Aunque el origen del árbol de navidad parece que proviene del centro de Europa, en mi historia personal representa el inicio de la Navidad.
miércoles, 9 de diciembre de 2020
106.- EL ÁRBOL DE NAVIDAD
domingo, 25 de octubre de 2020
105.- CRONOLOGÍA DE LO ESPERADO
DIA 9: AL PUEBLO. Un viaje con ilusión al territorio abandonado, alejado del peligro.
DIA 10: LA CHISPA. Centro social del pueblo en estos días de otoño. Cerveza, diálogos y risas simples, sin rodeos.
DIA 11: LA CAÍDA. Un paso en falso y al suelo desde varios metros. Golpetazo de espaldas contra los escalones. Ambulancia para Cuenca. Costilla rota pero sin más daños internos. Vuelta a casa.
DIA 12: EL VIAJE. Volvemos a nuestro hogar con la sensación de habernos librado de un mal mayor.
DIA 13: EL BANDO. Llega la noticia del contagio con foco en el bar visitado. La preocupación es inevitable.
DIA 14: LOS RUMORES. Comienzan a aparecer los primeros positivos, algunos de contacto directo. La espada se alza sobre nosotros.
DIA 15: POSITIVO. Amelia confirmada, y los demás con casi toda seguridad. Iniciamos ronda de avisos al resto de contactos próximos.
DIA 16: NERVIOS. A la espera de pruebas seguimos alertando al resto de amigos y familiares que hayan podido contagiarse.
DIA 17: EL PCR. Prestos a recibir el bastoncillo por el orificio nasal. Trámite rápido y a casa. A esperar
DIA 18: POSITIVOS. Lo previsto, dos más. Miradas silenciosas entre nosotros.
DIA 19: PLENO. Santi también. Le ha costado conseguir la prueba fuera de su domicilio habitual. Cuatro horas en urgencias.
DIA 20: LA BUROCRACIA. El mundo de las autonomías. Gestiones telefónicas infructuosas ante un caso tan evidente por el mero hecho de vivir en un territorio distinto al de tu domicilio.
DIA 21: EL GUSTO. Amelín pierde el gusto. Ni chocolate ni ensalada. Ni fruta ni carne. Pobrecilla, pero lo lleva bien.
DIA 22: SUEÑO. No puedo dormir más de dos horas de un tirón. La costilla se me clava como si tuviera una nuez atada a los riñones.
DIA 23: LA PLACA. Varios días con cansancio acumulado y fatiga. Mi doctora propone revisar ese torso. Alivio. El bicho no afecta.
DIA 24: LA CAMA. Primera noche que duermo tumbado. ¡Qué sensación de descanso!
viernes, 2 de octubre de 2020
104.- LAS TECLAS
jueves, 21 de mayo de 2020
103.- BUENAS NOCHES
Esa edad tenía mi padre cuando comenzó la puñetera guerra. Poco antes de partir hacia lo desconocido escribió sobre un libro en blanco sus memorias de juventud. Muchas de ellas condicionadas por los acontecimientos que afectaban a su pueblo y a su gente. Entre sus párrafos destaca una frase subrayada “¡Qué recuerdo más desagradable!”. Con todo eso, y teniendo sus tendencias políticas (para no tenerlas después de lo que tuvo que vivir), nunca nos inculcó rencor ni odio. Fue un padre más de la transición, como los políticos que nos representaron en los ochenta y que tantos elogios recibieron (ahora vilipendiados por jóvenes sin escrúpulos o sin formación).
Hoy, paseando, me he cruzado con un niño que tendría esos mismos años. Jugaba con dos hojas de morera, grandes y carnosas. Alzaba los brazos al compás que movía la cabeza, como si quisera perfilar la estela de un avión. Mientras seguía caminando me he preguntado “¿a quién descubrirá de adversario dentro de pocos años? “.
Nosotros crecimos sin esa sensación de tener que discutir permanentemente contra un vegano, un taurino, un vecino de comunidad autónoma o una niña. Simplemente nos divertíamos y vivíamos intensamente el momento. Acaso algún rifirrafe con el rival deportivo con el que compartías cerveza para el ver el partido. Siempre ha existido la diversidad de pensamiento y de ideales, pero las disputas políticas quedaban en el parlamento. ¿Para qué complicaciones? Eso, ahora, lamentablemente no es así. Quizás sea culpa nuestra por haberlo dejardo pasar, quizás porque alguien esté muy interesado en crear y mantener este clima de crispación. De lo que estoy seguro es que esta situación no es nada halagüeña y que nosotros podemos aportar algo positivo a todo esto: no fomentarlo entre nuestros descendientes. Ellos finalmente decidirán su destino cuando sean mayores, pero no debemos influirles y, sobre todo, alentarles a moldear un carácter “anti lo que sea”. Difícil tarea cuando estamos navegando en un buque sin timón y con las olas golpeando incesablemente el casco, al tiempo que el pasaje presagia un naufragio del que hay que salvarse, aunque sea a costa del prójimo con el que no hace mucho estuviste tomando una copa en el bar de la cubierta.
