me refiero a ellas, debido a mi pertinaz defensa del buen lenguaje), tan unido y tan distante, y de su continuidad en el tiempo, a pesar de las circunstancias especiales de cada momento y de los efectos que hayan podido ocasionar a lo largo de nuestra historia, porque busco y no encuentro nada parecido."


Anónimo del siglo XXI


miércoles, 25 de marzo de 2020

100- EL CAMBIO TRAUMÁTICO


La guantá que nos ha dado la madre Tierra es antológica. Con zapatilla de tacón duro.

Mientras unos andaban adorando a una mojigata nórdica adadid del ecologismo milenial, otros (como yo) se aferraban más a teoría del primo de nuestro expresidente gallego. Quizás por mi formación profesional, o por simple cabezonería, siempre he sostenido que el planeta donde vivimos es infinitamente más poderoso que el ser humano y que en un combate cuerpo a cuerpo llevamos todas las de perder, por KO y en el primer asalto. Por eso ella se mantiene viva muchísimos millones años más que el animal más inteligente que anda sobre dos piernas. Tiene gracia que hace meses se le hiciera la guerra al plástico y hoy andemos mendigando guantes y botes de gel por doquier.

Ha bastado que un simple ser vivo, incapaz de ser visto por nuestros deficientes ojos, se haya dado un paseo por un mercado en el lejano oriente para que meses después el mundo occidental, rico, poderoso, se haya tambaleado como nunca había ocurrido antes. ¿O sí? ¡Ah, si resulta que cada cierto tiempo tenemos una pandemia que regula la población de la especie!  Así sucede con la sarna de la cabra, con el mildiu de la vid, con la mixomatosis de los conejos, …. La naturaleza es sabia y, aunque con nuestra inteligencia nos creamos superiores, andamos en desventaja. Con y sin industrialización, con y sin informática. Cuando el proceso de selección natural se pone en marcha no atiende a clases sociales, tampoco a cuentas bancarias, y por supuesto a coeficientes intelectuales. Cuando Ida murió hace cuarenta millones de años en el centro de Europa vivía en las ramas de los árboles de en un bosque tropical. Todavía alguien defenderá que las tierras alemanas no tienen primates por las emisiones de CO2.

Y tan sólo ha sacado un bofetón a pasear, porque podría ser peor. En estos días de confinamiento, por mi trabajo también he tenido que atender un episodio de lluvias con una leve inundación, un casi imperceptible terremoto y un incendio forestal provocado por un rayo. Todos ellos en nivel principiante (adaptado al lenguaje mongue de ahora). Si llega a girar un poquico más la ruleta, cientos de miles de “ciudadanos y ciudadanas” se van al hoyo, por uno u otro motivo. Nos cuentan hasta nueve en cualquier asalto.

En fin, que de niños hacíamos fila para que nos repartieran un azucarillo rosa que nos librara de la polio. Cualquiera tenía un familiar o amigo que lucía una marca en forma de anillo en la parte alta del brazo. Menos tuberculosis. Por nuestro entorno ha paseado el tétanos, la difteria y la tosferina…. Ahora, en pleno apogeo de chalaos que quieren parir en su casa y evitar las vacunas para sus hijos, andamos buscando alguna que nos salve de este caos que estamos viviendo. Espero que el bichejo se canse de procrear y nos deje tranquilos, al menos otros cien años.