Cuentan que Pio Baroja decía que “el territorio nacional se divide en dos campos enemigos irreconciliables, sin que sirvan para aplacarlos y llevarlos a un ambiente de tolerancia las voces de algunas personas sensatas.” Un siglo después seguimos igual. Será otro ciclo paralelo a la pandemia o un torbellino de desplantes y exabruptos que nos atizan como un boomerang.
Es el texto más triste que he subido desde que abrí este blog. Ni la pérdida de grandes amigos o familiares me animó a divulgar la sensación de agotamiento y desesperanza que me produce leer a diario la prensa, escuchar las noticias y ver el comportamiento de algunos inciudadanos.
Buenas noches, y buena suerte. Precioso objetivo de una (ya desdichada) frase que repitió en un debate, emulando al periodista americano, aquel sujeto con el que se inició todo este ring. Seguro que su fondo guardaba una intención distinta al resultado obtenido.
lunes, 4 de mayo de 2020
102.- EL TRANSISTOR
También he descubierto las opciones culinarias que ofrece el horno de mi cocina, los beneficios sociales de los operadores telefónicos, la congoja que se acumula al ver pasar una primavera sin Semana Santa, la tristeza que invade los rostros de los compradores mientras guardan cola para pasar por caja, y lo largo que se hace un fin de semana sin fútbol.
Pero también me he reencontrado con la magia de la radio, una compañera ejemplar a cualquier hora del día. Alsina la homenajeó hace unos días y me hizo recordar mis tardes juveniles, mis noches universitarias y mi soledad laboral en soltería. El proceso de desbroce entre el escalafón de mitos radiofónicos ha dado como resultado mi particular catálogo. Comencemos.
“Bajo la sensación del cloroformo, me hacen temblar con alarido interno, ….” Quizás los lectores de Valle-Inclán reconozcan el soneto. Yo lo memoricé escuchando “Rosa de Sanatorio”, en Radio 3, por permanente consejo de mi amigo Pablo. Tamboriles y dulzaina iniciaban este peculiar programa que ofrecía buena música intecalada con obscenos relatos y reflexiones delirantes.
Disfruté mucho del programa nocturno que me ayudó a amar el cine pese a seguir sin comprender lo incompresible. Han pasado 35 años y continúo sin entender la simbología del famoso monolito. Y mira que Pumares ponía todo su empeño. ¡Qué genio gastaba! Emisiones muy tardías, porque delante hablaba Supergarcía, aunque yo fui de los que me había mudado a de la Morena.
La colección de los mejores humoristas del panorama de los ochenta se juntaba en el Debate sobre eel Estado de la Nación de Protagonistas. Del Olmo intentaba poner orden en aquél dislate de opiniones, en el que para mí, la figura principal era el maestro del levante español y compañero de viaje del bajito conquense: el gran Tip. Al igual que todavía mantengo en mi memoria párrafos completos de otros genios del humor como Gila o Les Luthiers, no puedo olvidar la anécdota que contó acaecida en una taberna de su ciudad natal. La respuesta que el beodo cliente le dio a Don Federico todavía la utilizo como coletilla cuando la causa está casi perdida mientras mis compañeros de batalla me miran con perplejidad.
Casi inexistentes escuchas de la emisora local me trasladan a la tardes de música del momento. Las dedicatorias ñoñas de oyentes enamorados precedían las canciones elegidas hacia su ser querido, acompañadas de la sosegada y grave voz del inconfundible J.M.M. Musso.
Mejor música se emitía en la Cadena del Vater. Ahí conocí al incasable Pirata y en su dial escuché por primera vez Días de Escuela, la canción que siempre nos evocará a nuestros primeros años entre pupitres.
Imagino que muchos estaréis echando de menos a Radio Bigarda. En mi defensa debo recordaos que ya le dedicamos en su día un especial en el artículo nº 14 de este blog (http://asturislandia.blogspot.com/2013/02/radio-bigarda.html).
lunes, 13 de abril de 2020
101.- ODA A LA AMISTAD
"Qué difícil resulta empezar un relato dedicado a la amistad que profesas a tus colegas. Emergen tantos sucesos, tantos momentos compartidos, episodios de toda índole y condición que se agolpan, se solapan, te llevan imperiosamente de una vivencia a otra, como si de una corriente de agua en plena inundación se tratara, y te arruinan el proyecto desde su mismísimo embrión. Pero cómo conmueve recordar la película de nuestra vida en comunión.
Allá entre el año en que Lou Reed iniciaba su carrera en solitario y el que la Holanda de Johan Cruyff y Neskens disputó la final de un mundial de fútbol, la alineación de los astros concitó a un pequeño grupo de bisoños estudiantes en la Aneja y alumbró el germen que les acompañaría hasta nuestros días.
Ni los más optimistas vaticinarían en aquel momento que ese alumbramiento permanecería pétreo, casi medio siglo después, como la caliza de las hoces que lo vio nacer.
El rescate, las chapas, el gua, el chompo y el fútbol de placeta fueron consolidando ese embrión. Creció un vínculo de unión inseparable, hilos enhebrados en un imaginario telar que fueron tejiendo los valores del compañerismo, la solidaridad y la fidelidad. Ese patio de la Escuela catapultó a la más alta estima el sentido de la amistad que afloró entre ese grupo de niños.
El Ramón y Cajal resultó ser el otro gran vivero de esta singular familia. Un pequeño ejército de este otro colegio fue a nutrir el grupo, elegidos de la ciencia infusa que se sumarían a la pandilla. Y ya sería en el instituto donde se completaría el equipo, con excepcionales incorporaciones.
Qué influyente es la selección de tus amigos. Pero me pregunto, ¿qué fuerza sobrenatural intervino en esa suerte?, ¿qué criterios son los que guian la elección de tus compañeros de viaje? Eso es algo que se escapa a mi entendimiento, pero bendita incógnita. Yo agradezco ser uno de los elegidos de ese elenco de actores en la formidable película de nuestra vida. No existe fuerza conocida o ignota capaz de quebrar el vínculo que se forjó en aquellos años. Ni el tiempo, ni la distancia, ni la ideología, ni ninguna otra condición. Qué extraña energía y qué poder entrelazó nuestras vidas. Porque la pertenencia al grupo no obedecía al deseo o el capricho del interesado. Era el propio destino quien ejercía de juez, esa fuerza sobrenatural la que ostentaba la jefatura de admisiones.
¿Y qué virtudes teníamos que reunir? Otra pregunta interesante de la que ignoro respuesta. Imagino que la sinceridad, la generosidad, la solidaridad… o simplemente ser un cachondo o un temerario … valores que, en realidad, nunca fueron puestos a prueba. Vendrían de serie. Solamente, en ocasiones extraordinarias, se exigió una vacunación previa para el ingreso.
Las propias calles de la Ciudad, en la pubertad y la adolescencia, el parque Carrero Blanco (que así se llamaba y así se ha de nombrar en este recuerdo), el pozarrón, la plaza mayor, el banco de piedra (cuánta tristeza nos trae este emplazamiento), el Chiqui, Jovi, la Paty, la Dixy, los Clásicos, el Vaya Vaya, las Tortugas, los Elefantes, la Maribel, la Repos etc., etc. Nuestros fin de año en casa de Aldo, en la del Zombie, en el Mil Ruedas …
Todos ellos fueron nuestros hogares en las distintas etapas de la juventud. Todos contribuyeron a cimentar la amistad y por ello merecen ser nombrados como parte indisoluble de este relato.
Tengo especialmente vívido el recuerdo de mi ansiedad en la espera por salir a la calle a la hora pactada. Entonces tenía en tanta estima a cada uno de mis amigos que a cualquiera de mis familiares más directos. Hoy la única diferencia es que la estima es distinta, de otra naturaleza, pero radicada en el mismo nivel, en lo más alto. Ahora, en este miserable confinamiento, con tiempo suficiente para la reflexión, se hace más patente el valor de la amistad que se ha forjado y de la que me siento privilegiado de corresponder. Es tiempo de añorar esos tiempos imperecederos y de reconocer el valor que amerita esa red invisible que anida y enlaza nuestros corazones.
Capítulo exclusivo aparte merecen las mujeres. Tanto las originarias, integrantes desde los comienzos, que aguantaron estoicamente un entorno básicamente masculino, como las que fueron pasando a formar parte del grupo, por su condición de consortes, que han sabido adaptarse dócilmente a su idiosincrasia, manteniendo indeleble la amistad, y eso merece un agradecimiento eterno y sin reservas.
Pero no todo ha pintado del color de rosa. Episodios negros los ha habido, claro. Sería utópico un idilio incólume de cincuenta años de vida, pero hay que reconocer que siempre fueron anodinos y con final feliz, otro ejemplo de la fuerza de esa amistad que atesora este equipo. Sin embargo, los momentos más duros de nuestra existencia han sido las cuatro dentelladas con que nos ha mordido el destino. Cuatro furiosos aguijonazos al centro del corazón. Son las pérdidas de cuatro seres queridos que diezmaron moral y numéricamente el grupo. Son los momentos oscuros y dramáticos de nuestra vida, pero que forman parte también de nuestra historia. A los cuatro honramos y siempre que hay oportunidad son los protagonistas de brindis espontáneos que nacen desde lo más profundo del corazón.
Ahora, en la madurez, aun cuando el contacto diario se alejó por mor de las vicisitudes personales de cada uno, disfrutamos de reuniones periódicas que mantienen intacta nuestra amistad. Las cenas de fin de año en navidades, los encuentros en semana santa, las jornadas del jamón, el recién estrenado día del solsticio, o los vinos de comienzo de año ancá Andrés. Son citas a las que acudimos fieles como lo hacen el rojo y el ocre en la hoz de Palomera cada otoño. Todos ellos constituyen el ejemplo de que sigue viva esa esencia.
Concluyo este panegírico expresando mi orgullo de pertenecer a este grupo de chalados (obsérvese que no incluyo el término chaladas, aunque también me refiero a ellas, debido a mi pertinaz defensa del buen lenguaje), tan unido y tan distante, y de su continuidad en el tiempo, a pesar de las circunstancias especiales de cada momento y de los efectos que hayan podido ocasionar a lo largo de nuestra historia, porque busco y no encuentro nada parecido."
miércoles, 25 de marzo de 2020
100- EL CAMBIO TRAUMÁTICO
sábado, 14 de diciembre de 2019
99.- "QUERIDO ......"
No deberíamos perder el ritual de correo por carta. Además de servir de estímulo para caminar, activa nuestra mente y también nuestra mano rescatando la escritura a bolígrafo perdida en el mundo de la electrónica.
En mis vacaciones de pequeño acudía todas las tardes de verano a esperar al cartero para presenciar el reparto de sus entregas. Impacientes y rodeando los escalones del pequeño dispensario escuchábamos las llamada de nuestros nombres (“Perico de los Palotes”, “Carmen la de Ronda”,…) Aquel ceremonial irradiaba amistad. A veces me acompañaba mi abuelo, que había sido cartero del pueblo antes de su jubilación. Cuando había suerte recogía el sobre y lo abría con nervios buscando el interior. La mayoría de las veces no contenía información destacable, tan sólo mensajes que hablaban del tiempo que hacía en Cuenca o si el remitente había visto a alguien de la familia u otro conocido. Las de mayor contenido solían provenir de mi hermano pasando unos días de Colonias estudiantiles en Cullera.
Volviendo al acto del carteo tendremos que analizar los elementos que lo componen. La carta. No todos esos papeles escritos a mano contienen el mismo mensaje, ni la letra es igual, ni la gramática se parece. Todos guardan una parte de quien lo firma, con o sin olor añadido. Cartas entre amigos, de amor, de despedida, de felicitación. Todavía guardo algunas entre mis amigos, o de mi chica. Releerlas es una delicia. Distan muy lejos de los guasap y los tuiters que nos inundan.
El sobre. De distintos tamaños y colores. A veces identificaba claramente su origen. ¿Quién no se acuerda de aquellas bandas azules y rojas que cruzaban la esquina superior y delataba la escritura anglosajona de algún intercambio estudiantil? Y por la parte trasera el remitente. Visto u oculto. En este segundo caso la incertidumbre te animaba a rasgar el sobre con más ímpetu todavía.
El sello. Imprescindible. Sin su colaboración el mensaje no llegaría a nuestro destino. Tan variados y distintos que hasta se coleccionaban. Un cuño de tinta sobre él destrozaba su valor, que fue variando a lo largo de los años al mismo tiempo que el precio del pan o de la botella de butano. ¿Alguien sabría contestarme cuánto vale enviar en el año 2019 una carta a otra provincia? Intuyo que el poeta rubio con nombre de actor de telenovela alzaría la mano para contestar algo así: “etas etas, lo que antes eran 100 pesetas”.
El buzón. Pieza de un mobiliario urbano en desuso y olvidado. Cuesta encontrar uno cerca, al igual que una cabina telefónica. Aparecen repentinos, tan amarillos que hasta un grupo de jóvenes conquenses lo eligieron en su día como nombre y símbolo de su pandilla. Fue en 1762 cuando una disposición oficial decidió que se habilitara un “agujero o reja, en todas las Hijuelas o Veredas, por donde se echen las cartas, sin que se puedan recibir en mano” para evitar tentaciones. Hasta los actuales amarillos, sus formas y ubicaciones son de lo más variadas y en ocasiones pintorescas. Los hay abiertos en la pared, de chapa azul, de piedra, de forja. Pero por encima de todos destaca el símbolo de Correos de España. Una impresionante cabeza de león incrustada en la pared que te mira y permanece con la boca abierta a que deposites tu envío.
Y por último, el cartero. Auténtico conocedor del barrio y sus vecinos, de sus problemas e inquietudes, hombro donde consolarse, mejilla a la que felicitar o espalda a la que abrazar. Privilegiado espectador de momentos compartidos. Aunque supongo que, en sus repartos, las cartas han dado paso a los paquetes de mensajerías con tamaños y contenidos variopintos.
viernes, 6 de diciembre de 2019
98.- BLANCAS CONTRA NEGRAS
De niño me bajaba de la bici para jugar contra “El Sordo”. No recuerdo su nombre, quizás Felipe. Era un hombre mayor y también callado. Se ayudaba de un aparato en la oreja para escuchar, pero no le servía de mucho. Por la tarde, en la terraza del bar, después del café, esperaba contrincantes a los que derrotaba día tras día. También a mí. Él no lo supo nunca, pero con el tiempo se convirtió en mi maestro. Tras jugar cientos de partidas en su contra, conseguí ganarle. Y no sólo una vez, sino varias. Muchas. No le sentaba bien y se enfurecía más todavía cuando los demás se burlaban de él por haber perdido contra un chaval.
En aquellas tardes de veranos en el pueblo aprendí a tener paciencia y esperar el momento, a no fiarme de las fichas expuestas a ser apresadas y a respetar al contrario.
Algo más mayorcito tenía que competir contra rivales mucho más experimentados. Algunos de ellos clasificados como auténticos estudiosos del juego. La saga Álvarez Ortí era un buen ejemplo de entrenamiento familiar. Aun así, el equipo que compartía con Carlos Alberto, Andrés, Nacho y Pablo conseguimos algún que otro triunfo en disputas contra los más notables ajedrecistas conquenses del momento.
Recuerdo una mañana de instituto pintando un tablero en la pizarra, colocando las fichas en su lugar apropiado, con la idea de despistar momentáneamente al profesor y así demorar el inicio de la clase. Él era muy buen jugador y a veces charlábamos sobre aperturas o gambitos en los descansos. Pero aquél profesor de matemáticas, alto y desgarbado, con fama de duro y apellido de frutal, cogió el borrador y sin inmutarse eliminó la tiza pintada sobre el encerado y comenzó la clase sin dilación.
Esa “fase victoriosa” se mantuvo temporalmente durante la etapa universitaria. El salón del Colegio Mayor respiraba ambiente de cartas. Los órdagos y envites se escuchaban por todas las mesas, pero también quedaba un pequeño reducto destinado a los frikis del ajedrez. Y allí permanecía sentado esperando contrincante un aspirante a ingeniero algo rollizo y callado, como “El Sordo” de Tragacete. Era mejor que yo, pero le ganaba por desesperación utilizando la táctica empleada por el jugador de aquella película alemana de los años 70. Vivíamos en la época dorada del ajedrez. Karpov y Kasparov, representantes de dos visiones distintas de la enferma y convaleciente Unión Soviética, rivalizaban deportivamente en interminables campeonatos que eran televisados. ¡Hasta la sala de televisión del Santa se llenaba para ver el mundial disputado en Sevilla!
Y de ahí hasta Albacete. Esporádicamente me reunía con mi amigo Pablo a jugar en un café refugio de juegos de mesa llamado el Nido de Arte. Fueron pocas, pero se convirtieron en mis últimas partidas contra alguien a quien mirar a los ojos.
Dice Bunbury en una de sus canciones que “de pequeño me enseñaron a querer ser mayor, de mayor quiero aprender a ser pequeño”. El fin de siglo nos trajo menos tiempo libre y más tecnología. Me inicié en algunos retos contra ordenadores, pero la falta de humanidad y la monotonía me alejó de ellos. Y hasta hoy. Pues sí, me hice mayor y me gustaría haber disfrutado como cuando era niño para pasar las tardes moviendo el alfil mientras mi hijo se protegía con el caballo. Lo intenté, pero la Nintendo y la Play fueron más persuasivas.








